Aparte del nombre, común a las Lolas cinematográficas sería que desde ellas se observa su entorno y la época que les corresponde vivir. Da igual que sean vampiresas, prostitutas, bailarinas, adolescentes con piruleta o hijastras ingenuas, su presencia pone de manifiesto la hipocresía social. Nos descubren dos mundos, el que se deja ver y el que se oculta, de ambos habla Lola con von Bohm (Armin Mueller-Stahl) en un momento puntual e íntimo de este drama ambientado durante la década de 1950 —con el democratacristiano Konrad Adenauer al frente de la cancillería de la República Federal de Alemania. Lola habita ambos, pero no es la única que lo hace. La élite de la ciudad también vive en el exterior, donde guarda la compostura moral, y en el submundo adonde acude a satisfacer su apetito y su deseo. Si Schuckert es amoral, no contempla moral alguna, Lola es la menos hipócrita del burdel. No se esconde, canta, se desnuda, exige un extra por esto o aquello y se entrega por un trozo del pastel. Ella no se oculta, como sí hace el alcalde de esa ciudad donde se desarrolla la trama de un film que aborda la corrupción y otros aspectos que salen a la luz a lo largo del metraje. Los dos mundos expuestos por Fassbinder quedan claramente diferenciados, sin embargo, la clase dominante es la misma. La élite de poder de la que le habla Esslin (Mathias Fuchs) se reúne en el burdel donde Lola es como la democracia que están construyendo, que compran y utilizan. Pues, como ella misma advierte a von Bohm, <<hay una vida interior y una vida exterior. Y las dos no tienen nada que ver entre sí>>. El funcionario no sabe de qué le está hablando. Desconoce la hipocresía, la corrupción y la amoralidad del sistema controlado por esa élite que construye el propio sistema, para controlarlo y beneficiarse. Crean un nuevo tipo de totalitarismo, aunque enmascarado, sin ideología, uno que prefiere y elige seducir a imponerse mediante la brutalidad. Este sería también el “fascismo” señalado por Pasolini, tanto en su cine como en sus escritos, pero en Fassbinder no hay una llamada de alarma, sino una mirada al momento en el que se construye la nueva sociedad alemana, una democracia de libre mercado; y como libre y como mercado, todo y todos tienen un precio o son libres de ponerlo. Al final, cayendo en el cinismo, todo se reduce a las palabras del periodista al que von Bohm entrega los contratos que demuestran la corrupción. En ese instante, el representante de la prensa (el cuarto poder) le dice que le había prometido un escándalo y que eso son números, para concluir con un <<todo el mundo saca algo de ello. Son las reglas del juego>>. Cierto, la élite controla y se beneficia, el resto se somete y se deja seducir por las promesas de progreso, libertad, placer y bienestar. Y se encadenan a esas mismas promesas, que se cumplen en apariencia y en la medida que Schuckert y compañía permiten.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...




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