viernes, 22 de septiembre de 2017

Crepúsculo en Tokio (1957)

A medida que aumenta mi curiosidad, también lo hace mi desconocimiento, al tiempo, en mi mente, se fija con firmeza la idea de que en todas las artes existe un grupo muy, pero que muy reducido de artistas inimitables cuyas obras se encuentran por encima de las del resto, a una distancia insalvable, porque existe algo en ellas que las humaniza hasta hacerlas únicas y un legado imprescindible que no puede ni debe perderse. En el caso del cine, encuentro en Yasujiro Ozu a una de esas maravillosas excepciones que, con su poética, sus silencios (que expresan cuanto sienten sus personajes) y su aparente sencillez, provocaron que mi afición por el cine, de hoy, de ayer, de aquí y allá, diera un salto hacia delante y se transformara en la fortuna que para mí significa descubrir, disfrutar y valorar películas como Crepúsculo en Tokio (Tôkyô boshoku, 1957), no desde una perspectiva teórica que contemple un análisis técnico que no poseo, sino desde quien se encuentra ante imágenes que desbordan sensibilidad serena y melancólica, cuando no trágica y dolorosa como en este magistral drama intimista y crepuscular. La sensibilidad de Ozu impregna cada uno de sus planos, pausados si alguien así lo siente, aunque nunca aburridos y siempre reconocibles, que se sitúan a la altura de personajes sinceros en cuanto expresan y callan, a quienes el cineasta mira sin juzgar con el fin de transmitir los conflictos, las emociones y las preocupaciones que anidan en sus interioridades, mayormente enfrentadas a instantes que parecen detenerse en el tiempo, aunque en constante fuga pues la vida sigue su curso imparable, inalterable. Personajes como los miembros de la familia Sugiyama, formada por un padre (Chisû Ryû) y dos hijas, Takako (Setsuko Hara) y Akiko (Ineko Arima), que viven su monotonía ocultando las preocupaciones que el ojo de Ozu atrapa sin artificios ni engaños en los bares donde la presencia del sake resulta una referencia obligada, en la sala de mah-jong donde Akiko busca a Kenji (Masami Tamura) y sin pretenderlo descubre que la dueña es su madre (Isuzu Yamada), ausente desde su primera niñez, en la comisaría de policía donde se hace más tangible la soledad de la muchacha y en cada rincón de ese hogar cercano que comparte con otros seres corrientes y reconocibles en su humanidad. La soledad camina al lado de Akiko al tiempo que ella no ceja en su empeño de encontrar a su compañero de estudios, aquel que parece evitarla, quizá consciente del secreto que la joven quiere compartir con él. El silencio y la sombra de la desgracia también acompañan el caminar de la muchacha, desorientada por la existencia que la supera y genera sus dudas y su rechazo, según Takako por la falta de la figura materna que ella misma asume en determinados momentos de este drama de inquietudes y de sufrimientos que no necesitan palabras para exteriorizarse, solo los rostros de las hermanas, de una madre marcada por sus decisiones pasadas y de ese padre que se preocupa y siente como la impotencia crece en él, al comprender que nada puede hacer para remediar la insatisfacción marital de su primogénita o el comportamiento de su pequeña, preocupaciones que Ozu, cineasta irrepetible a la hora de exteriorizar el alma humana que se desnuda frente a su cámara, mostró con la naturalidad y la sutileza del gran maestro cinematográfico que era.

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