domingo, 24 de julio de 2022

La barrera del sonido (1952)


Una muestra más de la innegable elegancia fílmica de David Lean, parte de la cual adquirió en su etapa de montador, se encuentra al inicio de La barrera del sonido (The Sound Barrier, 1952), en el travelling panorámico de las rocas blancas de Dover, plano en movimiento que se detiene en las inmediaciones de un avión alemán derribado. No es una elección caprichosa; tampoco la siguiente secuencia, que muestra el espacio terrestre desde donde ha filmado el movimiento de cámara previo. Ahora deja ver a unos pocos soldados tendidos sobre la hierba, para inmediatamente fijarse en el cielo donde un spitfire vuela en apariencia armonioso, hasta que cae en picado. Pero es una caída controlada por la pericia del piloto (John Justin), que logra estabilizar el caza. En ese instante de apertura, Lean nos ha situado geográfica y temporalmente, además nos introduce en el medio aéreo, que será protagonista de este film que, sin estar entre lo más conocido y destacado de su filmografía, contó con un guion del popular dramaturgo Terence Rattigan e introduce un tema que el cineasta desarrollará hasta su máxima expresión cinematográfica en El puente sobre el río Kwai (The Bridge on The River Kwai, 1957) y Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962). Se trata del visionario u hombre obsesionado con una idea: alcanzar la velocidad del sonido, en el caso del constructor y magnate aeronáutico J. R. (Ralph Richardson); la construcción del puente, en el coronel Nicholson; o unificar y liderar a los pueblos árabes, la visionaria ambición de Lawrence. Los tres personajes quieren hacer lo que nadie ha hecho antes y se adentran en un terreno que bordea la locura, cuando no caen en ella. Son capaces de contagiar su sueño a quienes les rodean y sacrificar vidas para lograrlo, pero, a pesar de liderar multitudes, son solitarios, condenados a la soledad e incomprensión del visionario. En definitiva, sufren como hombres y hacen sufrir como pioneros iluminados que buscan ir más allá.



El realizador inglés plantea esto a la par de las relaciones humanas que asoman a lo largo del film, pero no cabe duda que su mayor interés recae en el individuo en su búsqueda de ensanchar horizontes: J. R., pero también los pilotos como Tony (Nigel Patrick), el marido de Susan (Ann Todd), la protagonista femenina e hija del hombre obsesionado con alcanzar la velocidad del sonido. Cuando Susan presenta a Tony a su padre, este le observa y comprende que es el piloto que necesita. De modo que J. R. le ofrece a Tony ser piloto de pruebas en su empresa después de la guerra, puesto que aquel aceptara, como se verá después de la muerte en accidente aéreo de Chris (Delholm Elliott), el hermano de Susi, y de que La barrera del sonido regrese a las blancas rocas de Dover. En ese instante, ya no hay soldados; hay varios operarios civiles en un momento de descanso que escuchan el sonido de un avión más potente que aquel Spitfire del pasado. La guerra ha concluido y Tony vuela a una velocidad que marca Match 0,7. Todavía falta para superar la velocidad sónica —en la realidad lo haría el estadounidense Chuck Yeager—, pero ni él ni J. R. se dan por vencidos. Son pioneros, ya que nadie antes ha estado allí donde quieren ir, más allá del Match 1, donde nadie sabe qué puede encontrar, ni qué sucederá al aparato ni al piloto. Pero, de lograrlo, habrán superado otro reto de la física, aunque por el camino haya riesgo y accidentes mortales. Entonces, ¿por qué hacen lo hacen? Porque en todo pionero hay un grado de locura y de grandeza, de ambición de ser el primero en ir donde nadie ha estado antes, de obsesión y de osadía, de aspirar a la divinidad y a ser otro Prometeo que entregue nuevos fuegos a la humanidad, para que esta pueda avanzar y mirar arriba, apuntar alto, a la inmensidad que espera.




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