Habían pasado cinco años desde su anterior largometraje, La muñeca (Lalka, 1968), tiempo que Wojciech Jerzy Has dedicó a preparar un proyecto personal y muy querido, pues pretendía adaptar a Bruno Schultz, un escritor cuyos cuentos habían formado parte de sus lecturas de juventud y que influyeron en su cine, haciendo que también él hiciese de sus películas un mundo único y aislado, de atmósferas enrarecidas, atrayentes y sugestivas. A pesar de ser una obra desbordante, de riqueza visual incontestable, El sanatorio de la clepsidra (Sanatorium pod Klepsydra, 1973) tuvo una mala acogida entre las autoridades polacas, que decidieron prohibirla. Aún así, Has se las arregló para engañar a los buenos censores estatales y enviarla al festival de Cannes, donde su espléndida, onírica y alucinada fantasía fue premiada con el Premio del Jurado. Claro que su osadía tendría consecuencias, y Has no volvería a dirigir hasta la década siguiente, cuando estrenó Una historia aburrida (Nieciekawa historia, 1982), adaptación de la obra de Anton Chéjov, en la que su protagonista se descubre atrapado en la su amararan e inmutable cotidianidad.
Al inicio de El sanatorio de la clepsidra, Jósez (Jan Nowicki), su protagonista, viaja en un “tren” en el que ya se intuye que se trata de otro de los personajes de Has que se encuentran atrapados en espacios que non pueden abandonar, porque no son solo geográficos, sino también temporales; incluso diría que metafísicos, si supusiera realmente qué es la metafísica (allende la física), más allá de la paja mental que ni se explica ni puede demostrarse, solo volver sobre las divagaciones y cuestiones que siempre van a parar al mismo lugar: las preguntas sin respuesta y así hasta entrar en una espiral, ya sin principio ni final, donde las leyes físicas y lo que se llama sentido no tienen cabida; allí donde la vida y la muerte forman parte de un sueño, tal vez. No, los mejores espacios de Has no son realidades físicas, son oníricos, misteriosos y atemporales que atrapan en la fantasía, en la pesadilla o en la cotidianidad… Este último “espacio” sería el del protagonista de Nudo corredizo (Petla, 1957), pasando por el surrealismo que conduce a dónde, que se lo pregunten al personaje central de El manuscrito encontrado en Zaragoza (Rekopois znaleziony w Saragossie, 1965). Son espacios que también atrapan al espectador, gracias al uso que de ellos hace el cineasta, capaz de transmitir con su cámara y su planificación un efecto alucinado único…
Magistral locura, El sanatorio de la clepsidra es un ejemplo de jugar con el tiempo, de ahí la clepsidra del título (reloj de agua y símbolo en obituarios, de un tiempo de búsqueda eterna), y los espacios, igual que lo es la más famosa El manuscrito encontrado en Zaragoza, que confirmaba al cineasta polaco, que había debutado en la posguerra —con el cortometraje Ulica Brzozowa (1947)—, entre lo más destacado de los nuevos cines europeos, aunque, su postura y su elección de mantenerse al margen, lo hacía menos accesible a un público mayoritario, pues, al contrario que Jerzy Kawalerowicz o Andrzej Wajda, o que los cineastas-divos de la Nouvelle Vague, o Milos Forman en Checoslovaquia, de Has sí puede decirse que fue realmente un tipo que creo en su “ciudadela”, de dentro afuera, ajeno a lo mundanal, a lo comercial y a lo estatal, un tipo de creador que, como Sergei Parajanov, decide aislarse del “mundanal ruido” para llevar a cabo su obra, tal vez por ello sus personajes asomen atrapados en soledades, en sus pensamientos y en mundos reales e imaginarios, que en Has son solo uno…
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