martes, 18 de junio de 2013

Titanic (1997)

Al igual que Rose (Gloria Stuart) al recordar su historia acontecida ocho décadas atrás, tiempo más que suficiente para distorsionar los hechos, embellecerlos e idealizarlos en su memoria, me tomo la libertad de recrear mi recuerdo de Titanic en una sala repleta de centenares de sueños. Allí, sentado y mirando como uno más hacia la gran pantalla, sentí como el deseo de abandonar el barco crecía dentro de mí, y aún a día de hoy no comprendo de dónde saqué las fuerzas para mantenerme a flote y contemplar las tres horas de un recuerdo tras el que no encontraba ni rastro de la grandeza que se le atribuía, y que se me antojaba artificial, quizá por la subjetividad que habitaba en el relato narrado por la anciana. Para bien o para mal, pensé que los aciertos, que los tiene, y los fallos de Titanic, que también existen, no eran responsabilidad de la memoria de Rose, sino de James Cameron, director, guionista, productor y montador de la película, idea que se reafirmaba en mí a medida que contemplaba una narrativa que pretendía vanamente forzar mis emociones en lugar de permitir que fuesen los personajes los que me hicieran partícipe; sin embargo, lo único que llegaban a mis sentidos eran diálogos, situaciones o escenas que me provocaron la sensación de estar presenciando un ejercicio insustancial de atractivo acabado. Habrá quien no comparta mi recuerdo, personal y alterado por el transcurso de los años, cuestión que aplaudo, ni mi ensoñación de que las mejores películas de Cameron son aquellas con menos pretensiones artísticas, como sería el caso de Terminator o Aliens, el regreso, y prefiera sus grandes producciones, aquellas que semejan sufrir un mayor desequilibrio entre la forma y la sustancia, cuyos máximos exponentes quise descubrir en Avatar y Titanic, ambas de un acabado formal envidiable y un vacío argumental que mermó mis expectativas iniciales. Así pues, imaginé que Titanic no era la historia del barco de quien recibió el título, ni de las gentes que en él viajaban cuando se produjo la trágica colisión con el iceberg que provocó su hundimiento, en realidad, me dije, es la idealización de un instante, el de Rose (Kate Winslet) y Jack (Leonardo DiCaprio), que ya he visto con anterioridad en mejores o peores películas, y que, a pesar de que el barco resulta esencial, podría haberse ubicado en cualquier otro contexto espacial, incluso en la Verona imaginada por Shakespeare. Muy a mi pesar he de reconocer que no me conmoví ni por el amor surgido en ese buque onírico ni con las injusticias sociales que en él habitan (que se acentúan a raíz de la catástrofe que se produce en la segunda mitad del film), quizá porque éstas también intentaban condicionar mis emociones sin contar con ellas. Pero cuanto escribo solo forma parte de las sensaciones que provocó en mí este aclamado recuerdo histórico-romántico desarrollado por Cameron, en el que descubrí a una nueva rica bondadosa y altruista (Kathy Bates) y a un villano millonario, grotesco, engreído y repleto de prejuicios (Billy Zane), en quien creí ver, al igual que me sucedió con el malvado de Avatar, a un terminator programado para destruir, prevalecer o asegurar sus pertenencias, entre las que incluye a una niña que emplea para salvarse (no podía ser de otra manera) y a Rose, supuestamente atrapada dentro de un entorno social del que desea huir porque éste coarta su libertad de elección, aquella que sí le ofrece Jack, autoproclamado rey del mundo en un buque donde se convierte en el soplo de aire fresco que la libera de su realidad, aquélla que ochenta años después idealiza ante las atentas miradas de los científicos que investigan los restos del famoso buque. Diga lo que diga sobre Titanic, no soy científico y solo puedo hablar desde la subjetividad de un espectador frustrado que se esperaba un sueño y se encontró con otro muy distinto, que catalogó de manipulador, y que se convirtió en una de las producciones más laureadas y rentables de la historia del séptimo arte; así que, como en tantas otras ocasiones, puede que mis palabras no sean más que un disparate fruto de mi insensibilidad o de mi desconocimiento en materia cinematográfica, pero me consuelo al recordar que Billy Wilder tampoco encontró por ninguna parte el argumento que imaginé en el interior de una sala donde cada espectador tendría su propia visión de las imágenes nacidas de la memoria de la pasajera que pudo vivir más allá de aquella trágica noche.

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