domingo, 4 de diciembre de 2011

La evasión (1960)

Antes de centrarse en la acción, uno de los personajes de La evasión (Le trou) advierte al espectador que la película que va a ser proyectada está basada en su propia experiencia, descubriendo de ese modo que también fue la del novelista y guionista Jose Giovanni, colaborador de Jacques Becker en el guión de esta incontestable obra maestra del cine francés. El film se basó en la primera novela de Giovanni, y en ella narró la fuga que se prepara durante la película. Pocos intentos de evasiones carcelarias han sido expuestos con tanta precisión y maestría como en lo fue este drama de perdedores filmado por Becker, un film sobre fugas pero también sobre personas, como las que se encuentra Claude Gaspar (Mark Michell) cuando le trasladan a su nueva celda. La presencia de Gaspar resulta un inconveniente para su nuevos compañeros, pues su aparición se produce cuando éstos pretenden iniciar los preparativos de la fuga. Manu (Philippe Leroy) se muestra más receloso que el resto, no conoce al nuevo, no se fía y quiere saber cuál es su delito para conocer qué se juega el tal Gaspar cuando vaya a juicio. La evasión no tarda en centrarse en los trabajos de ese grupo de convictos que logra abrir un boquete en el suelo de su celda, desde el que acceden a los subterráneos de la prisión, por donde se mueven a sus anchas hasta alcanzar las cloacas por las que planean escapar. Al tiempo que realizan unos trabajos tan duros como bien filmados, se muestran las relaciones que se producen entre los protagonistas, conociendo únicamente el delito que se le imputa a Gaspar, un hombre a quien su mujer acusa de homicidio frustrado. Este hombre no puede evitar ser diferente al resto de sus compañeros de celda, parece más refinado y comedido, pero también más antipático, quizá por su falta de carácter o determinación, sin embargo, le aceptan, es uno más dentro del pequeño núcleo carcelario en el que Roland (Jean Keraudy) parece ser el líder y el cerebro de la operación que se proponen llevar a cabo. Este tipo parece saber lo que se hace, se descubre efectivo y lleno de recursos, pero sus tres fugas anteriores pueden plantear la siguiente pregunta: ¿Si se ha fugado tres veces cómo es que continúa entre rejas? Quizá la respuesta sea válida para todos ellos, son personas sin suerte, condenados a esa existencia miserable que se descubre en una prisión en la que no hay lugar para buenos ni malos, sino para hombres como Monseñor (Raymond Meunier) o Geo (Michel Constantin), quienes junto a Manu y Roland forman el núcleo familiar en el que todo se comparte y en quien todos confían, por ese motivo, Gaspar se siente a gusto porque le han aceptado, es uno más, cuestión que le hace sentirse bien y decidirse a colaborar en la fuga. Así pues, la maquinaria de los presos empieza a funcionar, utilizando todo aquello que les pueda servir: el hierro del único somier que hay en la celda, el improvisado reloj que fabrican con los dos recipientes de cristal que roba Monseñor o el ingenioso periscopio ideado por Roland que les permite controlar los movimientos de los guardias por el pasillo. Cada secuencia que se presenta es necesaria e intensa, pues nada de lo que realizan los presos puede omitirse ya que se encuentran con tres obstáculos que deben salvar si pretenden salir de allí: el túnel, los guardias y ellos mismos; por esas tres circunstancias las escenas que pueblan La evasión muestran a la perfección el mundo carcelario en el que viven. Magníficas son las secuencias en las que se comprueban los paquetes que envían a los presos y que un celador se encarga de descuartizar en busca de algún material prohibido, como también lo es la falta de tacto que tienen los vigilantes cuando registran las habitaciones o la incomodidad a la que se ven sometidos unos presos que saborean la posibilidad de ser libres. Jacques Becker no utilizó ningún tipo de alarde más allá de su habilidad narrativa para mostrar, desde un realismo austero, sincero y preciso, los problemas que rodean a un quinteto obligado a enfrentarse con las circunstancias (propias o ajenas) que se presentan durante su intento de fuga, que podría significar una nueva oportunidad o la cruda realidad del perdedor.

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