viernes, 7 de octubre de 2011

Katyn (2007)

Se puede tomar a broma, como una redundancia o un trabalenguas, aunque también como una paradoja, una pedantería o una reflexión lógica, pero más allá de sus imágenes existen películas que replantean cuánto hay de verdad o de mentira en la Historia y en las versiones de quienes la escriben, porque, en ocasiones, la mentira esconde una verdad, y la verdad no es sino aquello que se da por sentado, aunque en realidad forme parte de la mentira que se pretende hacer pasar por verdad histórica. Durante más de cincuenta años, manipulando verdades y mentiras, los dirigentes soviéticos negaron de manera sistemática la autoría del crimen contra el pueblo polaco narrado por Andrzej Wajda en Katyn. Desde sus orígenes como cineasta, el realizador ha mostrado en la pantalla acontecimientos que afectaron a su país (Kanal, Cenizas y diamantes, El hombre de mármol o, más reciente en el tiempo, Walesa, la esperanza de un pueblo), por ello no resultó extraño que fuese él quien ahondase en la masacre que acabó con la vida de más de veinte mil víctimas de la sinrazón (entre ellas, el padre del cineasta) y que no fue reconocida públicamente hasta 1990, aunque hubo voces que afirmaron que los documentos que implicaban a Stalin, al Politburó y al ejército rojo eran falsos. Entonces ¿cuánto hay de verídico en la Historia o cuánto de lo supuesto ha sido adulterado para que prevalezca una perspectiva y no otras? El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadieron el oeste de Polonia y dos semanas después los soviéticos hicieron lo propio por el este, como parte del tratado de no agresión Ribbentropop-Mólotov firmado en agosto de ese mismo año entre la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin, una alianza impensable, pero no tanto si se tiene en cuenta que las ambiciones y los intereses generan "extraños compañeros de cama", aunque los dos líderes, y sus respectivos ejércitos, no tardarían en enfrentarse poco después de repartirse el territorio polaco. En esta tesitura el futuro de Polonia se había sellado de manera similar a lo ocurrido en la antigua Checoslovaquia un año antes, cuando a finales de septiembre de 1938 Alemania, Francia, Italia y Reino Unido firmaron los acuerdos de Munich, que, con el fin de evitar un nuevo enfrentamiento armado, daban vía libre a Hitler para anexionar al Tercer Reich los Sudetes (con una población mayoritaria alemana), permisividad que el régimen nacionalsocialista aprovechó para la posterior creación de los protectorados de Moravia y Bohemia y la conversión de Eslovaquia en un país satélite. Esta anexión resultaba una amenaza para los intereses soviéticos, que veían en el avance alemán un movimiento peligroso que hacía peligrar sus fronteras y su influencia, lo que propició el acercamiento político, que no real, de las dos naciones en el tratado de 1939, que propició la doble invasión del territorio polaco. Dicha invasión inicia la exposición que Wajda dividió en dos puntos de interés; el primero se desarrolla durante la guerra, y se centra en quienes serán las futuras víctimas enterradas en el bosque que da título a la película, y el segundo en los años que siguieron a la matanza. Desde una perspectiva contextual Katyn es una película de memoria histórica que reflexiona sobre aquellos acontecimientos desde una narrativa que intercambia personajes, escenarios, enfoques humanos, gestos y miradas que transmiten las emociones de individuos como el capitán Andrzej (Artur Zmijewski), prisionero en el campo de concentración, o su mujer Anna (Maja Ostaszewska), que sobrevive en una Polonia ocupada por dos fuerzas totalitarias que se reparten un país sin fronteras naturales que les ha resultado sencillo conquistar, pero ¿y después? La película se encarga de recordar aquel hecho real y las consecuencias que acarreó para quienes intentaron destapar la verdad. Para ello, Wajda se adentró con su cámara en el bosque donde fueron enterrados miles de polacos asesinados por orden de Stalin, pero ¿por qué? Tras la rápida invasión de un territorio que no les pertenece, tanto alemanes como soviéticos necesitan consolidar su posición y, para ello, someten a la población, porque esto resulta primordial para sus intereses. Como consecuencia, la idea de eliminar a intelectuales, políticos y a oficiales del ejército vencido, cobra forma, sobre todo en la mente de Beria, por aquel entonces jefe del NKVD (semilla de la futura KGB), que aconsejó a su líder de la necesidad de borrar las bases intelectuales y patrióticas que podrían animar al pueblo polaco a alzarse en rebelión, la cual implicaría la pérdida del suelo conquistado. De tal manera, como se muestra en la película, miles de polacos y polacas son confinados en recintos a la espera de un destino que desconocen, aunque no les cuesta imaginar entre tanta desesperanza y muerte. La primera parte de Katyn concluye al tiempo que lo hace la contienda, cuando los soviéticos ya controlan el país con la mano férrea que permite tergiversar, negar o simplemente olvidar los crímenes cometidos. Sin embargo los familiares y los amigos de los asesinados no olvidan, a pesar del riesgo que conlleva su intención de sacar la verdad a la luz. Esta intención de desvelar la realidad marca la segunda parte de un largometraje necesario, no por sus aciertos cinematográficos, que sí los tiene, sino por su intención de recordar que, en ocasiones, verdades y mentiras se intercambian o se confunden según los deseos de quienes las manipulan para sus fines y de quienes miran hacia otro lado para que los suyos no se vean entorpecidos.

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