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Los niños nos miran (1943)


La comedia Daré un millón (Darò un milione, Mario Camerini, 1935) deparó entre otras circunstancias el primer encuentro entre dos espíritus afines, complementarios y rebosantes de la humanidad que iría asomando en sus películas comunes. Pero el afianzamiento de la relación profesional de Vittorio De Sica y Cesare Zavattini se produjo en Los niños nos miran (I bambini ci guardano, 1943). Por lo que podríamos decir que, dejando en un aparte intentos previos que no vieron luz, este fue el inició visible de su colaboración, una de las más destacadas de la historia del cine. Pero más que un punto de arranque, Los niños nos miran es un espléndido drama en el que ya encontramos aspectos que De Sica y Zavattini desarrollarían en posteriores proyectos en común. Me refiero al protagonismo infantil, el de la inocencia amenazada de los limpiabotas, de Bruno o de Totó, y a la doble mirada propuesta por la pareja: la que corresponde a sus personajes —desde la cual descubren la realidad en la que viven— y la nuestra, la del testigo pasivo que observa su realidad y cómo les afecta.


Como indica el título, el protagonismo recae en un niño (Luciano De Ambrosis) que, sin ser del todo consciente, observa el mundo y lo interpreta desde la inocencia de sus cuatro años. En un primer momento, para él todo está en orden: juega en el parque con su patín y regresa con su madre (Isa Pola) a casa. Ella lo acuesta, lo arropa, besa su rostro, lo idolatra como si fuera el centro de su existencia y desaparece como cada noche. Pero esta no es una desaparición cualquiera, como descubrirá el pequeño al despertar del día siguiente. Aunque inicialmente no lo comprenda, es la lejanía de un ser imprescindible que deja el vacío que también hiere a su padre (Emilio Cigoli). A buen seguro, la relación entre ambos adultos hacía aguas desde mucho antes de que ella decida fugarse con su amante (Adriano Rimoldi). Pero Pricò lo ignora y, c
omo niño que es, absorbe cuanto ve para darle sentido. Quizá no entienda que su padre intenta protegerlo de los chismorreos, que empiezan a sonar por el edificio, de la malicia del vecindario y de la realidad. Para evitarle sufrimientos, lo lleva a casa de la tía o intenta que viva con la abuela; aunque en ninguno de los dos espacios, Pricò encuentra el afecto perdido. Ante esto, el padre decide que ambos vuelvan a casa, pero, durante el viaje de regreso, el niño enferma y, al despertar de su convalecencia, descubre el rostro de su madre. Se fija en el sombrero que ella lleva puesto y le pide que se lo quite, temeroso de ese complemento cuyo uso comprende de salida. La madre decide quedarse, el padre la acepta, todavía enamorado. No hay culpables, solo amores no correspondidos y uniones forzadas por la necesidad. Sí hay una víctima; es ese niño que está mirando, que descubre al amante de su madre exigiendo que vuelva con él u observa en la playa como ella acepta las caricias de ese mismo hombre que, a ojos del pequeño, le roba la atención materna. En ese instante, en el que el padre ya ha regresado a Roma, Pricò siente la necesidad de huir y reunirse con él. Se escapa. Llega a la estación del ferrocarril y pide un billete para Roma, pero no sabe qué hacer y decide seguir la vía. Es una escena aterradora para el niño, más si cabe cuando observa como un tren se le echa encima, pero, por fortuna, logra apartarse a tiempo. Un trabajador le grita, él se asusta; intenta huir, rasga sus pantalones y se hace daño; avanza por la playa y la noche cae sobre él. El borracho a quien mira, lo sorprende. Un nuevo susto, una nueva huida. Corre sobre la arena, corre y corre en un vano intento de alejar el dolor, la desorientación y los fantasmas que lo acompañan, mientras la cámara sigue sus pasos por esa orilla que limita tierra y agua. Esta es una de las grandes escenas de la película y, aunque lo dudo, me pregunto si Manuel Mur Oti la habría visto antes de filmar el magistral final de Cielo negro (1951).


Sin temor a errar en la apreciación, Los niños nos miran abre el periodo de mayor esplendor de De Sica director, el inicio del mismo, una película que concede el protagonismo a la relación entre padre e hijo
, una relación marcada por el sufrimiento y la pérdida, una relación que configura la que se desarrollará en Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948). Padre e hijo intercambian miradas; ambos tiene los ojos acuosos, a punto de derramar lágrimas que apenas logran contener. El niño ve sufrimiento, recriminación y súplica en los ojos del adulto a quien quiere y el padre comprende que su hijo le miente por primera vez. Es un momento emotivo, un instante de emoción que implica un antes y un después, no por la negativa del niño a traicionar la confianza materna, sino por las consecuencias que acarrean la nueva desaparición de su madre, enamorada sin remedio de Roberto. Como ya he escrito, no hay culpables en la realidad expuesta, solo deseos, egoísmos y frustraciones humanas en los adultos, pero afectan a un niño que, en un final de sinceridad hiriente, pierde la inocencia y, como consecuencia, concluye que si hay sufrimiento (víctimas que sufren), también existen culpables de hacer sufrir.

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