martes, 20 de septiembre de 2016

Los amantes crucificados (1954)

La pérdida de más de la mitad de las películas realizadas por Kenji Mizoguchi, desde su debut en 1923 hasta poco antes de su fallecimiento en 1956, impide un mayor conocimiento de su evolución como cineasta, aunque los títulos que sí han llegado hasta nuestros días ofrecen una idea aproximada de su estilo poético, pausado y refinado, y de las temáticas que se repiten a lo largo de su obra cinematográfica. Una de las constantes que aparece con mayor frecuencia en sus largometrajes, la mujer en el Japón tradicional, encuentra parte de su explicación en un momento puntual de su infancia, cuando, ante una situación económica precaria, su padre vendió a su hermana Suzu a una casa de geishas. Este hecho, que Mizoguchi jamás olvidó ni perdonó, inspiraría su defensa de la mujer en la pantalla, aunque, en su cotidianidad, a menudo mostrase un carácter más acorde con la sociedad tradicional que retrató en muchas de sus películas que con el discurso humanista y progresista que habita en ellas. Escrita por Yoshikata Yoda, su guionista habitual desde Elegía de Naniwa (Naniwa ereji, 1936), en Los amantes crucificados (Chikamatsu monogatari) el maestro japonés adaptó una pieza teatral de Monzaemon Chikamatsu, prestigioso dramaturgo de la era Genroku (finales del siglo XVII inicios del XVIII), que le permitió enfrentar a sus protagonistas a la hipocresía, al egoísmo y a los estamentos que relegan a la mujer y a la clase trabajadora a un papel sumiso, sometidos a normas que impiden su liberación y, por ende, niegan su realización personal. La situación femenina en el periodo Edo en el que se ambienta el film se hace patente en una de las primeras escenas, cuando varios personajes observan a una pareja de adúlteros a quienes conducen a cumplir sentencia. En ese instante las mujeres muestran su desacuerdo con el castigo a la infidelidad femenina, ya que, al contrario que la masculina, aquella conlleva la crucifixión de los amantes. El cumplimiento del castigo, impuesto durante el shogunato Tokugawa, presagia otro adulterio, no consumado en un principio, que se gesta a partir de las confusiones y la mezquindad reinante en la casa de Ishun (Eitarô Shindô), donde la pareja protagonista es descubierta en la misma alcoba, hecho que se interpreta como la infidelidad que marca su fatalidad, pero también su posterior liberación existencial. La poética de Mizoguchi domina a lo largo de su cruda exposición del devenir de Mohei (Kazuo Hasegawa), también sometido por su condición de empleado, y Osan (Kyôko Kagawa), a quien se conoce ya convertida en la esposa de Ishun. Poco después, en una escena entre su madre y su hermano, se sabe que la joven fue entregada por su familia al avaro y grotesco comerciante por cuestiones económicas. De tal manera se confirma que se trata de una relación marital sin amor, sin igualdad y sin deseo, ya que el marido asume un rol de superioridad que, en su aceptación social, legitima su acoso a Otama (Yôko Minamida), una de sus sirvientas, a quien promete todas las comodidades a cambio de sus favores. Sin embargo, ese mismo hombre, que presume de generosidad con aquella a quien pretende convertir en amante, rechaza prestar cualquier tipo de ayuda económica a sus familiares, el dinero es su único amor, u obliga a Mohei a trabajar a pesar de su convalecencia. Temerosa de la reacción de aquel a quien se debe por tradición, Osan acude al empleado para obtener las cinco monedas de plata que su hermano necesita para saldar una deuda. Ante la petición de su señora, de quien está enamorado en secreto, el siervo intenta sustraer de la imprenta la cantidad que piensa devolver lo antes posible, pero con la mala fortuna de que su compañero Sukeemon (Eitarô Ozawa) lo descubre y, a cambio de su silencio, le exige dos monedas, algo a lo que el fiel trabajador se niega. Durante los primeros minutos de Los amantes crucificados se expone la falsedad y el egoísmo de un entorno donde Ishun, amo y señor, asume su condición y no duda en hablar de su honor mancillado cuando cree que su mujer lo engaña con aquel a quien castiga por haber intentado robarle. Pero el ayudante logra escapar con la intención de regresar con el dinero, aunque esto cambia cuando Osan, ante la hipocresía de su marido, decide compartir su viaje y también el destino que les proporciona la liberación que nunca habían conocido. Sin embargo los hechos que se suceden a lo largo de la película confirman la imposibilidad terrenal de un amor que se hace real a las puertas del suicidio, mientras los todavía no amantes se preparan para arrojarse al lago, intención que no llega a materializarse porque en ese instante Mohei desvela sus sentimientos, y su confesión los convence para transitar unidos por los caminos donde el rechazo de la sociedad se visible. A este respecto queda claro el rechazo social en la escena en la que ambos deciden ocultarse en la casa del padre de Mohei, y aquel dice <<no te conozco. Mi hijo era un empleado fiel y obediente>>. La negación, que implica un orden inalterable (amo-siervo, padre-hijo, marido-esposa), se produce antes de que el anciano lo denuncie a la justicia que los persigue por el hurto denunciado por Ishun. Temeroso de su futuro, el comerciante solo ha informado del robo, ya que, como se observa en las escenas que se alejan de la pareja, intenta ocultar la infidelidad marital no por la suerte que pueda correr su esposa, sino porque puede provocar su caída en desgracia en la corte, el cierre de su floreciente imprenta y el fin de las posibilidades de recibir el título de samurái que lo aleje de su condición plebeya.

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