jueves, 1 de septiembre de 2011

Matar a un ruiseñor (1962)

Matar a un ruiseñor sería algo así como matar la inocencia de aquellos seres que alegran la existencia de quienes tienen la fortuna de poder disfrutar de su presencia, de su canto, de su alegría. Scout (Mary Badham) recuerda aquellos tiempos lejanos en los que vivía en un pequeño y, aparentemente, apacible pueblo del sur de los Estados Unidos, un lugar en el que nunca pasaba nada, salvo el lento transcurrir del tiempo y de unos habitantes que solo poseían aquello que extraían de la tierra. Martar a un ruiseñor (To kill a mockingbird) se inicia como un relato infantil de una época pasada, en la cual la inocencia es la constante de dos hermanos que consumen su tiempo entre juegos y fantasías, estas últimas relacionadas con Boo Radley (Robert Duvall), un vecino a quien imaginan como a un monstruo porque nunca se muestra, circunstancia que las malas lenguas han magnificado. Pero todo su universo de imaginación y aventura, creado desde el patio de la casa donde viven y juegan, se viene abajo cuando a Atticus (Gregory Peck), el padre que se desdobla en sus funciones, se le encarga la defensa de Tom Robinson (Brock Peters), un hombre de color acusado de la violación de una chica blanca. A partir de este momento, tanto Scout como su hermano Jerm (Phillip Alford) irán descubriendo el significado, hasta entonces incomprensible, de la palabra racismo. El pueblo desea justicia, no una justa sino la que ellos anhelan para aplacar su odio y continuar alimentando su ignorancia. Consideran culpable a ese tal Robinson, no por las pruebas que existen en su contra, sino por el color de su piel, una diferencia natural que parece sentenciarlo antes de que se celebre la vista. Entre el jurado solo se observan rostros de hombres blancos, circunstancia nada favorable para el acusado, del mismo modo que los testigos mienten para ocultar la vergüenza que les produce la verdad. Atticus conoce esta situación e intenta luchar contra ella, pero la tradición de pobreza e ignorancia vence en un lugar plagado de seres que no comprenden más allá de sus prejuicios heredados, que no se plantean. Scout y su hermano observan los hechos desde una posición privilegiada, ven como los supuestamente individuos honrados amenazan a su padre por el mero hecho de que su defendido es un afroamericano, y la verdadera víctima del odio, la vergüenza y la ignorancia. Robinson es inocente, todos los presentes en la sala del tribunal tendrían que saberlo, sólo aquellos que padeciesen de una ceguera mental continuarían sospechando que el acusado es culpable; no obstante hay que descargar la ira de los justos, quienes no hayan otra solución que el linchamiento, y para que éste se produzca deben asaltar la cárcel que custodia el abogado. Sin duda, esta escena es uno de los momentos más delicados de Matar a un ruiseñor, y uno de los que se quedará grabado en la memoria de Scout, un momento en el que los niños deciden intervenir y mostrar una delicadeza, comprensión e inocencia olvidada por sus vecinos, que se dejan arrastrar por la ignorancia y el odio irracional. Todos los hechos que rodean al juicio de Tom se convierte para ellos en un despertador ante la maldad que habita en el interior de los hombres, individuos que anteriormente se habían mostrado amables. Robert Mulligan dirigió una película, basada en la novela homónima escrita por Harper Lee, que trata sobre la ignorancia que alimenta la violencia que se deriva de ese pensamiento irracional llamado racismo, una lacra que ahoga a Tom Robinson y que aparece de repente en las infantiles existencias de Scout y Jerm, resquebrajando su inocencia en mil pedazos al descubrir la violencia que habita en algunos de sus vecinos; aunque también encuentran la bondad y la sensibilidad en aquel que menos esperan, un ruiseñor como ellos, que vive en un mundo al que no tienen acceso los individuos capaces de matar la inocencia.

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