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The Act of Killing (2012)


Decía Federico Fellini que <<la mentira es siempre más interesante que la verdad>>. A priori, la afirmación del cineasta parece ir a contracorriente de la veracidad que suele exigir el cine documental. Sin embargo, si volvemos sobre el realizador italiano y leemos que <<la ficción puede conducirnos a una verdad más aguda que la realidad cotidiana y aparente>> estamos acercándonos a la postura asumida por el documentalista danés Joshua Oppenheimer, y su colaboradora Christine Cynn, en la brillante y grotesca The Act of Killing (2012). Por su parte, Voltaire razonó que <<está prohibido matar. Por lo tanto, todos los asesinos son castigados, salvo que maten en grandes cantidades y al sonido de las trompetas>> y este razonamiento bien podría haber salido de Monsieur Verdoux (1947) cuando se enfrenta al tribunal que juzga sus crímenes. Pero no vamos a hablar de la magistral película de Chaplin ni del irónico y sagaz autor de Cándido cuya reflexión sirvió a Oppenheimer para introducir su cruda, por momentos grotesca, imaginativa y surrealista, visión documental del exterminio que se produjo en Indonesia entre 1965 y 1966. Alrededor de
 un millón de hombres y de mujeres fueron asesinados con el beneplácito de los militares que en 1965 iniciaron una campaña anticomunista que sembró el caos y el terror entre la población. <<Los matábamos a todos. Así es como sucedía>>, dice uno de los personajes que campan por la película presumiendo de su participación en los asesinatos.


A lo largo de los minutos desfilan por la pantalla personajes a cada cual más esperpéntico, individuos que hablan de su sadismo y de su participación en las torturas y matanzas sin mostrar el menor signo de arrepentimiento, más bien con orgullo, quizá conscientes de que nadie vaya a juzgarlos ni a condenarlos. Son hombres como Anwar Congo, el protagonista de The Act of Killing, cuya peculiar visión del pasado da pie a la perspectiva escogida por los cineastas para ofrecer, según sea la versión comercial estrenada en las salas o la íntegra, dos o tres horas de no ficción que sí lo parecen. Las recreaciones de los hechos y las entrevistas a paramilitares, a miembros de escuadrones de la muerte o gánsteres como Anwar hablan en el presente del film de aquel ayer de sangre que exponen en el hoy durante el cual realizan su propia película. A través de sus montajes, actuaciones y palabras se descubre la crueldad sufrida por sus víctimas y no se precisan imágenes de archivo, posiblemente ni siquiera existan, para acceder a la verdad que surge de la ficción recreada por Congo y otros aspirantes a estrellas cinematográficas. Este es el gran acierto de Oppenheimer, el permitir que sean sus sujetos de estudio quienes se interpreten a sí mismos, siendo ellos mismos, y revivan desde sus conversaciones aquel tiempo de terror pocas veces tratado en la gran pantalla, quizá el acercamiento más popular hasta la aparición de The Act of Killing lo encontramos en la ficción crítico-romántica expuesta por el australiano Peter Weir en El año que vivimos peligrosamente (The Year of Living Dangerously, 1982).

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