miércoles, 1 de febrero de 2012

Umberto D. (1952)

¿Qué puede hacer un anciano como Umberto Domenico Ferrari (Carlo Rattisti)? ¿Manifestarse para pedir un aumento en su pensión de jubilado? ¿Pedir prestado? ¿A quién, si no tiene a nadie? ¿Mendigar por las calles? Puede, pero no se atreve porque todavía le resta un resquicio de amor propio que le impide pedir limosna. Quizá con el tiempo descubra que suicidarse es una opción para un anciano sin esperanza que parece no importar a nadie, salvo a Flike, un perro inteligente que sabe que el suicidio sería una mala solución, pues no soluciona nada. La vida de Umberto D. ha llegado hasta el punto de no poseer nada, salvo la habitación en la que vive desde hace veinte años, la misma de la que le quieren desahuciar si no paga las quince mil liras que debe a su casera (Lina Gennari). Este hombre, antaño funcionario del ministerio de obras públicas, se encuentra en una situación desesperada, acuciado por la dueña del piso que, consciente de que el anciano no puede reunir el dinero, le exige la cantidad completa porque desea deshacerse de él. ¿Por qué no se va sin más? ¿A dónde? ¿Al dormitorio público? No es una opción para Umberto. Para este hombre que siempre ha pagado sus deudas resulta muy duro desprenderse de sus escasos objetos personales que la necesidad le obliga a malvender, aceptando las condiciones de unos compradores que se aprovechan de su necesidad; pero por mucho que lo intenta no logra reunir la cifra que se le exige. La única opción que se le ocurre para reunirla sería la de pasarse sin comer durante un mes, a la espera del dinero de su pensión; por ese motivo enferma, o, mejor dicho, se inventa una enfermedad que le permite ingresar en un hospital donde puede recibir alimentos sin gastar una lira. Y como se descubre durante su estancia en el centro de salud, no es el único que ha ideado una convalecencia que demuestra que las carencias no sólo le afectan a él, sino a otros muchos. En las películas neorrealistas del director Vittorio de Sica y de su inseparable guionista Cesare Zavattini no hay lugar para la alegría (salvo en algunos momentos de Milagro en Milán), no puede haberla, porque cuanto se observa en la pantalla desvela un mundo deshumanizado dominado por la miseria, la insolidaridad y la desesperanza, pero en Umberto D. esas sensaciones se recrudecen al añadir la soledad y el rechazo del que es víctima este hombre, que solo pide vivir con dignidad hasta el fin de sus días. La vida de don Umberto Domenico Ferrari resulta triste, hasta tal punto que se desespera, porque no encuentra el menor consuelo para sus males, sin nadie más que le apoye que su perro y, en contadas ocasiones, María (Maria Pia Casilio), la criada de la casa, una joven, embarazada de no sabe quién, que comparte aspectos con Umberto, por ejemplo: la soledad. Sin embargo, María tiene toda la vida por delante, todo lo contrario que el anciano, quien sabe que sus días se encuentran en su recta final, y que poco puede hacer para evitarlo; quizá esa idea unida a su evidente desesperación y decepción le convencen de que el suicidio sería la solución para sus males, porque nada de lo que hace parece poder cambiar una situación que le golpea sin piedad. Vittorio de Sica dedicó a su padre (quien vivió una experiencia similar a la del pensionista mal pagado) la desgarradora historia de Umberto D., una dura, humana, realista y dolorosa reflexión sobre la vejez y la deshumanización que rodea al personaje central del film, magistralmente interpretado por un actor no profesional, un profesor de filosofía retirado que nunca había actuado y que nunca volvería a hacerlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario