lunes, 30 de mayo de 2011

Casablanca (1942)

Por muchos años que pasen Casablanca resiste el paso del tiempo sin perder un ápice de su grandeza, convertida por derecho propio en un clásico irrepetible gracias a sus inolvidables personajes, a la partitura musical compuesta por Max Steiner, uno de los grandes compositores que ha dado el cine, a la historia de amor y amistad desarrollada en una época de lucha, o a la espléndida fotografía en blanco y negro que realza la belleza y las dudas que pueblan el rostro de Ingrid Bergman. La historia de su rodaje forma parte de la leyenda de Hollywood, se dice que el guión se reescribía a medida que se filmaba, y que el final no se supo hasta prácticamente el último día; aunque como en toda leyenda, ¿qué parte es veraz y cuál es fantasía? Cuando Michael Curtiz rueda la película en 1942, el mundo se encuentra envuelto en el conflicto bélico más sangriento de la Historia, la Segunda Guerra Mundial, y el Tercer Reich domina gran parte de Europa y del norte de África; dicha realidad convence a las productoras hollywoodienses para realizar una serie de películas de propaganda bélica (antinazi) con las que intentan reflejar su oposición a dicho régimen, y lanzar una advertencia ante el peligro que éste supone para la libertad y la democracia. Esta constante no sería ajena a Casablanca, cuya postura queda definida desde el primer momento, cuando se ubica la trama en el Marruecos francés (“libre” de la ocupación alemana), en concreto, en la ciudad de Casablanca, donde a primera vista impera un ambiente neutral y multinacional. Esta variopinta gama de exiliados tienen dos rasgos comunes: su estancia en la ciudad se debe a su imperante necesidad de huir de un terror real y otra más agradable, todo el mundo va a Rick's (Everybody comes to Rick's, título de la obra teatral en la que se basó el guión). La ciudad se convierte en un lugar de tránsito, donde centenares de refugiados aguardan por el visado que les permita abandonar un presente incierto y amenazador; sin embargo, ante la dificultad de conseguirlo, pasan su tiempo como buenamente pueden, decantándose por la diversión que les aleje de sus temores o, al menos, los minimice. Esa evasión la encuentran en el local de Rick (Humphrey Bogart), un hombre encerrado en sí mismo que no toma partido, salvo por él mismo. Su coraza, creada para no sufrir, le ha convertido en un cínico, aunque sólo en apariencia, pues desde su presentación se puede entrever que este apátrida es un romántico, como bien le califica Renault (Claude Rains), que terminará por asumir una postura que nace a raíz de la aparición un fantasma del pasado que produce el conflicto moral que despierta su conciencia. 
El recuerdo se personifica en Ilsa (Ingrid Bergman), recién aterrizada en Casablanca, adonde llega acompañada de Victor Laszlo (Paul Henreid), su esposo y uno de los líderes de la resistencia; con su presencia el muro tras el que Rick se esconde se derrumba permitiendo que éste recupere sentimientos perdidos, olvidados o simplemente ocultos en la parte más recóndita de su alma. Rick no es el único que rememora viejos tiempos, Ilsa también lo hace para recuperando aquel amor que habían compartido en París, un amor sincero, pleno, que les conduce a un enfrentamiento entre el corazón y la razón, y que provoca la indecisión que ella exterioriza a través de su mirada. Otra de las grandezas de la película reside en la relación de admiración-recelo que se produce entre Rick y el prefecto de policía, Renault, una amistad que regala un buen número de escenas inolvidables en las que estos dos personajes, más afines de lo que pretenden reconocer, se baten en un juego de cinismo dialéctico que alcanza momentos inigualables, entre los que destaca un final entre la niebla que se ha convertido en un hito del cine porque tras él deja una historia de amistad, honor, amor y de lucha contra las tiranías que pretenden imponerse en un mundo que desea vivir en libertad y que se sintetiza en un espacio reducido como lo es el local de Rick, un local que podría representar a la totalidad del orbe, ya que dentro de sus cuatro paredes se encuentran las emociones y sensaciones que recorren todos y cada uno de los rincones del planeta.

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