martes, 14 de junio de 2011

La hora final (1959)

Pocos años después de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial el mundo se vio dividido en dos grandes bloques económico-ideológico, dos maneras de entender la sociedad que llegaron al extremo de temerse, vigilarse y basar parte de su política en la defensa de sus fronteras o intereses. A grandes rasgos, y sin entrar en detalles, esto daría pie a un periodo que se dio a conocer como Guerra Fría, una situación de conflicto latente, pero que no llegó a estallar (al menos no de un modo global). Los gobiernos de ambas superpotencias fomentaron las investigaciones y con ellas la aparición de armas de destrucción masiva que, supuestamente, podrían acabar con la vida en el planeta si estallaba una nueva guerra. La hora final (On the Beach) plantea esta hipotética situación, pero no desde un espectáculo postapocalíptico (como sucede en otras producciones de este tipo), sino desde las nefastas consecuencias que acarrearía un indeseado y terrible holocausto nuclear. Únicamente Australia permanece intacta, pero sólo es cuestión de tiempo, en cinco meses la nube radioactiva llegará a sus costas, y con ella, la muerte y el exterminio total. Toda la población conoce la fatalidad que se cierne sobre ellos, e intentan asumirlo, aunque sin poder evitar que afecte a sus vidas, ¿cómo podría ser de otra manera? Saber que están condenados por una guerra que nadie sabe cómo empezó les empuja a un sufrimiento en el que de nada vale quejarse; no existe alternativa, deben aceptar los hechos porque no hay esperanza. Esta irremediable claudicación ante un destino que no quieren les obliga a continuar con unas vidas que ya no existen, porque ya nada podrá ser, solo son espejismos que se difuminarán con la llegada de unas terribles e invisibles partículas atómicas. Sin embargo, dentro de esta situación terminal existe espacio para el amor, aunque tenga fecha de caducidad, puesto que no se pueden controlar las constantes de la naturaleza humana. El capitán Towers (Gregory Peck), marino estadounidense, alcanza las costas australianas abordo de su submarino. Este oficial se niega a creer que su familia ha perecido, y aunque lo sabe continúa hablando de ellos en presente. No obstante, un posterior viaje de reconocimiento le mostrará que no hay esperanza, y que debe asumir su realidad, que no es otra que Marion (Ava Gardner). A su lado viajan el teniente Peter Holmes (Anthony Perkins), casado y padre de un bebé que no verá el futuro porque la propia humanidad lo ha destruido, y un científico, Julian (Fred Astaire), que ha contribuido a la creación de ese arsenal letal, y que se descubre amargado por un sentimiento de culpa que le desborda, pues asumir que ha participado en la locura que ha erradicado a la raza humana resulta un plato fuerte de digerir. Stanley Kramer, director y productor independiente, filmó una advertencia sobre las posibles repercusiones de esa carrera nuclear que traía en jaque a la población mundial, y lo hizo apoyándose en una excelente fotografía de Giuseppe Rotunno y en la dramática realidad en la que viven sus personajes, a través de quienes se descubre la verdadera magnitud de los hechos que han acabado con la vida del planeta. A pesar de estar encuadrada dentro de un género como el de la ciencia-ficción, no existen secuencias que necesiten de efectos espectaculares, ya que se trata de una tragedia que se muestra desde los rostros y las emociones, que hablan por sí mismos, o desde la terrible comparación entre las abarrotadas calles de Melbourne y la desierta ciudad fantasma que encuentran al llegar a San Diego. Por suerte, aquella situación, sólo alcanzada en la ciencia-ficción, pudo superarse, pero no sin antes dar un buen número de sustos, como el ocurrido con la crisis de los misiles instalados en Cuba a principios de la década de 1960 o en guerras locales como fueron la de Corea o la de Vietnam. Así pues, la intención de Kramer no sería la de ofrecer un espectáculo fantástico, sino advertir de que todavía se estaba a tiempo de evitar una catástrofe irrevocable, como la que se descubre en una calle fantasmagórica, despoblada y silenciosa, donde cuelga una pancarta en la que se puede leer: <<there is still time... brother>>.

No hay comentarios:

Publicar un comentario