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Los siete samuráis (1954)


A lo largo de más de doscientos minutos Akira Kurosawa expuso magistralmente una historia en la que nada sobra y a la que nada falta, una historia épica y dramática que se inicia en una pequeña aldea donde, tras la recogida de cada nueva cosecha de arroz, se presenta una banda de bandidos que atemoriza y abusa de los pacíficos vecinos, que no pueden hacer más que contemplar como su sustento, y fruto de su duro trabajo, cae en manos de unos asaltantes que siempre prometen regresar. Para estos campesinos, temerosos y acostumbrados a someterse ya sea al orden social o a la fuerza bruta, cada cosecha se convierte en una cuestión de vida o muerte, por ello deciden impedir que les vuelvan a dejar sin nada que llevarse a la boca, aunque no asumen la responsabilidad de ser ellos mismos quienes luchen para defender sus vidas, sino que deciden contratar a samuráis que lo hagan por ellos (a cambio de tres comidas diarias, lo que significa un gran sacrificio para ellos). Tras la minuciosa presentación de los hechos anteriores, un pequeño grupo de aldeanos se traslada a la ciudad donde esperan encontrar a sus salvadores. No obstante, el objetivo no resulta sencillo, pues los samuráis pertenecen a una clase orgullosa y sólo aquellos que estuviesen hambrientos y sin señor aceptarían una misión sin recompensa que no estaría acorde con su rango. Durante un tiempo la historia se detiene en las calles de esa población por donde asoma Kanbê Shimada (Takashi Shimura), a quien se unirán otros, entre los que se encuentra Katsuhirô (Isao Kimura), el novel aspirante a samurái que admira las artes de éstos, y Kikuchiyo (Toshiro Mifune), parlanchín y pendenciero, que pretende hacerse pasar por uno de ellos sin lograr engañar a ninguno de los miembros del grupo; sin embargo, su empeño es tal que no dudará en seguirlos cuando emprenden la marcha hacia una aldea en la que se teme su llegada.


El miedo es la tónica dominante en los aldeanos, un temor que les aconseja ocultar a sus mujeres, como hace Manzô (
Kamatari Fujiwara) con su hija Shino (Keiko Tsushima); esta reacción muestra el sentimiento que habita en los corazones de la mayoría de los campesinos, un miedo que muestra su falta de confianza hacia todo aquello que implique el poder de la fuerza. Resulta curioso descubrir como desean que luchen por ellos, sacrificando su comida pero mostrándose recelosos de quienes ofrecerán sus servicios y puede que sus vidas por ese plato de arroz. Sin embargo, con el tiempo, los samuráis formarán parte de esa aldea donde encuentran una camaradería que habían olvidado, convirtiéndose en algo más que simples mercenarios, se convierten en amigos y en un ejército que lucha por la liberación de los aldeanos. Los siete samuráis preparan la defensa del pueblo, entrenan a los agricultores, y descubren la realidad en la que aquellos viven, siempre temerosos de su condición y de su precaria situación, porque, como bien dice Kikuchiyo en un arrebato de sinceridad, los aldeanos son los débiles, los miserables y la clase social menos privilegiada. Luchar por los desheredados significa recuperar la estima y la razón de ser de estos samuráis sin señor, cuestión que les proporciona una nueva oportunidad que no piensan desaprovechar.


Los siete samuráis (Shichinin no samurai) es mucho más que un film épico, es una obra colosal donde también se muestran los aspectos humanos que rodean a ese grupo de héroes anónimos que aceptan, por diversas razones que se exponen en la primera parte del film, la peligrosa misión de defender la aldea de unas fuerzas seis veces superior en número. Akira Kurosawa filmó de manera soberbia la presentación de los hechos, el reclutamiento de los guerreros o su llegada al poblado donde se ponen a trabajar en la construcción de las defensas y en la preparación de los aldeanos, porque son los propios campesinos los que tienen que enfrentarse a sus miedos y a sus enemigos..La confianza que les faltaba para derrotar a un enemigo armado y peligroso se la ofrecen los samuráis con su esfuerzo, con su camaradería, con el entrenamiento al que les someten, con la estrategia planeada por Shimada, líder indiscutible del grupo, y con la unión de esfuerzos conjuntos. Tras este largo, necesario y magnífico tiempo de preparación, el ataque es inminente, circunstancia que permite una exposición excepcional de los primeros enfrentamientos, en el que los samuráis intentarán reducir al máximo el número de enemigos antes de la lluviosa gran batalla final. Los paréntesis entre las pequeños enfrentamientos permiten observar la evolución de los aldeanos y las reacciones de cada uno de los samuráis, pero sobre todo la de Kikuchiyo, quien se reconoce en el niño que le entrega una madre moribunda, recordando su verdadero origen de campesino que no implica no tener honor o valor, y la Katsuhiro quien se ha enamorado de Shino, al tiempo que su admiración por los samuráis crece sin querer comprender las palabras de Shimada, con las que expuso, antes de llegar a la aldea, que la soledad es la única recompensa para hombres como ellos; por eso nunca vencen, porque la victoria será para los campesinos; no para ellos.

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