martes, 10 de mayo de 2011

Encadenados (1946)


Como muchas otras películas Encadenados (Notorious, 1946) se gestó (dos años antes de su realización) primero en estudio distinto al que finalmente la produjo. El encargado inicial de la producción no estaba convencido del Mac Guffin propuesto (que no es sino la excusa que se desarrolla paralela a la verdadera historia que Alfred Hitchcock quiere contar). Este falso centro de atención reside en una botella de vino en la que se esconde cierta cantidad de uranio en polvo, con el que se pretende fabricar una bomba atómica, algo que al productor le pareció una una mala idea (más o menos llegó a decir que era una tontería), ya que dicha bomba aún no se había creado y ni siquiera parecía posible (aunque en Nuevo México, bajo el más estricto de los secretos, varios científicos estaban desarrollándola, y un año después se pudo comprobar su existencia). Así pues, la historia, Hichcock, el guionista, (Ben Hecht) y los actores fueron "vendidos" a la RKO, y en el año 1946 pudo ver la luz uno de los mejores trabajos de este genial y obsesivo director británico, y un gran éxito en la taquilla. El verdadero eje de la historia es mucho más simple y humano que cualquier tipo de situación tanto científica como política, se trata de un triángulo amoroso marcado por las obsesiones y deseos de sus tres vértices, en el que un agente del FBI debe enviar a Alicia (Ingrid Bergman), la mujer que ama y rechaza al tiempo, a los brazos del hombre a quien desea atrapar. Esta espía a la fuerza, también enamorada del agente, debe aceptar una situación que le desagrada, incluso le repele, pero no sabe cómo negarse, ya que su pasado (la sombra paterna) y el amor que siente hacia Devlin (Cary Grant) la obligan. Es a partir del contacto con Alexander Sebastien (magnífico Claude Rains en una nueva encarnación del villano de turno) cuando surge el conflicto. Devlin pierde su alegría anterior, se siente traicionado al saber que la mujer amada se acuesta con su rival, a quien pretende atrapar (y daría igual que fuese el cartero, ya que se encuentra atrapado entre el amor, el deseo y el rechazo generados por Alicia). Esta premisa marca la relación del trío y el devenir de los hechos que se desarrollarán hasta el final de la película. Sebastien, a pesar de ser el villano de la función, es un hombre con sentimientos (ama, siente miedo, dudas), y son estos los que le llevan a enamorarse perdidamente de Alicia, a quien, por celos hacia Devlin, propone matrimonio. El enlace es un nuevo golpe para el personaje interpretado por Cary Grant, pues sabe que la ama, aunque no puede imponer sus deseos a su deber. La situación se va gestando, marcada por el suspense que Hitchcock imprime en algunas escenas, que advierten del peligro y del sacrificio al que somete a la espía (por ejemplo: la fiesta en la mansión o el paulatino envenenamiento que sufre la heroína, que nadie salvo los artífices del mismo conocen). A lo largo de la película encontramos características del cine del autor: un romance que parece ir viento en popa, pero que sin embargo resulta imposible (a Hitchcock le gustaba hacer sufrir a sus enamorados y vaya si lo hace); una madre controladora, efectiva y manipuladora que no acepta de buen grado que una mujer se interponga en la relación con su hijo; la rubia protagonista (en este caso Ingrid Bergman, una de sus favoritas, junto a Grace Kelly) a quien condena a una situación al límite de sus posibilidades o unos villanos inteligentes, elegantes y humanos. Con este cóctel, aderezado con grandes dosis de su (innegable) talento y de su manera de entender el cine (que era muy amplia), Alfred Hitchcok regaló una historia de suspense donde la verdadera intriga reside en la propias relaciones de los protagonistas, no en el marco en el que los ubica.

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