domingo, 28 de mayo de 2017

El fugitivo de Amberes (1954)

¿Agotamiento y repetición de ideas en el cine de una década de posguerra? ¿Ligera apertura política? ¿Coproducciones internacionales? ¿Irrupción de cineastas personales y creativos (Fernando Fernán GómezLuis G.Berlanga, Juan Antonio Bardem o más adelante el italiano Marco Ferreri)? ¿Confirmación de realizadores como Manuel Mur Oti, Ladislao Vajda o José Antonio Nieves Conde? ¿Renovación literaria con las publicaciones de El jarama y Los bravos? ¿Necesidad de dotar de mayor realismo a las películas? ¿Desarrollo de un género cinematográfico inusual en España como sería el policíaco? Fuesen estas y otras las causas, el cine español de la década de 1950 experimentó un salto cualitativo respecto al realizado durante el decenio anterior. Por aquellos años cincuenta llegó el reconocimiento exterior de ¡Bienvenido Mister Marshall! (Luis García Berlanga, 1952) y Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955), también se produjo una intención de internacionalidad que, valga de ejemplo, en El fugitivo de Amberes se observa en su título, en los diferentes espacios donde se desarrolla su trama (París, Amberes y Barcelona) y en la presencia del actor suizo Howard Vernon, protagonista de El silencio del mar (Le silence de la mer, 1948) -primer largometraje del gran Jean-Pierre Melville- y futuro actor fetiche del compulsivo Jesús Franco. Con todo, aún quedaba (y queda) un largo camino por recorrer para alejarse de la mediocridad imperante, una mediocridad que no entiende de fronteras ni diferencia entre las distintas artes, pero que no ha impedido que, al igual que en el resto de las cinematografías, en la española haya obras maestras (las hay y muchas más de las que aquí enumero: El sexto sentidoLa vida en un hilo, Los peces rojosViridiana, El cochecito, El verdugo, El extraño viaje o El sur), buenas películas y, a pesar de la imposibilidad de profundizar en su vertiente más oscura, dignas producciones de género policíaco, como esta muestra realizada por Miguel Iglesias. ¿Por qué digna? Porque, a pesar de sus altibajos, El fugitivo de Amberes destaca por su inicio y su final, las dos partes que más se ajustan al género del cual asume los claroscuros que el futuro director de El cerco (1955) empleó para introducir y concluir la acción, que se abre con el rostro entre las sombras de Bell Fermer (Howard Vernon) y se cierra en el túnel de terror donde los delincuentes pagan más precio que la entrada. A la breve secuencia de apertura, que en apariencia carece de importancia explicativa, le suceden las imágenes matutinas de las calles parisinas por donde se reparten los diarios que informan del robo de una piedra preciosa. Introducido el hurto a través de la prensa, se comprende que aquel era el rostro de su autor, quien abandona Francia y se traslada a Amberes para negociar con Alex (Luis Induni) la venta de la mercancía sustraída. Este antiguo conocido, consciente de la dificultad de Bell para venderla por cuenta propia, le ofrece un precio que, debido a las circunstancias, el ladrón acepta. Bell abandona la sala mientras los que en ella permanecen sonríen por su triunfo, aunque sus rictus se desfiguran cuando comprenden que han sido ellos los engañados. Desde la ventana, observan como el ladrón se introduce en un vehículo y se esfuma con la piedra. La secuencia que sigue se desarrolla veloz, Bell escapa en un taxi por las calles de la ciudad belga, seguido por uno de los hombres de Alex, de quien se deshace en el puerto donde embarca rumbo a Barcelona. Con su ubicación barcelonesa, la película presenta sus mayores altibajos narrativos, al dividir su atención en varios frentes que no llegan a equilibrarse (sobre todo desentona la relación entre el policía y la agente de seguros suiza que investigan un delito paralelo). Uno de los frentes abiertos por Iglesias conduce la acción a Montes (Alfonso Estela), delincuente que desea la joya que el ladrón niega poseer. Otro hecho se cruza en la historia de Bell Fermer, se trata del caso de un asesinato y del robo de un collar valorado en tres millones de pesetas. Este crimen introduce en la trama la inevitable presencia policial y el romance entre el inspector Jordán (José Marco), a cargo de la investigación, y Gisèle (Anouk Ferjac), la representante de la aseguradora del collar. Este robo también propicia que Bell sea detenido como sospechoso, lo cual permite una rueda de identificación muy acorde con el género negro, en la que el detenido se junta a otros sospechosos habituales sin que ninguno sea reconocido por los testigos. Puesto en libertad, Montes contacta con él y le propone que le venda el diamante, pero, ante la negativa del ladrón, le ofrece un trabajo como perito en su organización de venta de joyas robadas. Con esta trama Miguel Iglesias realizó su segunda incursión en el policíaco y la que puede considerarse su mejor película hasta entonces, probablemente porque, por primera vez, contó con la colaboración en el guión de Juan Bosch, otro de los nombres propios del cine negro barcelonés. La ambientación, los aspectos técnicos y la siempre inquietante presencia Howard Vernon son los puntos fuertes de un thriller que sufre la innecesaria historia de amor entre dos personajes que lastran su ritmo narrativo, aquel expuesto durante su tramo internacional y recuperado en su parte final, en el túnel del horror donde, como mandan los cánones del policíaco español de la época, los criminales de El fugitivo de Amberes no pueden disfrutar de las atracciones y sí pagar por sus fechorías. 

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