Ir al contenido principal

Carros de fuego (1981)


Tras varios años de experiencia en cortometrajes y documentales, Hugh Hudson realizó su primer largo de ficción recreando un hecho real, del que esbozó una parte dramática que atañe a los problemas personales de sus protagonistas, sin embargo concedió mayor importancia a los momentos de competición que dominan este correcto film, cuyo aspecto más sobresaliente reside en su dirección artística, capaz de transportar al espectador al realismo de aquellos años veinte, cuando el olimpismo carecía de atletas profesionales o de los medios que se observan en cualquier competición actual, dejando que el espíritu deportivo y el afán por la victoria fuesen los motores de corredores como los que se descubren en la escena que abre y cierra el film, cuando se les observa entrenando sobre la arena mojada en una mañana gris y solitaria, mientras disfrutan de la eterna promesa de juventud y de la gloria que les aguarda en la pista de atletismo. Carros de fuegos se abre en 1978, en una iglesia donde un anciano, Lindsay (Nigel Havers), se dirige a los presentes para rendir homenaje a Harold Abrahams (Ben Cross), su compañero en las Olimpiadas de París de 1924. Desde este prólogo se retrocede cincuenta y cuatro años, hasta una playa por donde corre un grupo de jóvenes británicos, a quienes la cámara individualiza mientras suena el famoso Chariots of Fire compuesto por Vangelis. Esta misma imagen será la que cierre el film, justo después de que la acción regrese a 1978, concluyendo de esa manera el ciclo de aquel glorioso equipo olímpico del que solo dos miembros continúan con vida en ese momento del presente de finales de los setenta. En 1924 la voz de Aubrey Montague (Nicholas Farrell), el otro superviviente del equipo, provoca un nuevo salto temporal que sitúa la narración en 1919, cuando compartió con un desconocido, Harold, el taxi que les llevó por vez primera a la universidad de Cambridge. Allí, entre las piedras centenarias del college, se descubren la solemnidad y la tradición entre las que Abrahams parece no encajar, sin embargo su inconformismo y su carácter luchador le convierte en alguien capaz de superarse y demostrarse que puede ser el mejor. En el patio del colegio universitario este joven bate el record de velocidad de la institución, pero él necesita más; su individualismo le empuja a desear ser el mejor velocista, hecho que provoca su encuentro con un entrenador profesional (Ian Holm), con quien se entrevista el mismo día que ve correr a Eric Liddell (Ian Charleston), jugador de rugby, corredor y predicador. Este joven religioso, nacido en China, país donde su padre ejerce como misionero, es el otro personaje de mayor entidad del film, pues parte de la película se centra en su búsqueda por alcanzar el equilibrio entre deporte y fe. Carros de fuego (Chariots of Fire) divide su atención entre ambos sprinters, mostrando parte de sus vidas personales y su afán por ser los más rápidos en vista a la Olimpiada donde deberán competir con los mejores del mundo, aunque no entre ellos debido a la negativa de Liddell a correr la prueba de los cien metros que se celebra en domingo. Carros de fuego (Chariots of Fire) muestra una historia universal de superación, amistad y triunfo, de esas que tanto gustan al público en general, motivo por el cual se convirtió en un éxito que se vio recompensado con varios premios, entre los que destaca el Oscar a la mejor producción del año.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...