miércoles, 10 de septiembre de 2014

La nave blanca (1941)

Aparte de entretenimiento, espectáculo o arte, el cine es un medio de expresión que conecta de inmediato con las masas, lo que provoca que sea idóneo para trasmitir y acercar ideas al espectador, aunque en ocasiones con la intención de condicionar o alterar su percepción y su pensamiento. Estas manipulaciones no son exclusividad de una postura ideológica concreta sino que se encuentra al servicio de aquellas que prevalecen en determinadas épocas y lugares. Uno de los periodos que mejor ejemplifican el fenómeno de propaganda política en el cine abarcó parte de la década de 1930 y la primera mitad de la siguiente; durante aquellos años, en diferentes latitudes del globo, se produjo el auge, el asentamiento y la caída de algunos sistemas políticos totalitarios, objeto de denuncia de las producciones de propaganda realizadas tanto en Hollywood como en Gran Bretaña, películas que, al tiempo que defendían su postura, criticaban y advertían de los peligros inherentes a los regímenes que regían el destino de países como Alemania, Italia, Japón o la España de aquel dictador que impuso el doblaje de las producciones extranjeras y la proyección de noticiarios subjetivos al gusto de su ideario. En estos y en otros países se realizaban producciones que se encontraban sometidas al control de los censores y al servicio de los intereses políticos del momento; pero, en la actualidad, aquellas mismas películas permiten evaluar y reflexionar acerca de las diversas interpretaciones e intenciones ideológicas, políticas y sociales de la época. De tal manera, en el presente, cualquier espectador dispuesto a ello puede realizar un visionado crítico, ajeno a las pretensiones de quienes deseaban condicionar a la opinión pública desde perspectivas que ensalzan una idea: la suya. A grandes rasgos, las producciones realizadas bajo el control de aquellos regímenes solían ser comedias con las que se intentaba alejar al espectador de la realidad circundante, epopeyas históricas en las que se ensalzaban supuestos valores nacionales o films en los que prevalecía un afán didáctico al servicio del sistema dominante; en el caso de La nave blanca (La nave bianca) el que controlaba la Italia de 1942. Por aquel entonces, Francesco de Robertis (responsable del centro cinematográfico de la marina italiana) encargó a Roberto Rossellini la filmación de un documental sobre la marina transalpina, aunque este acabó siendo el primer largometraje de ficción realizado por el responsable de Roma, ciudad abierta. Años más tarde, Rossellini recordaría que a él solo se debía la parte que detalla las labores desempeñadas por los marinos que viajan a bordo de un buque de guerra antes y durante la batalla que les enfrenta a la marina inglesa. Pero, a lo largo del metraje de La nave blancala pretendida veracidad de las imágenes se contradice con diálogos repletos de palabras ambiguas como deber, honor, sacrificio,... o con expresiones forzadas para los momentos de tensión bélica en los que se desarrolla la acción, lo que provoca la sospecha de que, más que mostrar, la intención principal de la película sería la de adoctrinar, cuestión que se reafirma cuando la cámara detiene su atención sobre inscripciones que lucen en el interior del navío: <<El que duda, pierde>> u <<Hombres y máquinas, un solo latido>>, sentencias que parecen indicar la necesidad de crear mentes no pensantes que acaten sin dudar el ideario impuesto por quienes ostentaban el control. Aparte de la didáctica al servicio de la ideología fascista, el primer tramo del film resulta preciso a la hora de mostrar el funcionamiento de la nave y de su maquinaria de guerra, pero el afán realista mostrado por Rossellini De Robertis pierde presencia en su segunda mitad (realizada por este último), en la que se exaltan supuestos valores patrios, representados en las enfermeras y en los soldados que son atendidos en el buque hospital "Arno". Como consecuencia del nuevo entorno, y de dos personajes que adquieren mayor relevancia, el carácter documental acaba por desaparecer por completo y cede su lugar a un tono más emotivo, con el que se intentaría sensibilizar al espectador y guiar su pensamiento hacia la aceptación de la grandeza estipulada por un régimen que, en la realidad histórica, carecía de ella.

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