miércoles, 4 de septiembre de 2013

Cine negro estadounidense, inicios

El cine negro estadounidense surge como género cinematográfico a principios de 1940 como consecuencia evolutiva del cine gansteril, del penitenciario y del de denuncia social de la década anterior, que a su vez encuentran su raíz antropológica en el pesimismo que trajo consigo el crack financiero de 1929 (y su posterior depresión económica) y su inspiración en los titulares de los periódicos, en piezas teatrales y en la novela. El malestar social vino generado por las numerosas pérdidas de empleos, de hogares y de ilusiones, ni siquiera las reformas emprendidas por Franklin Delano Roosevelt y su New Deal eran capaces de frenar la depresión que marcaba la realidad de Estados Unidos en la década de 1930. Como consecuencia, a principios de 1940, el pesimismo todavía era una realidad, que se agudizó con la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. De ese modo, el sueño americano se fue perdiendo entre la recuperación económica y el tiempo de guerra y, entre otras cuestiones, los escritores y los cineastas encontraron en el género negro un espacio donde poder expresar el malestar que observaban en la realidad del momento. Así pues, los antecedentes de las producciones cinematográficas del género se pueden encontrar en escritores como James M.Cain, Raymond Chandler o Dashiell Hammett y en películas como El hombre sin piernas (Wallace Worsley, 1920), en el que ya se esboza la figura de un criminal de los bajos fondos. Pero, para hablar del nacimiento del cine gansteril, habría que esperar hasta La ley del hampa (Josef von Stenberg, 1927) y La horda (Lewis Milestone, 1928), en las que los criminales son gángsters que anuncian a los que se verían en las pantallas durante los años siguientes. Por otro lado cabe destacar al expresionismo alemán como fuente de inspiración para el empleo de las luces y sombras que dominan en el género negro, artificio que enfatiza el pesimismo que se esconde en sus imágenes. Otra influencia del film noir se encuentra más cercana en el tiempo, en el realismo poético francés de la década de 1930, en películas como Pépé le Moko (Julien Duvivier, 1936) o El muelle de las brumas (Marcel Carné, 1938), donde la imposibilidad, el pesimismo, los espacios acotados y la nocturnidad juegan papeles vitales que serían heredados por el cine negro estadounidense de los cuarenta. Así pues, una de las características de este género americano sería la nocturnidad reinante, símbolo de la imposibilidad que rodea a sus protagonistas, inmersos en un ambiente de claroscuros que se convirtió en una tónica general dentro de esta corriente cinematográfica. De nuevo en los albores de la década de 1930, se observa un masivo acercamiento a la figura del gángster como protagonista absoluto en títulos míticos de la calidad de Las calles de la ciudad (Rouben Mamoulian, 1931), Hampa dorada (Mervyn LeRoy,1931), El enemigo público (William A.Wellman, 1931) o Scarface (Howard Hawks, 1932). En ellas se presentaba el mundo del hampa y la figura de delincuentes surgidos como consecuencia de la falta de oportunidades laborales o de la implantación de la ley seca, que propició un lucrativo negocio para aquéllos que estuvieron dispuestos a posicionarse al margen de la ley empleando la violencia. Sin lugar a dudas fue en el seno de la Warner Bros. donde más se desarrolló este tipo de cine criminal, contando entre sus filas con actores que se convirtieron en iconos del género. Paul Muni, James Cagney, Edward G.Robinson, George Raft o Humphrey Bogart, hicieron las veces de tipos duros que no dudaban en utilizar la fuerza para conseguir aquéllo que perseguían, pero muchos no lograban más que un balazo o acabar en presidio, de ahí que también existiese un tipo de cine que seguía a la figura del maleante en el interior de los correccionales; entre estas películas destacan producciones como El presidio (George Hill, 1930), El código criminal (Howard Hawks, 1931), Soy un fugitivo (Mervyn LeRoy, 1932) o Veinte mil años en Sing Sing (Michael Curtiz, 1933). Por aquél entonces, los personajes femeninos carecían de la importancia que sí tendrían años después, pero ya en este decenio empezó a esbozarse la figura de la mujer fatal, que encuentra en El Ángel Azul (Josef von Sternberg, 1930) y en Cautivo del deseo (John Cromwell, 1934) a dos claros antecedentes de la femme fatale de los cuarenta, aquellas que se descubren en Perdición (Billy Wilder, 1944) o Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947), mujeres que no presentan ningún tipo de escrúpulos a la hora de alcanzar sus fines, empleando para ello armas infalibles como su belleza y su erotismo. Entre los ejemplos más claros del cine gansteril, además de los anteriormente citados, se encuentran producciones fundamentales como Los violentos años veinte (Raoul Walsh, 1939) o Ángeles con caras sucias (Michael Curtiz, 1938), aunque en estas la figura del gángster poco o nada tiene que ver con el mostrado durante los primeros años, pues el cine negro de la década de 1930 iba a dejar paso a otro tipo de negrura. Sumándose a la larga lista de títulos memorables habría que citar varios del subgénero de denuncia social, que alcanza sus mayores cotas con la llegada de Fritz Lang a Estados Unidos, siendo sus dos primeros trabajos en América Furia y Solo se vive una vez, dos obras maestras que exponen injusticias similares a la también magistral Soy un fugitivo (Mervyn LeRoy, 1932). Pero los tiempos cambian, y la figura del gángster también, sobre todo a partir de un film puente entre el cine anterior y el que dominaría en los cuarenta. El último refugio (Raoul Walsh, 1940) puede considerarse como el primer film noir propiamente dicho, interpretado por uno de los grandes iconos del género, el mítico Humphrey Bogart en su papel más relevante hasta entonces, Esta producción marca un punto y a parte, pues en ella ya se observa la presencia de la mujer fatal en toda su plenitud, además de descubrirse a un delincuente (perdedor) consciente de la imposibilidad que le rodea, la misma que solo le permite aspirar a sobrevivir un día más y no a conquistar el mundo, como pretendieron algunos de sus ilustres predecesores o años después el personaje interpretado por James Cagney en Al rojo vivo (White Heat, 1949), otra de las grandes aportaciones de Walsh al género.

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