miércoles, 13 de septiembre de 2017

El extraño caso del hombre y la bestia (1950)

El dramaturgo, guionista, periodista y poeta Ulises Petit de Murat fue una de las figuras clave en el cine argentino del siglo XX y, puede que por falta de mayor conocimiento, no me resulta exagerado decir que, a día de hoy, aún se trata de su guionista de más renombre. A él se deben los guiones de dos películas fundamentales como lo son Prisioneros de la tierra (Mario Soffici, 1939) y La guerra gaucha (Lucas Demare, 1942), entre otros escritos para Demare y Soffici. También guionizó para Hugo Fregonese, Tulio Demicheli o Leopoldo Torre Nilsson, todos ellos nombres indispensables en la cinematografía argentina. Además de Prisioneros de la tierra, su primer guión, con Soffici colaboró en otras tres producciones: El camino de las llamas (1944), Tierra del fuego (1948) y esta adaptación del relato de Robert Louis Stevenson titulada El extraño caso del hombre y la bestia (1950), una adaptación que si bien no alcanza el nivel de las mejores películas escritas por el escritor bonaerense (muchas de las cuales fueron redactadas junto a Homero Manzi) ni el de los mejores títulos de Soffici, resulta un entretenimiento que no desmerece respecto al ofrecido por la mayoría de las versiones cinematográficas de la obra de Stevenson. En su inicio, más fiel al original literario que las espléndidas propuestas de Rouben Mamoulian, Terence FisherJerry Lewis o Jean Renoir (por citar cuatro grandes adaptadores del libro), la película se traslada del Londres decimonónico al Buenos Aires contemporáneo e introduce una analepsis (similar a la del relato) que presenta a un personaje que <<no parecía un ser humano, era algo así como un monstruo>>, pues, al igual que siente Enfield en la novela, para uno de los dos contertulios del bar donde se desarrollan los primeros minutos del film <<Hay algo extraño en su aspecto; algo desagradable; algo completamente detestable. Nunca conocí a un hombre que me desagradase tanto; sin embargo; apenas si sé por qué. Debe de tener algún miembro deforme; me produce una fuerte sensación de deformidad, aunque no podría especificar donde radica esta>>. Esta deformidad a la que se refiere el interlocutor del texto literario (y que también recuerda el cinematográfico) no es tanto física como psíquica y, más que residir en la dualidad interpretada por el propio Soffici, reside en el desequilibrio entre las diferentes partes de la conciencia e inconsciencia humana, que, en constante enfrentamiento, reflejan la lucha entre la razón y los instintos reprimidos que Enrique Jekyll libera a raíz del consumo de la sustancia que rompe sus cadenas sociales y lo convierte a ojos de sus semejantes en el monstruoso Eduardo Hyde, de quien se habla al inicio de la película. La supresión de los placeres forman parte del doctor, mientras que su yo concupiscente da rienda suelta a esa parte oculta que transita por calles oscuras y locales de dudosa reputación donde nadie podría asociar ambas, salvo el abogado y amigo que sospecha que Jekyll protege al tal Hyde, aunque no sabría decir el por qué. A raíz de este conocimiento el abogado se preocupa por su conocido, ya que le resulta imposible olvidar aquel rostro de la deformidad que desaparece cuando la mujer del doctor da a luz. Durante los cuatro años que siguen al alumbramiento, nadie ha tenido noticias del monstruo (y asesino), sin embargo el médico, ahora padre de familia, nota como el viejo conocido lucha por salir y apoderarse de él sin necesidad de sustancias, solo con la fuerza destructora que amenaza con imponerse sobre la templanza de la parte racional que se se había impuesto gracias a la presencia de su hijo, aquella parte aceptada socialmente y aquella que, en manos de un cineasta transgresor como Lewis en El profesor chiflado (The Nutty Professor, 1962), resulta la deforme y refleja las carencias de un hombre que ha vivido reprimiendo su carnalidad, encerrando los deseos y las pasiones que cobran forma física en su desinhibido y chulesco álter ego, un yo que en manos de Soffici se descubre nocivo para un protagonista que, en su desesperación, busca poner fin a esa parte de sí mismo que juzga malvada y que amenaza con desterrar a la racional (y aceptada).

(Las frases entre comillas han sido extraídas de la traducción de Juan Carlos Silvi de Stevenson, Robert Louis. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Editorial Bruguera S. A., 1985)

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