miércoles, 24 de agosto de 2011

La noche del cazador (1955)


 El actor Charles Laughton dirigió una única película, solo una, pero esta una ha pasado a la historia del cine como la obra maestra que siempre fue, aunque, en el momento de su estreno, su calidad, su belleza, su poética, sus logros visuales y su radiografía del alma humana no fueron apreciados ni por el público ni por la crítica del momento, más interesados en superproducciones coloristas que poco o nada ofrecían al cine como medio de expresión que en films que mostraban el rostro oculto y la lucha de opuestos que en parte definen a cualquier individuo. El frío recibimiento de La noche del cazador (The Night of the Hunter), diferente y arriesgada, apartó a Laughton de posteriores proyectos detrás de las cámaras, una lástima, porque vista ayer, hoy y siempre, se descubre como un fascinante, inquietante y oscuro cuento de hadas no aptos para niños, excepto para sus dos pequeños protagonistas. Después de disfrutar de la magistral propuesta del actor-realizador uno podría preguntarse el por qué de la dificultad que tienen las películas que indagan en la fealdad humana para conectar con el público de su época, algo que ya había pasado con los films más personales de Tod BrowningMonsieur Verdoux (Charles Chaplin, 1947) o El gran carnaval (Ace in the HoleBilly Wilder, 1951), con los que La noche del cazador guarda más de un punto en común. La respuesta podría encontrarse más allá del cuento de hadas hipnótico y opresivo, en el sombrío viaje al interior del ser humano que se inicia a partir de los actos de Ben Harper (Peter Graves), capaz de matar y robar porque asegura que así protege a sus hijos, a quienes condena sin pensar en si desean soportar el peso que les entrega. Dicho viaje prosigue en toda su crudeza en el predicador interpretado por Robert Mitchum, un ser en enfrentamiento, siempre miente a pesar de que odia la mentira en los demás, justifica sus múltiples asesinatos de mujeres como parte de su misión divina al tiempo que ofrece falsas esperanzas a viudas solitarias (a quienes mata) como lo será la madre de los niños (Shelley Winters), en quien también se descubre ese eterno enfrentamiento entre opuestos, en su caso entre la realidad, representada en su decepción, y la ilusión que proyecta en Harry Powell (Mitchum), ilusión que se desvanece como consecuencia del evidente rechazo del pastor hacia el sexo femenino. La sensibilidad y el excelente pulso narrativo del cineasta a la hora de recrear el guión firmado por James Agee se vieron potenciados por la magnífica fotografía de Stanley Cortez, la cual resalta la oposición entre lirismo y monstruosidad que se enfrentan en los nudillos (amor-odio) de las manos del predicador, que adorna sus palabras vacías para engañar y alcanzar su meta (como hace el periodista a quien Kirk Douglas dio vida en el film de Wilder), aunque estas no funcionan a la hora de sonsacar y atrapar a las dos criaturas silenciadas por un juramento que les tortura. Como consecuencia del enfrentamiento entre la inocencia y la obsesión, la película alienta los miedos infantiles desde la oscura amenaza que persigue a los niños y que anuncia la presencia de ese cazador implacable que, con actos y palabras, se introduce en su mundo inocente para apoderarse de los diez mil dólares que ni John (Billy Chapin) ni Pearl (Sally Ann Bruce) desean. En los primeros compases del film, los pequeños son testigos del arresto de su padre por asesinato y robo, delitos que llevan a Ben Harper a la horca, pero antes de su ejecución comparte celda con Harry Powell, que asume su condición de predicador cuando en realidad es un criminal que vive a costa de viudas a quienes asesina por dinero. En este aspecto el personaje de Mitchum resulta similar al Monsieur Verdoux chaplinesco, pero sin la gracia de aquel entrañable "hombre de negocios" que pone en evidencia a la sociedad que lo juzga, porque Powell destaca por ser un individuo terrorífico que se guía por su ambición desmedida, por su ambigua interpretación del bien y del mal y por su rechazo hacia las mujeres, cuestiones que ya se ponen de manifiesto en la introducción de un personaje de dos caras que se aproxima a los seres duales y marginales de las películas de Browning. Su posterior estancia en la celda (donde lo encierran treinta días por robar un automóvil) le permite descubrir la existencia de los diez mil dólares, que en su mente diabólica y escudada en la palabra divina se convierten en su fijación. De tal manera no tarda en presentarse en casa de Ben para apoderarse del dinero que aquel escondió en presencia de sus hijos, a quienes hizo prometer que no revelarían el escondite. Pero a los niños poco les importa el dinero, Pearl recorta billetes para hacer figuras y a John solo le interesa pescar o cuidar de su hermana, lo que sí les importa es la palabra dada a su padre, que mató y robó para ofrecerles un futuro alejado del hambre y de la pobreza generadas por la depresión económica que afecta al entorno, sin pensar que en su acto de amor y egoísmo dejaba desprotegidos a quienes quería proteger. Así pues el futuro inmediato de los niños no es mejor y sí más peligroso, oscuro e incluso puede que inexistente después de perder a su progenitor y de que su madre se deje engatusar por ese hombre que se presenta desde la virtud y la comprensión, ocultando su sadismo en la bondad y el amor que emplea para alcanzar la meta a la que no está dispuesto a renunciar, aunque para ello deba engañar y matar (algo que ya había hecho con anterioridad). El personaje interpretado de modo magistral por Robert Mitchum resulta aterrador para los dos niños que se presentan como el obstáculo que le separa de aquello que anhela. No obstante los pequeños se resisten, no así la madre, que ya no distingue entre el bien y el mal o, como se lee en las manos del predicador, entre el odio y el amor que el desconocido representa. Desesperados, sin más opción y sin nadie que los ayude, John y Pearl escapan de las garras de su padrastro, aunque este les persigue incansable, sin prisa, pero sin pausa, y allí donde miran siempre descubren la sombra que se cierne sobre ellos. Pero como en todo cuento de hadas resulta de obligada necesidad la aparición de un hada madrina que proteja o ayude a los indefensos, alguien como Rachel Cooper (Lilliam Gish), que les cobije y que con su magia, comprensión y entrega, les libre de la pesadilla que acecha en las sombras y en sus sueños.

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