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Arrugas (2011)

El último, Candilejas, Umberto D, Vivir, Cuentos de Tokio, Fresas salvajes, Atlantic City, Ginger y Fred, Una historia verdadera o Gran Torino son excelentes acercamientos a la vejez, a la soledad y a los recuerdos de un pasado que ya no tiene cabida en un presente de desencanto, pero también de aceptación de que se continúa vivo. Incluso dentro del cine animado existen títulos que muestran el comportamiento de hombres y mujeres que han alcanzado el invierno de sus vidas, dos ejemplos serían Cuando el viento sopla y Up. Por lo tanto, Arrugas no es un film único, aunque sí necesario para no olvidar que la vejez no es un impedimento para sentirse vivo sino una circunstancia natural que tarde o temprano se convierte en la realidad de cualquier ser humano que complete sin percances irreversibles su ciclo vital. Al igual que El hijo de la novia (2001) o ¿Y tú quién eres? (2007), Arrugas explora la vejez desde uno de sus mayores temores: el alzheimer, pero sin caer en sensiblerías y sin forzar una situación que afecta a una sociedad que parece excluir a sus ancianos. Ignacio Ferreras adaptó a la gran pantalla el exitoso cómic de Paco Roca, editado por primera vez en Francia en el año 2007. Desde el momento de su publicación Arrugas se convirtió en un éxito de ventas y en un imán para atraer elogios y premios, pero su mayor logro reside en qué cuenta y cómo lo cuenta. La adaptación cinematográfica permanece fiel a la historia ideada por Paco Roca, adulta, dura y tierna, y a menudo triste en su comicidad, pero no por ello desesperanzada. Emilio negocia un crédito en la oficina que dirige, sin embargo, resulta que se encuentra en casa, negándose a comer la sopa. Este anciano no tarda en caer en la cuenta de que ya no trabaja y a quienes tiene delante no son clientes, sino su hijo y su nuera insistiendo para que coma. Ante los problemas que les supone cuidar del anciano no tardan en buscar un lugar donde se encarguen de él. La confusión, la decepción, la tristeza e incluso el enfadado de Emilio son comprensibles, pero no le queda más remedio que asumir su abandono al olvido en un centro donde descubre a personas en situaciones similares a la suya, y a otros que se encuentran en peor estado; pero allí también conoce a Miguel, su compañero de habitación y el único que muestra su disconformidad al negarse a aceptar la rutina que comparte con el grupo de desheredados al que pertenece. Miguel, él único sin familia, se aprovecha de los despistes y de la senilidad de sus compañeros para conseguir algún dinerillo, consciente de que ser mayor no implica estar muerto, ni tampoco asumir que lo único que puede hacer es comer, dormir y tomar pastillas. La estancia de Emilio en el centro muestra su inevitable deterioro psicomotriz; se olvida de qué cenó la noche anterior, de dónde ha puesto sus cosas o del nombre que reciben los objetos que le rodean. A veces se enfada cuando recobra la lucidez y se da cuenta de sus despistes o se disculpa asumiendo que tiene muchas cosas en la cabeza. Al tiempo que la evolución de la enfermedad augura su trasladado a la segunda planta, donde se encuentran aquellos residentes que no pueden valerse por sí mismos, se fortalece la amistad que le une a Miguel y a Antonia, la cual les permite sentir un último aliento de valía y libertad, a la espera de que llegue ese día cuando el alzheimer sea una enfermedad curable, pero ¿lo será la tónica de apartar a los ancianos por el mero hecho de serlo?





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