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El pueblo de los malditos (1960)



Los habitantes de la tranquila localidad de Midwich pierden el conocimiento durante seis horas sin que nadie pueda ofrecer una explicación plausible para tan extraño suceso, ni siquiera el mayor Alan Bernard (Michael Gwynn) comprende qué ha ocurrido cuando se personifica en el lugar de los hechos después de la interrupción de la llamada telefónica que mantenía con su cuñado, el profesor Zellaby (George Sanders). Poco después de que Alan descubra que el fenómeno se produce dentro de un radio de acción que rodea a la villa, los vecinos vuelven en sí y todo parece regresar a su cauce normal, salvo por alguna que otra contusión; aunque no tarda en extenderse la noticia de que las mujeres en edad de concebir se encuentran embarazadas, incluso aquellas que nunca han mantenido relaciones sexuales o quienes llevan más de un año sin ver a sus parejas. Este alumbramiento general crea recelos que muchos callan, al igual que silencian las sospechas y frustraciones generadas por el ciclo de gestación que continúa su avance a una velocidad superior a la habitual. La perfección y el rápido desarrollo de los fetos asombran al doctor Willers (Laurence Naismith), quien comenta ambas circunstancias entre las autoridades del pueblo, provocando el miedo y el rechazo de Anthea Zellaby (Barbara Shelley) hacia su no nato y la certeza de Zellaby de que el hijo que ambos esperan no es fruto de sus relaciones maritales.
 El inicio de El pueblo de los malditos (Village of the Damned, 1960) crea la atmósfera precisa para mantener la inquietud y la tensión que prevalecen durante todo el metraje, sin necesidad de efectos especiales que muestren las intenciones de extraterrestres que provocan su contacto con la raza humana desde dentro, plantando su semilla en el interior de las mujeres de Midwich y de otros puntos del globo donde los recién nacidos no sobreviven por diversos motivos. En este clásico de la ciencia-ficción británica la supuesta presencia alienígena no se confirma de manera explícita, aunque solo se necesita escuchar los comentarios que se suceden durante la primera reunión entre militares y políticos u observar a los niños que nacen a raíz del incidente, sombríos, carentes de emociones humanas y con un pronunciado instinto de supervivencia. A pesar de sus similitudes anatómicas con respecto a otros jóvenes vecinos, que no dudan en burlarse de ellos, se les observa diferentes tanto en su comportamiento (apenas se separan, poseen una inteligencia superior, se muestran impasibles o se dedican en exclusiva a aprender del profesor Zellaby) como en algunos rasgos físicos: pelo, uñas o un par de ojos que brillan amenazantes cuando se siente atacados o cuando controlan las voluntades de quienes consideran un peligro para sus intenciones. De ese modo el grupo emplea su capacidad telepática para castigar o eliminar a quienes entorpecen sus propósitos, comportamiento que no tarda en asustar a la población, pero no al científico, cuya curiosidad profesional aumenta hasta el punto de solicitar a las autoridades pertinentes un periodo de un año para estudiar las anomalías del grupo, las mismas que asegura que podrían servir para una evolución científica y las mismas que ellos emplean para manejar a quienes les rodean mientras aguardan el momento de completar su aprendizaje (y los suyos regresen para llevárselos).

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