sábado, 1 de junio de 2024

Invictus (2009)


En 1990, tras veintisiete años encarcelado en la prisión de Robben Island, Nelson Mandela fue puesto en libertad. Cuatro años después, en las elecciones democráticas celebradas en 1994, en la que la mayoría negra pudo votar, Mandela fue elegido presidente de Sudáfrica. Algo estaba cambiado, y algo ya lo había hecho, puesto que nunca con anterioridad se le había permitido a la comunidad negra la posibilidad de igualarse con la blanca. Su voto valía igual que los de quienes habían sido sus opresores y, gracias a esas elecciones libres, el segundo paso hacia un país sin Apartheid se había dado. Entonces, con Mandela guiando los siguientes pasos, los sudafricanos (sin distinción de etnia ni de sexo) tenían que seguir caminando hacia esa unidad que, por entonces y tal vez también después y ahora, solo lo fuese y sea en la teoría. ¿Y en la práctica? Construir de cero es complicado, pero más difícil resulta edificar sobre un pasado de dolor, de abusos, de injusticia. Este es el punto de partida para Clint Eastwood en Invictus (2009), en la que concede suma importancia al mundial de rugby, a la selección sudafricana, para suturar heridas abiertas y sanar cicatrices. Ese mundial celebrado en Sudáfrica es, según Eastwood, el guionista Anthony Peckham y John Carlin, el autor del libro que inspira el guion de Invictus, fundamental para alcanzar la unión entre blancos y negros. Pero lo recuerdo que en sus memorias, Mandela dedicase algún párrafo a dicho evento deportivo, ni que viera la posibilidad de sanar su país mediante una competición, la cual no deja de ser un hecho puntual y breve en el tiempo. El caminar hacia una Sudáfrica más justa, más igualitaria, más libre, resultaba algo más complejo que el acercamiento vía la victoria de una camiseta verde y dorada que inicialmente es símbolo de opresión y, avanzado el metraje, de comunión. <<El pasado es el pasado. Hay que mirar al futuro>>, expresa el Mandela interpretado por Morgan Freeman. Sus dos frases son una afirmación categórica y una indicación que él tiene siempre en mente: la construcción de un porvenir en el que las distancias pretéritas, los abusos de unos y el deseo de venganza de otros queden en ese pasado de segregación. En palabras del propio Mandela, las que dejó escritas en El largo camino hacia la libertad, <<cuando salí de la cárcel esa era mi intención: liberar tanto al oprimido como al opresor. Hay quien dice que ese objetivo ya ha sido alcanzado, pero sé que no es así. La verdad es que aún no somos libres; solo hemos logrado la libertad de ser libres, el derecho a no ser oprimidos. No hemos dado el último paso, sino el primero de un camino aún más largo y difícil. Ser libre no es simplemente desprenderse de las cadenas, sino vivir de un modo que respete y aumente la libertad de los demás. La verdadera prueba de nuestra devoción por la libertad no ha hecho más que empezar…>> (1)

<<Amigos, camaradas y simpatizantes de Sudáfrica. ¡Os saludo en nombre de la paz, la democracia y la libertad para todos! Me presento ante vosotros, no como un profeta, sino como vuestro humilde servidor, como un servidor del pueblo. Vuestro incansable y heroico sacrificio ha hecho posible que hoy me encuentre aquí. Por ello, pongo en vuestras manos los días de vida que puedan quedarme>> (2) Son palabras pronunciadas y escuchadas en Sudáfrica, el 11 de febrero de 1990, día de la liberación de Nelson Mándela, miembro del Congreso Nacional Africano y líder negro encarcelado por su oposición al régimen segregacionista y a su conocida política del apartheid. Son parte del discurso del propio Mándela, el que leyó la jornada que le abría las puertas a una nueva etapa en su lucha, y la de millones de anónimos, por la libertad y la igualdad iniciada tantas décadas atrás. Las imágenes saltan en el tiempo, a otro día, cuando el mismo personaje es investido en su cargo presidencial. <<El día de la investidura me sentí abrumado por la sensación de que nos encontrábamos en un momento histórico.>> (3) Y así era. Aquella jornada significaría para Sudáfrica un antes y un después. Se iniciaba el proceso de cura. <<La política del apartheid creó una herida profunda y duradera en mi país y mi gente. Todos nosotros necesitaremos muchos años, o generaciones, para recuperarnos de ese profundo dolor.>> (4) El segundo paso hacia la recuperación de la que habla Mandela en sus memorias se da cuando las urnas le eligen presidente. Pero aún quedaba un largo camino que recorrer e interrogantes por responder, tal que si ese hombre sería capaz de ayudar a su pueblo a curar las heridas y a acortar la gran distancia emocional que existía. Lideraba una nación dividida, donde la minoría blanca había dominado, sometido, apartado y abusado de la mayoría negra que en ese instante de victoria celebra el fin del dominio blanco; al menos así parece aventurarlo la llegada al poder de Mandela, cuya lucha contra la desigualdad ha condicionado su vida. Para vencer, el nuevo presidente sabe que ha de poner punto y final al pasado, acortar la distancia y abrir la vía hacia la unidad nacional que Clint Eastwood expone en Invictus. De ahí que, en la película, la primera decisión del nuevo presidente, al llegar al palacio presidencial, sea la de reunir al antiguo equipo de trabajadores, hombres y mujeres blancas, para ofrecerles la posibilidad de continuar en sus puestos laborales. Esos primeros minutos expuestos por Eastwood, con una narrativa ágil y amena, sirven para esbozar la situación y las intenciones de acercamiento, de reconciliación y de unidad nacional, las cuales se verán cumplidas a través del deporte, o al menos ese será el medio escogido por Eastwood para exponer un momento crucial en la historia sudafricana. Como estadounidense y, sobre todo, hollywoodiense, Eastwood se decanta por la figura heroica y por el espectáculo que en Invictus le posibilita la competición deportiva; el rugby le ofrece una vía perfecta para crearlo. Así asume que dos héroes, Mándela (Morgan Freeman) y François Pienaar (Matt Damon), dos tonos de piel, uno oscuro y otro claro, dos edades, el pasado y la posibilidad de futuro, coinciden en un mismo presente en el que las distancias se perciben con total claridad; por ejemplo, en la desconfianza inicial entre los agentes encargados de la seguridad presidencial. Pero también será dentro de ese mismo colectivo donde se inicien y se observen los primeros resultados de la unidad perseguida por Mandela, y la que Eastwood confirma en el terreno de juego, cuando la selección sudafricana de rugby, contra todo pronóstico, alcanza lo más alto en la competición mundial y desata la alegría nacional, la que da cabida a todos, sin distinción de color de piel, de sexo, de ideología, de credo religioso…

(1) (2) (3) (4) Nelson Mandela: El largo camino hacia la liberatad (traducción de Antonio Resines y Herminia Bevia). DeBolsillo, Barcelona, 2016.

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