Hace tiempo leí que <<la vanguardia, por definición, está destinada a renovar y quemarse, en cambio, el noventa y nueve por ciento de los casos tiende a repetirse y ganarse el favor de los burgueses>>*. ¿Se puede decir que Nagisa Oshima realizó un cine de vanguardia? De poder hacerlo, aunque yo lo considero un cine isla, el del cineasta japonés estaría entre ese uno por ciento que no se repite y que no pretende agradar y alcanzar el favor de nadie. Ahí habría que situar a Oshima, un cineasta a quien nunca le gustó negociar su discurso, ni suavizarlo, ni adornarlo para que fuese aceptado por el gusto mayoritario. Previo a su debut en la dirección con Calle de amor y esperanza (Ai to kibo no machi, 1959) ya era un francotirador antisistema, que disparaba sus balas críticas contra las instituciones de su época. No solo le preocupaba el cine de consumo, la desidia en la que había caído y su falta de compromiso. Era su actitud frente a la vida, frente al orden establecido que, como cualquier orden, elimina libertades. Era una actitud libertaria, abiertamente política o quizá contra la política, una postura vital y artística que le acarrearía no pocos problemas profesionales e incluso personales. Desde el primer momento, dicha postura se hizo visible en sus películas para Sochiku, una de las grandes productoras cinematográficas de Japón, con la que no tardaría en romper y crear su propia compañía, Shozosha. En su seno asumió la independencia creativa absoluta y radicalizó su discurso en El ahorcamiento (Kòshikei, 1968) o Diario de un ladrón de Shinjuku (Shinjuku dorobo nikki, 1969), en la que su espíritu revolucionario se observa en la narrativa que no se atiene a normas.
*Vittorio Gassman, Un gran porvenir a la espalda (traducción de Fernando Gutiérrez). Ed. Planeta, S. A. Barcelona, 1983.



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