jueves, 8 de septiembre de 2016

Yo acuso (1919)

La proliferación de noticiarios, documentales, películas bélicas, entre las que destacaron el melodrama propagandístico Corazones del mundo (Hearts of the Wolrd, David Wark Griffith, 1918) y la comedia antimilitarista Armas al hombro (Shoulder Arms, Charles Chaplin, 1918), que se produjo durante la Gran Guerra (1914-1918) tuvo como consecuencia inmediata para el cine el nacimiento de un nuevo género cinematográfico. El bélico como género había dado su primer paso, pero aún se encontraba en estado embrionario cuando la guerra concluyó dejando tras de sí millones de muertos y devastadores efectos en los supervivientes y en los paisajes de media Europa. Con aquel amargo panorama en mente, Abel Gance dio un paso más en la evolución genérica, ofreciendo su particular visión del enfrentamiento, en este magistral alegato antibelicista que reflexiona sobre el militarismo y el patriotismo exacerbado que condujeron al matadero a jóvenes y no tan jóvenes de las distintas nacionalidades que se vieron envueltas en la lucha. Si en las películas citadas de Griffith y de Chaplin el enemigo adquiere rostro en los soldados alemanes, en la de Gance no se buscan culpables en un uniforme determinado, como demuestra que en Yo acuso (J'accuse!) los soldados rivales apenas tengan presencia a lo largo de sus casi tres horas de metraje, dividido por el cineasta en tres partes. Para el realizador de Napoleón (1927) el verdadero enemigo se encuentra en la presencia misma de la guerra, en quienes la legitiman y legitiman la muerte de individuos anónimos a quienes se envía a campos de batalla que se convierten en cementerios espectrales en la parte final del film, cuando los caídos en combate se levantan de sus tumbas para comprobar que su sacrificio no ha sido en vano. A lo largo de la película la postura de Gance se reafirma, y con ella se reafirma la idea de que la guerra solo fue la inutilidad que acabó con la vida de más de un millón cuatrocientos mil soldados franceses, un alto precio del que alguien y todos fueron responsables. Por ello, su personaje central, Jean Diaz (Romuald Joubé), condicionado por cuando ha experimentado en el frente y en la retaguardia, acusa al sol que iluminó los campos de batalla, a quienes se enriquecieron con la guerra, a aquellos que disfrutaron de comodidades mientras otros sufrían o a cuantos fueron infieles a los sacrificados durante un conflicto que al inicio del film nadie se plantea, como tampoco nadie se plantea que la alegría reinante dé paso a la danza macabra que se desata avanzado el drama. Tras las presentaciones de los personajes principales, la primera secuencia de Yo acuso muestra un pueblo de la Provenza donde la alegría, luz y armonía, forma parte de la cotidianidad de los vecinos, que bailan y cantan, salvo los protagonistas, a quienes se concede atributos que se desenvolverán a lo largo de los minutos: brutalidad, lirismo, imposibilidad, patriotismo desmedido, nacido de la derrota en la guerra franco-prusiana, inocencia o desesperación. La brutalidad de François Laurin (Séverin-Mars) se hace patente en su introducción, cuando las imágenes lo igualan a su perro de caza. Es beligerante, posesivo y celoso, características que le impiden comunicar su amor a Edith (Marise Dauvray), quien desesperada por una vida marital que la tortura continua amando a Jean, el poeta melancólico, generoso y soñador. Para este personaje, el sol, su amor imposible o su madre son las musas de su pensamiento, el cual, en un primer momento, no se encuentra amenazado por la rueda de la muerte que se inserta en varios momentos del film y que empieza a girar cuando un niño irrumpe en la alegría de la villa para anunciar que la guerra ha empezado. En ese instante sus amigos le responden <<¿qué es la guerra?>> <<No lo sé>>, dice uno. En realidad ni pequeños ni mayores lo saben, aunque estos últimos se echan a las calles para celebrar que Francia ha entrado en guerra. Los festejos que se desatan ante la posibilidad de cicatrizar heridas pasadas dan paso al sacrificio de los hombres enviados al frente y de los civiles que, como Edith, aguardan en la retaguardia. En la primera parte del film se produce el alistamiento de François, que debe abandonar la aldea un mes antes de que Jean se incorpore a filas, circunstancia que agudiza la obsesión de que su mujer se entregara al escritor. Pero la joven es una de las primeras víctimas de la contienda y, atrapada entre las sombras, desaparece de la acción. La desaparición de la protagonista femenina tiene como consecuencia el alistamiento inmediato del poeta, ya que sin ella no tiene sentido permanecer en el pueblo. Su decisión lo acerca a Maria Lazare (Maxime Desjardins), el padre de la joven, un militar retirado que hasta entonces se había decantado por su yerno, en quien sí vería a alguien capaz de igualar sus actos heroicos en la guerra de 1870, cuando su país perdió su Alsacia y su Lorena. A partir de la llegada del poeta al frente, Gance combina los dos escenarios donde se desarrolla el film: el frente, allí coinciden Jean y François, y el pueblo, donde la madre del primero y el padre de Edith siguen la contienda a través de las cartas que les remiten desde las trincheras. A lo largo de este tercio de la película se descubre el campo de batalla desde una perspectiva más realista de lo que lo hará en el último, más fantasmagórico, simbólico y desgarrador (los soldados asumen que todo es inútil y que solo les aguarda la muerte). Entre las balas y los obuses, Jean descubre aspectos de François que desconocía y este, a su vez, comprueba el valor y la generosidad de su rival (realiza una peligrosa misión en su lugar). Así, el rechazo se transforma en la amistad que los convierte en inseparables, una amistad que les permite hablar de Edith, motor de sus actos y de sus vidas. El tiempo transcurre, cuatro años en las trincheras que llevan a la segunda parte del film, pero también cuatro años que minan el equilibrio emocional del poeta, que, afectado por el cansancio de guerra, se licencia y regresa al hogar. Allí ve morir a su madre, pero también descubre que la mujer a quien ama ha regresado, aunque acompañada de una niña (Angèle Guys), fruto de la violación que ella narra mediante el flashback que muestra a dos sombras avanzando hacia ella. El fruto de su ultraje provoca que Maria-Lazare, incapaz de ver más allá de una mancha en su honra, abandone el pueblo dejando a su hija desamparada, de modo que Jean asume el cuidado de ambas hasta que François regresa de permiso, un regreso que implica un nuevo alejamiento entre los dos amigos, el estallido de violencia del cazador (cuando descubre a la niña) y el definitivo acercamiento entre ellos, cuando el poeta, ante la desesperación de su compañero, se ofrece voluntario para regresar con él a las trincheras que en la tercera parte del film ya nada tienen que ver con aquellas mostradas al inicio.

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