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La vida manda (1944)


Avanzado el metraje de
La vida manda (This Happy Breed, 1944), cuando las diferencias entre padre (Robert Newton) e hijo (John Blythe) parecen insalvables, el primero le dice al segundo algo así como que las injusticias sociales no se encuentran en los sistemas ni en los gobiernos, como cree el hijo, que en ese instante coquetea con el movimiento proletario al que le ha arrastrado su amigo Sam (Guy Verney), sino en la propia naturaleza humana. Suena a tópico, pero no por ello la idea del padre carece de acierto, solo que la asume sin buscarle mayor sentido, consciente de no poder hacer nada para cambiarla. Omite que quizá dicha naturaleza sea fruto de los distintos procesos históricos que le han dado forma y, a la vez que se heredan, continúan desarrollándose como parte de la vida que él acepta fiel a sus valores, a su ritmo inglés y a su tradicional interpretación de las cosas. Comprende que las ideas de Sam y de su hijo obedecen a su juventud y, con el paso de los años, ambos acabarán asumiendo una postura conservadora. Este hombre, a quien al inicio de la película se descubre de regreso de la Gran Guerra, es Frank Gibbons, uno de los protagonistas del primer film que David Lean rodó en solitario, también el primero filmado en (techni)color, de cierta tonalidad pastel, aunque en Lean nada resulta pastel. Asociado con Noël Coward, de quien adaptaba la obra teatral, el cineasta realizó un recorrido cinematográfico por la Inglaterra de entreguerras, desde 1919 hasta 1939, sin apenas abandonar la casa familiar donde la cámara se cuela después del plano general del barrio londinense de clase media donde se ubica la construcción, que apenas se diferencia de las otras. Son dos décadas que muestran a la familia Gibbons en su cotidianidad, viviendo sus pequeñas historias, ajenas a los hechos históricos que permanecen fuera de campo, o que el realizador introduce en pequeños detalles que parecen no alterar el orden de las cosas; y sin embargo, sí lo hacen. Así, entre el desfile de la victoria de los aliados, las huelgas obreras, las modas de los locos veinte, el auge de los totalitarismos, la muerte del monarca británico, la subida al trono del siguiente y la amenaza de una segunda guerra mundial, La vida manda apuesta por la intimidad familiar, por un hogar donde se reúnen vidas, emociones, sentimientos,... y la mezcla de comedia y drama, de momentos satisfactorios y otros dolorosos o contradictorios, que no caen en el exceso ni en el mal gusto. Todos esos instantes se equilibran con elegancia para dar forma al devenir del núcleo que vive sus victorias y derrotas mientras la vida pasa sin apenas hacer ruido. En el momento del rodaje de La vida manda Inglaterra todavía combatía en la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, Lean no vio necesario hacer un alarde de patriotismo ni de señalar la villanía del enemigo, aunque se apunten el auge de Hitler y del fascismo en el titular de un periódico y en un discurso callejero, respectivamente. Lejos de la propaganda bélica en el que se inscribe su anterior trabajo, Sangre, sudor y lágrimas (In Wich We Serve, 1942), realizado junto a CowardLa vida manda se abre a la gente corriente y a sus relaciones, a la tradición y al progreso, al enfrentamiento generacional que, en la realidad, se agudizaría tras el conflicto armado y que en el film se representa en una aparente distancia entre padres e hijos. No obstante, en la película, estas distancias se acortan, pues, los unos y los otros, no difieren tanto como pueda parecer a primera vista. Lo dicho se comprueba en el acercamiento de los jóvenes a las costumbres y a la tradición paterna/materna que acabarán asumiendo y haciendo suya: los primeros, Vi (Eileen Erskine) y Sam, cuando se casan -momento que pone fin a las ideas revolucionarias del muchacho-. Como consecuencia de esta cercanía generacional, aunque todo cambie, nada lo hace; los años sustituyen a otros, pero dentro del hogar existe un orden apenas inalterable, salvo por la huida de Queenie (Kay Walsh), que aspira a una vida diferente. Algunos seres queridos mueren: el hijo y su mujer en un accidente que no vemos, como tampoco vemos a Vi informando a sus padres del trágico suceso fuera de campo (en una de las escenas más alabadas y recordadas del film), o de la abuela, que no los dejó, sencillamente murió (como recalca Frank a tía Sylvia); otros como Queenie se alejan del hogar en busca de su propia existencia, aunque en su intento hiera a Ethel (Cecila Johnson), la madre que se pregunta qué ha hecho mal para que su hija no sea una buena chica que, como Vi, abrace los valores que ha intentado transmitirle como parte de la vida (tal como ella la comprende).

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