martes, 20 de junio de 2017

Don Quijote (1957)

Han sido muchos los cineastas que han llevado (o intentado adaptar) a la pantalla las desventuras del universal hidalgo manchego, pero la complejidad de trasladar a imágenes las líneas escritas por Miguel de Cervantes en su Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha provoca que la labor resulte (casi) imposible. Por ello, muchos cineastas que se enfrentaron al texto tomaron la decisión, lógica y acertada, de realizar su propia visión de la novela. Entre los muchos que lo intentaron encontramos a: Orson Welles (no pudo concluirlo, aunque existe un montaje de Jesús Franco del material filmado), Terry Gilliam (hace años que emprendió el proyecto quijotesco que acaba de concluir), G.W.Pabst, Rafael Gil (de las que he visto, su adaptación es la más literal, pero también la más impersonal) o la pareja formada para la ocasión por el guionista asturiano Carlos Blanco y director mexicano Roberto Gavaldón. Estos nombres y sus diferentes nacionalidades confirman la universalidad del personaje cervantino y las múltiples interpretaciones de las páginas que también inspiraron a Grigori Kozintsev, uno de los ilustres directores que habían iniciado su carrera cinematográfica durante el esplendor del cine mudo soviético, allá por la década de 1920. Por aquel entonces, el breve periodo de libertad creativa posibilitó la experimentación y la poética revolucionaria en sus películas al lado de Leonid Trauberg o en las obras maestras de Eisenstein, Pudovkin o Dovzhenko, Pero, tras la muerte de Lenin, la figura de Stalin acabó imponiéndose y con ella el realismo socialista relegaba a los maestros cinematográficos al olvido, o a ser meras comparsas al servicio de la propaganda cinematográfica estatal. Esta imposición en el cine (y en el resto de la artes) implicó el anquilosamiento de una cinematografía que perdía su riqueza formal, y no sería hasta la desestalinización emprendida por Nikita Jruschov en la segunda mitad de la década de 1950 cuando el cine soviético recobró parte de la salud perdida. En esa coyuntura, un veterano como Kozintsev pudo realizar su tragicomedia sobre el caballero de la triste figura sin perder de vista el original literario, aunque, como no podía ser de otra manera, sintetizando lo expuesto por Cervantes y decantándose por realizar un film de enfrentamiento entre la inocencia de la pareja protagonista y el mundo que ha perdido la suya. Salvo excepciones, da igual la clase social a la que pertenezcan, aquellos a quienes Quijote (Nikolay Cherkasov) y Sancho (Yuriy Tolubeev) encuentran por los caminos manchegos se definen por su intolerancia, su insolidaridad y su rechazo hacia ese hidalgo de esencia contraria, un hidalgo que siempre sale malparado, vapuleado o burlado en su intención de hacer el bien que nunca alcanza. Su aislamiento como individuo, único y marginal, conlleva la soledad que comparte con Sancho, pero esta soledad, mitigada por la presencia del fiel escudero, nunca influye en su viva necesidad de combatir el mal mientras sueña, siempre sueña, con la perfección (de cuerpo y alma) que simboliza en su amada e inexistente la sin par Dulcinea del Toboso. Ella es la imagen de un ideal imposible, al menos en los espacios donde siervo y señor se igualan a la hora de ser el blanco de las piedras de los galeotes o de las mofas de los huéspedes de la venta y de la aristocracia que se reúne en la corte de los duques, quienes ven en la pareja de andantes la oportunidad de abandonar su monotonía, humillando a quienes encuentran cómicos, diferentes y desequilibrados, aunque el desequilibrio que observan en el antaño don Alonso Quijano forma parte del propio. La locura del Don Quijote (Don Kikhot, 1957) de Kozintsev nace de la sinceridad y de la inocencia del personaje encarnado por Cherkasov, un personaje que interpreta desde su fantasía un entorno donde prevalecen la hipocresía y los constantes abusos que no diezman el ímpetu caballeresco del antihéroe cervantino. A Quijote poco le importa que los galeotes lo apedreen o los nobles lo evidencien durante su estancia en el palacio ducal, en su realidad, el buen hidalgo achaca sus males a la villanía de hechiceros imaginarios, y por ello nunca desiste a la hora de cumplir sus votos y las buenas intenciones que, incomprendidas por propios y extraños, suelen empeorar la situación de aquellos a quienes intenta ayudar, como sería el caso de Andrés (S.Tsomayev), el niño a quien sin saberlo (aunque el público sí lo intuya) condena a los latigazos de su amo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario