Mucho tiempo después de verla por primera vez, descubro dos películas en Philadelphia (1993), mejor dicho, veo un vídeo musical y una película en el film de Jonathan Demme. El primero lo interpreto como un videoclip promocional de una de las mejores canciones estadounidenses del año 1993 y sirve para insertar los títulos de crédito iniciales o, para ser más exacto, estos sirven de excusa para introducir la inimitable voz de Bruce Springsteen recorriendo las calles de la ciudad donde se firmó la Declaración de Independencia de las Trece Colonias que darían origen a la nación estadounidense. Bruce canta Streets of Philadelphia y, mientras suena su premiada canción, las imágenes avanzan por el asfalto al ritmo marcado por el cantante. Durante ese breve instante se muestra la miseria de las calles de una metrópolis, por entonces, con una elevada tasa de marginalidad y criminalidad. Es un vídeo-clip de apertura que, vuelto a ver años después de su estreno y sin tener aparente conexión, me trae a la memoria el expuesto en Wachtmen (Zack Snyder, 2009), que tiene a Bob Dylan y su The Times They Are a-Changin’ sonando mientras se suceden imágenes del pasado de los personajes y de la historia que se verá a continuación. Sin embargo, en Philadelphia la conexión apenas es visible, o evidente, entre el vídeo y el resto de la película, ya que no volverá a esas calles marginales, pisará otras superficies y observará otro tipo de marginalidad y de marginados. Pero la conexión existe, se encuentra ahí, en los márgenes sociales que ambas partes exponen. Lo hacen desde dos perspectivas que difieren en su forma y que coinciden al hablar de dignidad y miseria, de vida y muerte, de justicia e injusticia, de ignorancia y prejuicios. Pero el film no hablará de una marginalidad visible: pobreza y delincuencia en las calles, sino de la invisible que se produce en la sombra que Demme saca a relucir y lleva a su tribunal, donde hace visibles la homofobia y la discriminación laboral y social sufridas por Andrew Beckett (Tom Hanks), contagiado de VIH/SIDA, la enfermedad que, durante años, había sido ignorada y considerada tabú, lo que implicó un total desconocimiento popular de la misma. Esta ignorancia se comprueba en la escena en la que se reúnen los dos protagonistas, y Joe Miller (Denzel Washington), la mirada de quien ignora y quien ha heredado prejuicios —de los que se desprenderá gracias a la cercanía, el conocimiento y el reconocimiento—, escucha a Andrew como le dice que está infectado por el virus de la inmunodeficiencia humana.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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