miércoles, 23 de septiembre de 2015

Cecil B.DeMille. Pionero del cine espectáculo

Nacido en 1881, Cecil Blount de Mille debutó como actor teatral en 1905, pero su futuro se encontraba lejos de los teatros de Nueva York, en una pequeña población californiana que no tardaría en darse a conocer al mundo gracias a pioneros cinematográficos como él. DeMille abandonó la escena en 1913, cuando William Churchill de Mille, director escénico en Broadway, rechazó la propuesta de Jesse L.Lasky y Samuel Goldwyn para dirigir The Squaw Man (1913), de la que DeMille realizaría otras dos versiones, una en 1918 y la otra en 1931. Como consecuencia de la negativa de su hermano mayor, DeMille asumió el encargo y partió hacia la costa oeste donde la pareja de productores había adquirió un granero, que sirvió de plató para la filmación de una película que casi cuesta la carrera de sus responsables; por fortuna para los involucrados, el film pudo salvarse y fue estrenado con gran éxito. Asentado dentro de la compañía de LaskyDeMille realizó La marca del fuego (The Cheat,1915), un drama de intriga en el que dotó a los personajes de una profundidad emocional poco frecuente por aquel entonces. Pero en el cine de DeMille prima el espectáculo sobre la reflexión, de ahí que muchos de sus personajes queden poco o nada definidos, supeditados al entretenimiento y a la tensión romántica que surge entre los hombres y mujeres que pueblan una filmografía que ronda los ochenta títulos, la mayoría de ellos rodados durante el periodo silente. Dynamite (1929) fue la primera de sus diecinueve producciones sonoras, que se abren al espectador mediante una introducción que ubica cada trama dentro de marcos temporales que abarcan desde la Edad Antigua, en títulos como Sansón y Dalila (Sanson and Delilah, 1949), Los diez mandamientos (The Ten Commandments; 1956), Cleopatra, (1933) y El signo de la cruz (The Sign of the Cross, 1932), hasta la época de los pioneros estadounidenses en westerns como Buffalo Bill (The Plaisman, 1936), Unión Pacífico (Union Pacific; 1939) y Los inconquistables (Unconquered, 1947), pasando por el medievo de Las cruzadas (The crusades; 1935). A pesar de que en la actualidad muchas de aquellas películas caen en lo ridículo y resultan demasiado teatrales, es innegable la capacidad de DeMille a la hora de conectar con los gustos del espectador del momento, habilidad que le deparó éxito y lo convirtió en un pilar de la Paramount Pictures. En el seno de la major fundada por Adolph Zukor y Jesse Lasky realizó la práctica totalidad de su obra, y su importancia dentro de la misma quedó recogida en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard; Billy Wilder, 1950), en la que se interpretó a sí mismo. A pesar de tratarse de una ficción, la película de Wilder muestra una realidad oculta del cine, la misma que Gloria Swanson, la actriz protagonista, experimentó en su propia persona con la entrada del sonoro. Esta actriz había alcanzado la fama al protagonizar seis películas dirigidas por DeMille, entre ellas A los hombres (Don't Change Your Husband, 1919) y Macho y hembra (Male and Female, 1919), títulos a día de hoy menos conocidos que Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1923), que encontró su inspiración en Intolerancia (IntoleranceDavid Wark Griffith, 1916), y Rey de reyes (King of Kings, 1927), superproducciones que delatan el gusto del cineasta por ubicar las tramas en tiempos pasados, cuestión que se reafirma en sus aportaciones sonoras, de las cuales solo El melodrama Dynamite, la comedia musical Madam Satan (1930), el drama bélico Por el valle de las sombras (The Story of Dr.Wessel, 1944) y el drama circense El mayor espectáculo del mundo (The Greatest Show on Earth, 1952) se desarrollan en un espacio contemporáneo.
 Uno de los temas recurrentes en DeMille lo encontramos en los triángulos amorosos, una constante que alcanza sus máximos exponentes en Policía Montada del Canadá (North West Mounted Police, 1940), Unión PacíficoPiratas del mar Caribe (Reap the Wild Wind,1942). También se observa en algunas de su películas su gusto por filmar escenas eróticas, las más famosas serían la orgía de El signo de la cruz (The Sign of the Cross, 1932) o el baño de la reina egipcia en Cleopatra (1933), que superaron la censura gracias a la sugerencia, al sobreentendido o a la condena moral de las mismas por parte de su autor. Otra característica común a sus producciones sonoras reside en la ya nombrada presencia de un narrador (su voz en la versión original) que introduce los hechos empleando una perspectiva partidista y ajena a la rigurosidad histórica. Pero al cineasta poco le interesaba la veracidad y sí la las imágenes sobrecargadas en las que la tensión sentimental o la aventura, carente de épica, cobran protagonismo, de ahí sus numerosas incursiones en comedias, melodramas, aventuras o westerns, por lo que sorprende que haya pasado a la historia por sus producciones bíblicas, cuando solo suman un total de cuatro dentro de una extensa filmografía que se cerró en 1956 con la versión en technicolor de Los diez mandamientos.

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