lunes, 16 de julio de 2018

La historia interminable (1984)

Como escritor, me enfrento a una página en blanco como un viaje a lo desconocido, a los imprevistos, a la maduración de ideas, lo cual también conlleva la maduración de uno mismo, a mi propia interioridad y a la imaginación que se dispara o se ralentiza según el ritmo de las líneas que sustituyen al blanco donde cobran forma los universos cambiantes que, de no poner punto final, continuarían transformándose sin fin. Suena a tópico y, para algunas y algunos, seguramente lo es, pero como lector, abrir una novela también implica iniciar un recorrido, que me puede gustar o no, y la complicidad con las letras impresas que generan las diferentes interpretaciones, reacciones y sensaciones en quienes las desciframos. Estas sensaciones son fruto del propio contenido, de la capacidad de quien escribe para desarrollarlo y de la conexión que los cómplices anónimos establecemos con la lectura, que a menudo no resulta como uno la imagina previo a sumergirse en ella. Pero siempre que las letras (pensamiento del escritor) conectan con el pensamiento del lector o lectora se inicia el diálogo personal y privado que genera preguntas, respuestas, dudas, atracciones, rechazos,..., así como la invitación a ser parte protagonista de lo descrito y de lo omitido. Todo ello provoca que hagamos nuestros o nos planteemos los motores existenciales de los personajes, sus carencias, sus situaciones, sus emociones o sus metas. Lo mismo sucede con los espacios que habitan y condicionan sus comportamientos. Por ello, sospecho que no es necesario que la lectura sea fantasiosa para trasladar nuestra imaginación a mundos reales e irreales que no tienen porque coincidir con el expuesto por los autores, pues, a veces, un libro realista permite imaginar más allá de las ficciones expuestas en el género fantástico, un género que a priori propone un viaje a la irrealidad que nos adentra en lugares mágicos, habitados por personajes con habilidades que escapan a las de los mortales que nos encontramos a la vuelta de cualquier esquina. Pero esas habilidades no son la magia de la literatura, pues la magia de la literatura la encontramos en sí misma, en lo idealizado y descrito por los diferentes creadores de universos que nos descubren pensamientos, ideas, obsesiones o ensoñaciones que pueden o no coincidir con las nuestras, pero que, según su calidad, no suelen dejarnos impasibles. Y aunque abrir un libro y sumergirse en sus páginas se encuentra al alcance de la mayoría, por diferentes motivos, no todos estamos dispuestos a dejarnos envolver por una aventura, por una vida cotidiana, por una intriga, por un drama, por un ensayo o por un recorrido fantástico. Hay quien sustituye esta falta de disposición con su predisposición hacia el cine, medio que ofrece la oportunidad de familiarizarse con mundos sin las letras de las que huyen quienes no encuentran atractivo en el innegable atractivo de los libros. Desde Alice Guy y Georges Méliès, las películas han desarrollado historias originales y otras adaptadas de la literatura, lo cual acerca en mayor o menor grado a los no lectores los mundos descritos y escritos, aunque lo hace desde una complicidad distinta. Entre la prestigiosa El submarino (Das Boot, 1981) y su debut hollywoodiense con Enemigo mío (Enemy Mine, 1985), Wolfgang Petersen realizó la adaptación cinematográfica de la La historia interminable y el resultado fue una aventura fantástica entretenida, aunque olvidable, que conectó con el público más joven, aunque disgustó al autor de la novela, de ahí que su nombre no aparezca en los créditos. La historia interminable (Die unendliche Geschichte, 1984) cinematográfica nunca podría haber sido la literaria, porque el lenguaje audiovisual y el lenguaje escrito difieren, como también lo hace el propio proceso creativo. Un libro se escribe en la intimidad y condicionado por quien lo escribe, mientras que, desde su gestación hasta su estreno, una película se encuentra condicionada por intereses externos que no tienen cabida en la creación literaria. El atractivo de las letras son las letras en sí mismas y en una película el atractivo reside en la maestría de los grandes cineastas para combinar los diferentes componentes del film: reparto, trama, fotografía, decorados o el fondo musical e incluso en la campaña publicitaria ajena a los directores y que en ocasiones se centra en las estrellas protagonistas. La historia interminable de Petersen encontró un aliado publicitario en la canción interpretada por aquella estrella fugaz llamada Limalh. El sencillo, que sonó en medio mundo, se sumó a la gran difusión de la novela de Michael Ende, a la expectativa de los millones de lectores, al elevado presupuesto (el más holgado en una producción alemana) que posibilitó unos destacados efectos especiales y al nombre que el realizador alemán se había labrado tras El submarino. Todo ello, aspectos externos, condicionaron el éxito de la película, pero esta es otra historia, una de las múltiples que rodean a cualquier historia, a cualquier libro y a cualquier película. La historia que aquí interesa se desarrolla en dos espacios diferenciados: el mundo real donde vive Bastian (Barret Oliver) y las páginas del libro que el pequeño protagonista toma prestado mientras se esconde de los tres compañeros de clase que lo persiguen y acosan a diario. El niño posee una imaginación que choca con la perspectiva de su padre, que le aconseja mantener los pies en el suelo. El consejo paterno va en contra de la naturaleza infantil, de la literaria, de la cinematográfica, de la de cualquiera que sueñe y de la creatividad que posibilita el arte y la magia que este nos transmite. Pero la naturaleza de Bastian no puede condicionarse y se decanta por idealizar y viajar a otros mundos, como descubrimos cuando el muchacho enumera al librero las novelas que ha leído, aunque la que ahora tiene entre sus manos, y lee en el desván de la escuela, le resulta diferente a cualquier otra. A través de sus páginas, accede a ideas fantasiosas y ajenas, que provocan que las suyas salgan a relucir durante la aventura que comparte con los habitantes de Fantasía, una aventura y un reino imaginario que le ofrecen la posibilidad de formar parte de una fantasía donde, aunque lo ignora, se convierte en protagonista indispensable y, a su vez, se transforma en el héroe de quienes observamos su relación con las páginas que provocan su conexión con el reino amenazado por la nada, que avanza y engulle cuanto encuentra a su paso, pues esa nada remite a la perdida de la imaginación y a la ausencia de creatividad, dos rasgos humanos indispensables para que la historia no termine.

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