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Séneca y los ociosos

Retrato de Séneca según modelo de la antigüedad, obra de Lucas Vorsterman I, conservado en la Biblioteca Nacional de Francia.


En un momento puntual de su ensayo Sobre la brevedad de la vida, Lucio Anneo Séneca comenta que el <<ocioso es quien tiene el sentimiento de su ocio>> y que escoge entre sus amigos a los pensadores del pasado, para que le guíen en su aprendizaje, que es la vida en sí. El ensayista, natural de Córdoba, advierte que <<Nadie te devolverá los años, nadie te entregará otra vez a ti mismo. La vida seguirá por donde empezó, no revocará su curso ni lo suprimirá. No habrá ruido ni avisará de su velocidad. Fluirá en silencio. No se alargará por orden del rey ni en favor del pueblo. Correrá tal como empezó el primer día, no se desviará ni detendrá. ¿Qué sucederá? Tú estás ocupado, la vida se da prisa. Con todo, vendrá la muerte, a la que, quieras o no, hay que entregar el tiempo.>> Cierto, hay que entregárselo, aunque no pocos ya lo hayan entregado antes de morir.


Este popular pensador romano, que alcanzó notoriedad en tiempos de Calígula, Nerón y Claudio, afirma a su lector que la vida solo es breve para quienes no la viven, que son aquellos que llama ocupados. Es decir, se refiere a las personas que ocupan el tiempo de su existencia como si este no se acabase nunca. Estos ocupados solo ven su vacío cuando les alcanza la vejez o una enfermedad que los sitúa al final del camino. Entonces, comprenden que su tiempo se ha agotado sin apenas haberlo vivido, puesto que solo lo han existido sin hacerlo suyo. <<Nada hay menos propio del hombre ocupado que el vivir>>, asevera el escritor casi dos mil años antes de que esto lo descubra, por ejemplo, el protagonista de Ikiru (1952), la magistral obra de Akira Kurosawa en la que un funcionario comprende, hacia el final de su vida, cuando le detectan una enfermedad terminal, que se había olvidado de vivir. ¡Quién le diera entonces su tiempo no vivido!


<<Muy breve y trabajosa es la vida de quienes olvidan el pasado, descuidan el presente y temen el futuro. Cuando lleguen a la hora postrera, demasiado tarde comprenderán lo infelices que, en tanto tiempo como estuvieron ocupados, no hicieron nada.>> Para el autor de Fedra estos individuos tratan su tiempo como si no tuviese más valor que para derrocharlo haciendo fortuna, manteniendo disputas o entregándoselo al vino, al desenfreno, a la guerra o a cualquiera que no sea uno mismo. <<¿Cuál es entonces la causa de todo eso? Vivís como si fuerais a vivir siempre, nunca recordáis vuestra fragilidad, no observáis cuánto tiempo ha pasado ya. Lo perdéis como si dispusierais de un depósito lleno y rebosante, cuando puede que precisamente ese día dedicado a un hombre o una cosa sea el último. Teméis todo, como si fuerais mortales, y deseáis todo, como si fuerais inmortales.>>


El filósofo advierte que no se trata de entregarse al hedonismo, impensable en un pensador como él, salvo que el placer lo proporcione el propio pensar, algo que imagino que sí le generaba el reflexionar sobre la vida y la muerte —aprender a vivir y aprender a morir—, sino en el consciente de que solo entregándose al ocio, que invita y permite el conocerse, se puede hacer que el tiempo concedido sea aprovechado al máximo… <<Solo son ociosos aquellos que tienen tiempo para la sabiduría, solo ellos viven, porque no solo preservan su vida, sino que le añaden todas las demás, y todo lo acaecido antes que ellos les resulta ser una adquisición.>> Claro que, aún conforme con el pensamiento de Séneca, no puedo más que dudar de su imposibilidad de llevarlo a la práctica en esta época actual en la que se exige a las personas que sean parte de un engranaje del que apenas son conscientes, de tan ocupados en alimentar el sistema que los despersonaliza y esclaviza, en la que el ocio se confunde con el placer hedonista y en la que el aprender a vivir ha caído en desuso, puesto que ya apenas nadie piensa en que <<a vivir hay que aprender toda la vida y, lo que quizá te admire más, hay que aprender a morir toda la vida.>>

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