El cine es un espectáculo de masas, lo ha sido desde su nacimiento, y no tiene sentido pedir una expectación máxima para una película que se aleja del infantilismo o de la promesa de lo que comúnmente se entiende por entretenimiento, o que nace minoritaria, por muy buena película que sea o alcance la etiqueta de arte. No tiene sentido exigir porque el público generalmente abraza el producto de consumo que se le ofrece, porque, al fin y al cabo, también es el que exige —como negocio, entraríamos en terreno de oferta y demanda—, el que le estimula la risa fácil en comedias que, lo más probable, cuenten el chiste de siempre, el ruido de films de acción que siguen las mismas pautas o las lágrimas que expresan físicamente el vínculo que se establece entre la emotividad de quien mira y la manipulación del drama observado. En definitiva, el cine nació a la realidad de los Lumiere y decidió reír, fantasear y llorar como fenómeno de feria de la mano de Alice Guy, Méliès, Pathé, Gaumont o Edwin S. Porter, que comprendieron que el presente y el futuro del celuloide se encontraba en la capacidad de llegar y entretener a las masas, porque era el medio idóneo para llenar de fantasía aquellas mentes en su mayoría iletradas, aunque, más adelante, otros aventureros del celuloide abriesen vías secundarias fuera o incluso dentro de la industria de las distintas potencias cinematográficas mundiales.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...
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