viernes, 8 de mayo de 2020

Troya (2004)

La lectura de La Iliada generó tal ilusión en el millonario Heinrich Schliemann que lo llevó a gastar su tiempo y su dinero en la búsqueda de la ubicación exacta de la ciudad asediada y destruida por las huestes aqueas. Tras muchas relecturas del poema homérico, gastos, contrataciones y esfuerzos a pie de campo, la encontró en Hissarlik (Turquía). En realidad, aquella no era la ciudad "bien amurallada" de la que habla el texto homérico, sino una de las que se construyó encima. Quien no la encontró ni arriba ni abajo fue Wolfgang Petersen en Troya (2004), tampoco halló la inspiración que llevó a Schlienmann a arriesgarse y aventurarse en busca de la realidad detrás del mito. Su hallazgo geográfico sorprendió a propios y a extraños, y confirmó que, tras la leyenda, existía una realidad que Homero, o quien fuese el autor del texto, escucharía ya adulterada por el paso de las voces y del tiempo; y que el propio poeta adulteraría para la posteridad en la que algunos profesionales calificaron de locura la obsesiva empresa del arqueólogo aficionado alemán. Aquellas disonancias enmudecieron cuando el pionero y su equipo desenterraron la realidad que se ocultaba bajo la arena y la mitología expuesta en los cantos literarios. Ese momento de 1871 fue un hito para la Arqueología, uno que invitaba a soñar nuevas conquistas; pero, más de un siglo después, no hay sueños ni epopeya en la aventura cinematográfica de Petersen, solo un aburrido y aparatoso asedio troyano, sin épica ni pizca de gracia, sin mito ni realidad. Troya se limita a una sucesión de batallas y a expresar que la guerra fue obra de los hombres; seguro, y también seguro que serían más humanos que los acartonados que deambulan por el film. A estas alturas, que ni dioses ni diosas intervinieron en el asedio, cae de cajón; como también cae que de aquella realidad solo podemos especular, imaginar e inventar. Aunque no existan deidades en su propuesta, Petersen no pretende realismo, a lo sumo divismo; muestra un mundo donde los únicos divinos son los protagonistas, héroes y heroínas estereotipados, sin chispa y con poses de "molo" mucho, que se adueñen de una historia sin mayor historia.



Los inicios profesionales de Petersen fueron prometedores y su cuarto largometraje cinematográfico, El submarino (Das Boot, 1981), llamó la atención de Hollywood, siempre al acecho de talentos a los que seducir con sus cantos de sirena. Ignoro cómo hubiese sido su cine de no haber arribado a California, aunque, ya en Alemania, su última película apuntaba hacia el espectáculo de masas; pero La historia interminable (The Neverending Story, 1984) tenía su gracia, igual que la tendrían Enemigo mío (Enemy Mine, 1985) o En la línea de fuego (In the Line of Fire, 1993). Algo similar le sucedió a Ridley Scott, perdido en el desierto tras Blade Runner (1984). Por fortuna para él, encontró un oasis en Gladiator (2000) y se congració con el público y con parte de la crítica. Su éxito revitalizó el peplum y, aprovechando el filón, Petersen siguió su estela, también la de El señor de los anillos (The Lord of the Rings; Peter Jackson, 2001-2003), y recreó su versión de la guerra troyana. Pero esta nunca llega a funcionar, tampoco es que funcione Gladiator, pero, al menos, logra entretener. Las situaciones de Troya, sus diálogos y sus personajes son ridículos y unidimensionales, hacen mucho ruido para ocultar que ni dicen ni aportan, salvo a quienes se dejen fascinar por batallas prefabricadas y efectos especiales que dominan sobre intrigas y relaciones más falsas que Odiseo en su apogeo de ingenio. La ausencia de épica se rellena con esas luchas sobre la arena de la playa. No se trata de que Petersen y el guionista David Benioff se olviden de los cantos homéricos, para recordarlos estuvieron y están Virgilio, Dante, Schliemann o cualquiera que los haya leído. Lo que me chirría del asunto es la falta de inventiva y el olvido de que, tanto en Homero como en cualquier historia, el factor principal es humano: su racionalidad y su irracionalidad. Los hombres y las mujeres de Troya se transforman en excusas, entre el cliché, los efectos y las frases que provocan risa; son estampas que se repiten hasta perder cualquier razón de ser. Ayax (Tyler Mane) el grande es un gigantesco chiste; el pequeño debe serlo mucho, pues no se ve por ninguna parte; el Agamenón de Brian Cox no encontraría trabajo en ninguna tragedia griega, lo echarían por malo, que no por villano; Paris (Orlando Bloom) y Helena (Diane Kruger) son tan descafeinados como Menelao (Brendan Gleeson) o el primo Patroclo (Garrett Hedlund), que hace el primo antes y durante la batalla donde no da la talla. La presentación de Aquiles (Brad Pitt) me anima a decir vámonos, apagarás luego; que este hijo de Tetis (Julie Christie) y Peleo ni sufre cólera ni conflicto, aunque algo debe sufrir al poner esas caras que delatan que lo suyo no es la gloria ni compartir lecho con Briseida (Rose Byrne), sino vender palomitas, matar el mito y la mitología, o cualquier posibilidad de épica, drama y fantasía. Para mi horror, el error no reside en querer transformar, cambiar o reinventar héroes, rimas y leyendas, es el conformismo -transformar y reinventar se agradecería- de la sucesión de tópicos, repetición y aburrimiento, abrazada por Petersen desde el inicio, cuando presenta a sus griegos y troyanos y muestra de que va el juego.

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