viernes, 7 de octubre de 2016

Los atracadores (1961)

De las cerca de cuarenta novelas escritas por Tomás Salvador solo tres, Cuerda de presos, Los atracadores y Cabo de vara, han sido trasladadas a la gran pantalla, un número muy reducido para la obra de un escritor que, etiquetado por algunos como autor afín al régimen franquista, se atrevió con la ciencia-ficción o con el relato policíaco cuando en España ambos géneros eran inusuales, el primero casi inexistente. La más conocida de las tres adaptaciones de sus libros, Los atracadores, fue llevada a la pantalla por Francisco Rovira-Beleta el mismo año que Luis Buñuel dirigía Viridiana y Luis G.Berlanga hacia lo propio con Plácido. Aunque en la actualidad no posee la fama de los títulos citados, obras maestras del cine español, la película de Rovira-Beleta fue un éxito en su momento y, con el paso del tiempo, no ha perdido ni su interés ni su condición de ser una de las grandes producciones sobre delincuencia juvenil rodadas durante la dictadura. Sus imágenes, dominadas por el realismo de los espacios por donde se desarrolla la historia, muestran la desorientación de tres adolescentes y su posterior caída en la criminalidad, que ya se intuye durante su primer encuentro en la nocturnidad portuaria de Barcelona. Transitando por los barrios marginales, donde viven dos de los adolescentes, o por los ambientes de la clase media-alta, a la que pertenece el tercero, la intención realista de Rovira-Beleta expone la situación personal y social de muchachos que se evaden de su monotonía, de su pesimismo existencial y de sus carencias afectivas acudiendo al cine a ver películas de gángsters y, más adelante, asumiendo como suyas las acciones de los fuera de la ley de celuloide. Así lo hacen porque, en su apatía y en su rechazo a cuanto les rodea, los delincuentes cinematográficos se convierten en héroes a quienes imitar, a pesar de que la mayoría de los personajes que pueblan el género sucumben a la ambigüedad y a la violencia que los definen, dos características que también se observan dentro del sistema contra el cual se revelan. Al inicio de Los atracadores varios individuos salen de presenciar la ejecución de uno de los chicos y comentan entre ellos: <<Está amaneciendo. Se ha cumplido la sentencia>>. <<Ya no será un peligro. Él mismo lo ha dicho>>. <<¿Pero estamos seguros de que se ha hecho justicia?>> <<Mató a sangre fría y ha sido muerto a sangre fría>>. <<Solo que él ha tenido su público>>. En ese instante la voz en off también dice que <<está amaneciendo, pero él esta muerto>> para luego preguntarse cuáles fueron las causas que llevaron a los jóvenes a delinquir y <<¿qué hacemos para evitarlo?>>. La voz busca un único culpable en la sociedad, respuesta simplista que no culpa a nadie y culpa a todos de los crímenes individuales que se producen durante el flashback que engloba la totalidad de la película, pero más allá de la perspectiva del narrador, las imágenes hablan por sí solas y borran las distancias entre verdugo y víctima, ya que en los muchachos habitan ambas realidades. Tras las palabras del narrador, el tiempo retrocede hasta detener su atención en "chico" Ramón (Manuel Gil), de veinte años de edad y operario en una fábrica del Paralelo. Corre sin rumbo y sin aparente motivo, pero en su carrera expresa la desorientación que avanzados los minutos le llevará a ser uno de los atracadores que dan título al film. Los otros dos aparecen poco después, en la dársena del puerto barcelonés, cuando le salen al paso y lo zancadillean. Son el "compare cachas" (Julián Mateos), que pretende emular a los gángsters ficticios de Chicago años treinta (Party Girl; Nicholas Ray, 1958), y "el señorito" Vidal (Pierre Brice), más avispado y refinado que su colega, pues él ha tenido el acceso a la educación y a las comodidades negadas a su compinche. Esta presentación pone de manifiesto sus diferencias sociales y educativas y su situación actual. El primero fue expulsado de su casa y vive a la intemperie mientras que el segundo estudia Derecho y es hijo de un reputado abogado, a quien culpa de romper sus ilusiones. El comportamiento del "señorito" nace de la decepción que lo domina desde que descubrió la doble vida de su padre, la aceptada cara la galería y la clandestina que la sociedad tolera de puertas adentro. Esta ambigüedad, para él falsedad, genera su rechazo al mundo de sus progenitores, así como su negativa a parecerse a aquel a quien tiempo atrás admiraba. Por lo tanto, más que de un nihilista, se trata de alguien despechado e incapacitado para asumir que sus actos no nacen de las decisiones ajenas (en su caso las paternas), sino de las suyas propias y de la decepción de sentirse engañado. Su desengaño lo lleva a no creer en nada y su convencimiento de ser superior, moral e intelectualmente, al resto, le lleva a asumir una filosofía vital que contagia a sus compinches. Sin embargo, a partir de su encuentro con Isabel (Agnès Spaak), la hermana de Ramón, se comprende que se trata de un joven perdido en su transito del mundo infantil (idílico e inocente) al adulto (más ambiguo y complejo), por eso le susurra que fue una pena que su hermano no le hubiera hablado antes de ella, porque ella habría podido salvarlo. <<¿Salvado de quién?>>, le pregunta Isabel. <<No lo sé, quizá de mí mismo>>. La atención del film se centra en estos tres muchachos, define su vida diaria, pero sobre todo sus rasgos personales y el desencanto que les lleva hacia la senda de no retorno por donde el señorito asume el rol de líder. Él aporta las ideas que sus compañeros acatan sin plantearse el por qué lo hacen, quizá porque su presente no les ofrece más perspectiva que la miseria en la que vive el "cachas" o la confusión que domina en Ramón. El caso de Vidal es diferente. Sus motivos son exclusivamente psicológicos, a su relación paterna habría que sumarle su necesidad de desafiar al sistema representado por su entorno, el mismo entorno que aceptaba antes de descubrir la relación que su padre mantiene con Asunción (María Asquerino). Avanzados los minutos, inician su andadura criminal, primero consiguiendo una pistola, que roban después de agredir a un sereno. Con ella asaltan una farmacia para luego elevar el grado de complejidad de sus delitos en el cine donde se produce la primera de las muertes de las que son culpables. Uno de los momentos más duros de Los atracadores se produce cuando la hermana de Ramón, enamorada de Vidal, regresa a casa malherida y, en su delirio, narra que fue un desconocido el que provocó su estado, después de que ella acudiera a la casa de un mago que, tras su fachada, se dedica a drogar a muchachas para satisfacer la demanda de quienes le pagan. Esta escena y la siguiente muestran una sociedad marcada por la doble moralidad, ya que se descubre que un individuo ha pagado al mago para que le consiga una chica que piensa forzar en estado semiinconsciente. Al brujo solo le importa el dinero y al desconocido el placer carnal que le permitirá continuar en el anonimato para que así su vida mantenga la respetabilidad dentro de una sociedad también respetable. Los tres amigos son conscientes de que nadie tomará medidas, así que asumen vengarse. La escena que sigue resulta en extremo violenta, fuera de encuadre Vidal y el "chachas", ante el rostro aterrorizado de "chico" Ramón, apalean al embaucador y a su mujer hasta matarlos. El último paso se ha dado, ya no queda más que esa certeza no nombrada de que su fin se acerca, cumpliéndose de ese modo las tres etapas en las que se divide la acción expuesta por Rovira-Beleta: inquietud, violencia y muerte.

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