domingo, 8 de septiembre de 2013

El club de los poetas muertos (1989)


La historia de El club de los poetas muertos (Dead Poets Society) parte de la propia experiencia del guionista Tom Schulman, que escribió el guión cuatro años antes de que éste fuese llevado a la pantalla por el australiano Peter Weir, quien posicionó su discurso a favor de la creatividad como medio de realización personal, dejando a un lado la tradición, el honor, la disciplina y la grandeza que forman los cuatro pilares sobre los que se sustenta la institución Welton, un colegio para niños y adolescentes donde el orden prevalece sobre la importancia de un pensamiento propio. No tarda en descubrirse que entre sus muros no se forman mentes, se las adoctrina para alcanzar un puesto dentro de la élite social, impidiendo de ese modo que se produzca el desarrollo personal de los jóvenes estudiantes que habitan en la institución guardiana del pragmatismo y de la dogmática tradición que les somete. Como muchas otras películas de Peter Weir se descubre en El club de los poetas muertos una invitación para profundizar más allá de las imágenes que presenta, en este caso la figura de Keating (Robin Williams), el profesor que irrumpe en ese entorno anclado en costumbres alienantes y opresivas, sirve como detonante para que se produzca dicha reflexión (tanto para los alumnos como para el espectador). La metodología empleada por Keating choca de pleno con lo estipulado por el sistema, aunque su intención no considera el enfrentamiento con el medio, solo pretende animar al alumnado a disfrutar, observar y comprender la realidad que les rodea, convirtiéndoles en librepensadores y protagonistas de ese momento que se sabe efímero. Para los jóvenes estudiantes de Welton la irrupción del nuevo profesor de literatura, y su filosofía existencial del "carpe diem", resulta un soplo de aire fresco, de vitalidad y de la posibilidad de llevar a cabo aquellos anhelos que se han visto obligados a ocultar o incluso olvidar, como consecuencia de la férrea educación que se les impone tanto dentro como fuera de la institución. A raíz del contacto con el docente, los muchachos se autoafirman, comprendiendo y aceptando que su camino debe ser aquél que, desde el conocimiento y la creatividad, les permita encontrarse y realizarse, y no aquél impuesto de antemano por sus profesores o por unos padres que no les permiten elegir simplemente porque han decidido por ellos. De ese modo, los estudiantes empiezan a disfrutar con su nuevo modo de conocer, el cual les libera de las cadenas que hasta ese instante les han alejado de su verdadera esencia, como sucede con Neil (Robert Sean Leonard), condicionado por un padre autoritario (Kurtwood Smith), incapaz de comprender que su hijo es un ser autónomo, con necesidad de pensar o de elegir por sí mismo. Sin embargo la conducta del padre rechaza dichas necesidades, obligando a su hijo a asumir como suyas las decisiones que él mismo ha tomado, y que esconden su propia frustración existencial. En este punto, al igual que sucede en otros momentos del film, la filosofía de Keating choca con la de los adultos, pues anima a sus alumnos (nunca desde el enfrentamiento generacional o institucional) a perseguir sus propios sueños, a vivir la vida saboreando cada instante, porque cualquiera puede ser fuente de aventura o experiencias que les enriquezcan como individuos. De ese modo, los chicos aceptan el reto, y rompen las cadenas que hasta entonces han coartado su creatividad, alcanzando la libertad que les anima a superarse y a sentir que la vida merece la pena ser vivida, convertidos en los verdaderos protagonistas de su educación. Así ganan confianza en sí mismos, algo que Knox (Josh Charles) aprovecha para enfrentarse a los miedos surgidos ante el nacimiento del primer amor, lanzándose a una conquista anteriormente impensable. Lo mismo se puede decir de Todd Anderson (Ethan Hawke), que logra superar su falta de confianza y de autoestima, generadas por las constantes comparaciones con su hermano mayor. Este personaje resulta el más tímido de los muchachos, su sensibilidad queda patente en sus silencios, en su poesía o en la inventiva que Keating logra extraerle bajo presión. Pero la tentativa del maestro se ve frenada por la filosofía de los guardianes de la sociedad de Welton, quienes, a la fuerza, intentan inculcar en sus miembros los mal entendidos pilares fundamentales del colegio, aquéllos que nunca podrían satisfacer las inquietudes de las mentes libres en las que se convierten algunos de los muchachos que al final del film han hecho suyo su aprendizaje.

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