sábado, 8 de octubre de 2016

El emperador del norte (1973)

Los dos mercenarios que transitan por el México de la revolución juarista de Veracruz (Vera Cruz, 1954), el teniente y el capitán de Attack! (1956), y sus interpretaciones del mando militar en suelo europeo durante la Segunda Guerra Mundial, las hermanas que comparten la opresiva vivienda de ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane, 1962), el piloto y el ingeniero que imponen su criterio al resto de compañeros para sobrevivir en el asfixiante desierto de El vuelo del Fénix (The Flight of the Phoenix, 1965) o el reo y el alcaide del correccional de El rompehuesos (The Longest Yard, 1974), son ejemplos más que suficientes para confirmar que el duelo entre antagonistas se repite a lo largo de la obra fílmica de Robert Aldrich. Esta lucha de opuestos resulta vital en sus películas, como también lo son los escenarios, fundamentales para entender el comportamiento de quienes los habitan y se mueven por ellos. Pero, aparte del afán de competir y de los espacios, abiertos o cerrados, las épocas también asumen cierta relevancia dentro de su cine. Estos rasgos comunes aparecen una y otra vez en sus películas, aunque quizá sea sobre la vía férrea de El emperador del norte (Emperor of the North) donde se produce uno de los enfrentamientos aldrichianos más violentos y radicales, aunque, en ocasiones, este se ve interrumpido por la historia de aprendizaje que lastra el ritmo del film. Los dos polos opuestos, aunque solo en apariencia (sus métodos y sus intenciones resultan similares), compiten por imponerse durante el periodo de depresión económica que el cineasta ya había mostrado en La banda de los Grissom (The Grissom Gang, 1971). En ambas producciones, la Gran Depresión que se observa en la pantalla impide la presencia de valores morales al tiempo que potencia el primitivismo y la fuerza bruta inherentes al medio y a la marginalidad de personajes condicionados por un presente que, en manos del cineasta, se muestra mísero y salvaje. Todas las características del mejor Aldrich confluyen en el ferrocarril donde se desata la violencia entre Al "Número 1" (Lee Marvin), que representa a los desheredados que vagan sin esperanzas por un país a la deriva, y Schack (Ernest Borgnine), el vigilante del tren 19 y del sistema que a él lo legitima. En apariencia semejan contrarios, sin embargo, estar en un extremo u otro no implica que sus métodos difieran, tampoco sus objetivos, ya que ambos buscan la supremacía a lo largo del trayecto por donde se desarrolla el brutal desafío que los iguala en su necesidad de imponerse. De tal manera, de intercambiar sus puestos, continuarían enfrentados y asumiendo la violencia como parte de su naturaleza y del día a día que les toca vivir. Su presentación no puede ser más clara al respecto. Schack atiza con su martillo a un polizón, que acabará siendo arrollado por el tren que lo parte en dos, mientras Al "Número 1" se defiende del ataque de jóvenes vagabundos que pretenden quitarle la gallina que había robado con anterioridad. La crisis económica los ha obligado a adaptarse, potenciando sus instintos primarios y sus roles de represor, en el caso del primero, y de rebelde, en el del segundo. Como tantos otros desheredados en su situación, Al emplea el tren para trasladarse por el país, pero, al contrario que aquellos, no busca un lugar inexistente que lo acoja, ya que, en su filosofía vital, interpreta el medio como suyo, sin que nadie pueda decirle a dónde ir o cómo ir. Esta circunstancia lo enfrenta con el jefe de seguridad del 19 y autoridad suprema del medio de transporte que él interpreta como su único espacio vital, y por ello siente la imperante necesidad de imponerse a polizones o a compañeros, a quienes trata como a inferiores. Número 1 es un vagabundo experimentado que, como otros personajes otoñales de Aldrich, denota desencanto y cansancio vital, aunque también el sentimiento de aferrarse a su libertad y a sus propias normas, de ahí el choque con su antagonista, que representa y salvaguarda las impuestas por el sistema al que el personaje de Lee Marvin ya no desea pertenecer. Pero este hombre, sin más hogar que los trenes que lo transportan de aquí para allá, recorriendo un país en crisis, también asume a regañadientes la labor de enseñar a Cigaret (Keith Carradine), el joven con quien coincide por primera vez al inicio del film y, posteriormente, en el vagón que incendia para escapar de Schack. Con la presencia de este tercer personaje, además del duelo entre antagonistas, se incluye un aprendizaje que no llega a completarse, lo cual resalta la diferencia insalvable entre la madurez de "Número 1" y la presuntuosa ingenuidad de Cigaret, la misma que, según palabras del primero, no tiene cabida en un <<mundo vagabundo, para vagabundos>> y la misma que lastra el tono radical e individualista que domina en la relación entre el veterano viajero y el brutal vigilante.

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