miércoles, 2 de noviembre de 2011

Vida en sombras (1948)


La cinematografía española de la posguerra se decantó, en la mayoría de los casos, por un tipo de cine insulso, repetitivo y carente de inventiva, que solo servía para mantener la conciencia del público adormecida mientras este observaba en la pantalla películas históricas, al servicio del orden establecido, o musicales folclóricos que nada tenían que ofrecer salvo ver a su estrella de turno entonando canciones que se insertaban en la trama con calzador. Pero, entre aquellas insípidas producciones de supuesto interés nacional, también se filmaron excelentes películas como las realizadas por Edgar Neville, uno de los primeros cineastas en quien se observa un intento de modernizar el cine español desde el costumbrismo, o aquellas que, en su mayoría, ni recibieron ayuda sindical ni fueron estrenadas como su calidad demandaba, lo cual las relegó a un olvido del que algunas regresaron para sorprendernos y confirmarnos que, de existir mayor apoyo a la creatividad, el cine español de la época nada tendría que envidiar al realizado en otras latitudes. Uno de aquellos maravillosos espectros recuperado de su ostracismo fue Vida en sombras, en su momento calificada de escaso interés, lo que provocó que no obtuviera la ayuda económica destinada a aquellas producciones que los “expertos evaluadores” consideraban que sí lo tenían. Como consecuencia de su arriesgada e innovadora puesta en escena, esta producción se convirtió en una película maldita, calificativo que también sirve para definir la carrera cinematográfica de Lorenzo Llobet-Gràcia, que no pudo más que realizar este largometraje ninguneado por la miopía oficial, una falta de visión (intencionada o inconsciente) que no impidió que el realizador catalán asumiera la financiación de su proyecto para ofrecer esta atípica y poética propuesta donde los deseos incumplidos, la muerte y las sombras no solo forman parte de la ficción que su protagonista contempla en la gran pantalla. A través de la mirada de Carlos (Fernando Fernán Gómez), Vida en sombras recorre la historia del cine, desde este personaje no nato se accede al estreno de aquellas imágenes que muestran una locomotora en movimiento, para en su infancia observar su pasión por Chaplin o a la llegada del sonoro, como también acaba siendo testigo de la proyección de una película que le permite reconocerse en el atormentado protagonista interpretado por Laurence Olivier en Rebeca. Pero la historia de este joven no solo se hace en el cine, sino a su alrededor, por ello, mientras su vida transcurre centrada en el celuloide acontecen hechos históricos que marcan el rumbo del mundo, de su nación y de él mismo. Carlos nació cuando el cinematógrafo todavía era un fenómeno de feria que presentaba imágenes en movimiento para deleitar y sorprender a quienes las observaban con asombro. Y así continuó siendo durante años, mientras, Carlos crecía aficionándose al medio de las luces y sombras en el que descubrió a aquel simpático vagabundo que se convirtió en su héroe, el hombrecillo inventado e interpretado por Charles Chaplin le ofrecía diversión y sueños. Los años continuaron con su inevitable trascurrir, ajenos a la transformación del niño en hombre y a una afición que aumentaba y se convertía en parte de él. Siempre cámara en mano, este amante de las imágenes en movimiento, que vivía por y para el cine, acudió con Ana (María Dolores Pradera) a una sala donde se proyectaba Romeo y Julieta, película que sería testigo de su compromiso matrimonial y presagio de una tragedia similar a la que contemplaban en la pantalla. Pero antes de que la desgracia se cerniera sobre ellos, Carlos y Ana se casaron, se amaron y fueron felices. Mientras, él continuaba con su gusto por filmar cuanto se pusiera al alcance de su objetivo, como si aquella cámara fuese una extensión de sus brazos y de su mirada, pues desde ella observaba el mundo en el que vivía. Era tal su necesidad de filmar que, cuando se produjeron los primeros enfrentamientos militares en los albores de la Guerra Civil, acudió a grabarlos. Sin embargo, al regresar a su hogar, todo había cambiado. Se culpó de la muerte de Ana, martirizándose con la idea de que si no la hubiese dejado sola todavía estaría viva. Desde aquel fatídico acontecimiento se sumió en un mundo de oscuridad y sombras distinto al cinematográfico, del cual se apartó como parte de la penitencia impuesta por la culpabilidad de la que no podía desprenderse, de tal manera que se convirtió en un hombre gris, condenado a una vida en sombras que lo transformó en el espectro de aquel soñador que contemplaba el mundo a través de la lente de su cámara o a través del cine.

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