sábado, 16 de mayo de 2015

Ozu, cronista de una época

A estas alturas no se pone en duda que Yasujirô Ozu sea uno de los directores más representativos e importantes de la cinematografía mundial; sin embargo, la obra de este autodidacta no se dio a conocer más allá de las fronteras de su país natal hasta después de su muerte, aunque en 1961 el Festival de Cine de Berlín ofreciera una retrospectiva de sus películas. En vida, solo dos de sus producciones se estrenaron fuera de Japón, a pesar de que su debut tras las cámaras se produjo en 1927, cuando realizó La espada penitente, el único de sus films que se ambienta en una época ajena a la suya. Su primer contacto con el cine profesional se produjo en 1923, cuando entró a formar parte de los estudios Sochiku, donde se inició como ayudante de cámara (la trasladaba de un lugar a otro según las órdenes de sus superiores), posteriormente fue ascendido a ayudante de dirección y finalmente, en 1927, dirigió su primer film, del que nunca estuvo satisfecho. La filmografía de Ozu la componen cincuenta y cuatro títulos, de los cuales se conservan treinta y siete; de todos ellos, treinta y cuatro son mudos, algunos rodados cuando el sonido ya se había impuesto como parte del lenguaje cinematográfico, lo que confirma el gusto del cineasta por el silencio como medio para expresar las emociones y las cotidianidades en las que se descubren a sus personajes, seres reconocibles, a quienes se observa en situaciones ordinarias que permiten comprender parte de la cultura urbana japonesa, y los cambios que se estaban produciendo en el archipiélago. Para Ozu los silencios formaban parte vital de aquello que deseaba expresar, como también lo fueron la sinceridad y el lirismo de sus imágenes pausadas, a menudo estáticas, que muestran un estilo inconfundible y único, en el cual la sencillez domina sobre lo superfluo (sin cabida dentro de la poética del cineasta). Otra de las características del cine de Ozu se encuentra en la belleza de imágenes en las que se descubren las relaciones humanas y la fugacidad que caracteriza tanto a estas como a los hombres y a las mujeres que las experimentan. Esta circunstancia de observar a gente corriente en situaciones corrientes confiere a su autor el honor de ser el cronista de una época en la que cohabitan modernidad y tradición, pero sin llegar a crearse una simbiosis que permita el entendimiento y el equilibrio entre ambos extremos. A pesar de que en vida no fue reconocido a nivel internacional, en su tierra natal Ozu era uno de los directores más reputados, galardonado por la revista especializada Kimena Junpo con seis premios a la mejor película del año (Nací, pero... (1932), Fantasía pasajera (1933), Historia de las nubes flotantes (1934), Hermanos y hermanas de la familia Toda (1941), Primavera tardía (1949) y Principios de verano (1952)), y uno de los realizadores de mayor prestigio de la productora Sochiku, donde realizó la práctica totalidad de su obra sin apenas interferencias por parte de los responsables financieros de la compañía, ya que las recaudaciones obtenidas por sus films compensaban el control que asumía durante los rodajes (aparte de la planificación detallada de sus proyectos, participó en la escritura de todos los guiones que dirigió y con frecuencia se encargaba del diseño de los decorados). A lo largo de la compleja filmografía de este director, que realizó largometrajes mudos hasta 1935, destacan películas como las anteriormente citadas u otras muchas entre las que se encuentran Memorias de un inquilino (1947), Cuentos de Tokyo (1953), Crepúsculo en Tokio (1957), El otoño de la familia Kohayagawa (1961) o El sabor del sake (1962), títulos que definen la perfección alcanzada por este maestro inimitable, capaz de transmitir mediante imágenes las emociones y las contradicciones de personajes que viven existencias reales en espacios también reales.

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