sábado, 11 de noviembre de 2017

Senso (1954)

<<El neorrealismo fue un punto de partida [...] un modo de identificación de un momento determinado>> (Luchino Visconti. Semanario Rinascita, diciembre 1948) y, cumplido su propósito, el neorrealismo tocó a su fin durante los primeros años de la década de 1950. Por aquel entonces, la industria cinematográfica italiana se había recompuesto, la posguerra trajo cambios, pero no los esperados por muchos de quienes hicieron frente al fascismo, y los cineastas que, como Luchino Visconti, habían hecho de la carencia de medios su firma para mostrar las necesidades sociales, políticas y culturales de <<un momento determinado>> comprendieron que era necesario buscar nuevas formas cinematográficas que les permitiera continuar expresando las distintas realidades que encierran sus obras. En el caso de Visconti nos encontramos ante un cineasta que, al tiempo que se reinventa en Senso (1954), mantiene su posicionamiento a contracorriente, introduciendo en su obra aspectos autobiográficos (que ganarían mayor presencia tras Rocco y sus hermanos), así como el pasado histórico que cobra protagonismo a partir de este título clave en su filmografía. Desde el inicio, Senso introduce características que se repetirán en posteriores producciones del director milanés, abriéndose a la ópera (se representa Il Trovatore, de Verdi) y a una época que toca a su fin en el lujoso palacio de la música donde se enfrentan tres realidades, que comparten un espacio donde los colores de la tricolor italiana, en ramos y folios, anuncian el principio del fin del dominio austro-húngaro y de su imperio. Allí se entremezclan los oficiales del ejército de ocupación austriaco, los italianos que, como el conde Serpieri (Heinz Moog), simpatizan (y colaboran) con los austro-húngaros y los representantes de las fuerzas clandestinas del Véneto, pero la cámara no tarda en centrarse en uno de los palcos para descubrir a la condesa Livia Serpieri (Alida Valli), la cuarta realidad que no tardará en manifestarse. Corre en año 1866 y la sombra de Garibaldi se extiende por la península transalpina anunciando la unificación que afecta a todos, incluso a Livia, aunque a ella dejará de afectarle cuando su pasión se desate y la aleje de cualquier realidad que no sea el teniente austriaco Franz Mahler (Farley Granger). En ese instante, en su pensamiento, solo hay cabida para el amor y el deseo. Las emociones que el joven oficial despiertan en ella la apartan tanto de los conflictos políticos de la Venecia ocupada por las tropas austro-húngaras como de su insatisfactoria vida conyugal, al lado de un hombre anodino e interesado en mantener su privilegiada posición social. Senso abandona el palacio de la ópera donde se desarrollan sus primeros minutos, pero la sensación de estar contemplando una puesta en escena operística prevalece, porque estamos ante una ópera cinematográfica, pictórica y musical, que bien podría titularse "Livia", con sus decorados y vestuarios cuidados hasta el mínimo detalle o con el colorismo que remarca la decadencia del <<momento determinado>> retratado por Visconti, una época que, similar al presente italiano del cineasta, anuncia cambios que no llegan a producirse. En este punto y en su contexto histórico, Senso adelanta lo expuesto años después en El gatopardo (Il gattopardo, 1963), en la certeza del príncipe Salina de que el cambio que se está viviendo nada cambia, de modo que la supuesta transformación que conlleva la inminente unificación mantendrá en el poder a los mismos que apoyaban a los austriacos y la trágica heroína verá como las promesas de felicidad, amor, deseo y liberación sexual, paradógicamente, la atraparán en una desesperación mayor, la cual depara la humillación y la degradación consecuencia de la idealización de su relación con Mahler.

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