miércoles, 10 de agosto de 2016

Prisioneros de la tierra (1939)

El cine social argentino tuvo en el realizador Mario Soffici a una de sus figuras claves, a este respecto el periodista alemán Peter B.Schummann escribió en su Historia del cine latinoamericano (Ed.Legasa, Buenos Aires, 1987; traducción: Óscar Zambrano) que <<con algo más de audacia avanzó Mario Soffici en la representación
de las condiciones sociales de la época. En sus películas Viento Norte (1937) y Kilómetro 111 (1938) se puso abiertamente del lado de los peones oprimidos, y en Prisioneros de la tierra (1939), cuyo tema era la frustrada rebelión de los explotados cosechadores de yerba mate, llegó a crear un drama social con un lenguaje auténtico, una pieza didáctica sobre la miseria humana y el valor de algunos solitarios. Este film puede ser considerado como un verdadero precursor del cine socialmente comprometido, del cine político en América Latina, siendo uno de los trabajos más consecuentes de la cinematografía argentina>>. Basada en tres relatos del uruguayo Horacio Quiroga, el italo-argentino Soffici llevó a la pantalla el guión escrito por Ulises Petit de Murat y Dario Quiroga, hijo del escritor y uno de los impulsores del proyecto, primando el tono melodramático y la denuncia social. Como consecuencia, Prisioneros de la tierra se disfruta y se sufre a partes iguales, antes y después de la llegada de los protagonistas a la plantación de mate ubicada en la provincia de Misiones, al noroeste de Argentina. Este <<retazo alucinado de la tierra argentina, abre su mágico encanto a la vera de los bosques sin fin y ríos profundos, en el extremo norte del país>>, pero en 1915, año durante el cual se desarrolla la acción, también se convierte en la prisión de quienes allí trabajan sometidos a las condiciones inhumanas que los responsables del film expusieron desde el rótulo explicativo que se impresiona sobre las imágenes del medio natural que se convertirá en un personaje más de la trama. La siguiente secuencia se abre con un primerísimo primer plano de una pareja que se besa en el reservado de una taberna de la ciudad de Posadas. Las caras no tardan en separarse para descubrir el rostro de Podelay (Ángel Magaña), que abandona el cuarto y a la mujer que deja en su interior, una más entre sus conquistas pasajeras. La cámara lo sigue hasta que se confunde entre el bullicio y los presentes en el local. La música y la algarabía dominan en el ambiente, aunque estas se silencian con la irrupción de Köhner (Francisco Petrone). Su vestimenta y su semblante lo distinguen del resto, él no es un mensú como Podelay, es el patrón que acude a contratarlos, aunque para ello deba emplear la coacción o el látigo. Hacinados como bestias, los peones se apelotonan sobre la cubierta de la barcaza que los transporta hasta la explotación yerbera y forestal donde el dolor y la desesperación forman parte del paisaje. El inhóspito espacio provoca enfermedades, muertes y la necesidad de escapar, pero son las condiciones esclavistas las que golpean con mayor fuerza. Los jornaleros trabajan hasta la extenuación, a pesar de las debilidades que puedan sufrir debido al esfuerzo, al clima o a las carencias alimentarias y medicinales. En todo momento los condenados de los "yerbales" misioneros se encuentran a merced de un patrón que no los valora como seres humanos. Para él son el instrumental necesario con el que extraer la riqueza de la jungla donde es el amo, pero también el prisionero de su soledad, de su desarraigo de la tierra que pisa y de la indiferencia de Andrea (Elisa Galvé), la hija del alcohólico y desencantado doctor (Raúl de Langa) a quien la vida y la muerte ya le resultan iguales. Desde su exposición melodramática, Prisioneros de la tierra presenta al menos tres puntos de interés: el romance entre Andrea y Podelay, la desesperación de la joven frente al alcoholismo que afecta a su padre y la injusticia social, representada en Köhner y su relación con los hombres que contrata (y esclaviza) para trabajar la tierra pantanosa que los devora. En la selva la vida de los trabajadores se caracteriza por la miseria, las enfermedades, el esfuerzo, la falta de recursos y la actitud de quien los explota desde la superioridad asumida como parte de su condición social, cuestión esta que se pone de manifiesto a lo largo del film: prohíbe leer (<<tened cuidado con los libros. Trastornan la cabeza>>) consciente de que la ignorancia es su aliada, ordena disparar sobre un mensú que se lanza al agua, en la siguiente escena golpea y ata a Podelay por evitar la muerte del fugitivo o, segundos después, recoge entre sus brazos a un perro para decir que deben alimentarlo, lo cual no hace más que resaltar la idea que tiene de aquellos que son y serán sometidos por él en el infierno donde se confirma su imposibilidad y la del resto de los protagonistas.

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