jueves, 6 de noviembre de 2014

Motín en el pabellón 11 (1954)

Una de las cuestiones planteadas en Motín en el pabellón 11 (Riot in Cell Block 11) partió de una experiencia personal de su productor Walter Wanger, e invita a reflexionar sobre si las cárceles están destinadas a fines integradores o simplemente a alejar de la sociedad a aquellos individuos que han cometido algún delito (o han sido encontrados culpables de haberlo cometido). No tarda en comprenderse que el film de Don Siegel se decanta por la primera opción, pero siendo consciente de que la realidad se encuentra en la segunda, por ello se expone desde una perspectiva crítica del sistema penitenciario de la época de su rodaje. Para ello, antes de que se inicie la acción, se produce una breve explicación de la precaria situación de los correccionales: el exceso de presos en los recintos, el trato que reciben o la falta de un plan educativo que permita su reinserción una vez cumplida la condena. Pero esta crítica inicial, que nunca llega a desaparecer del todo, queda relegada a un plano secundario para dar paso a un intenso drama carcelario en el que sus personajes emplean la violencia como medio para alcanzar el fin que persiguen. Este tono violento y opresivo se apodera del relato desde el mismo instante en el que se accede al complejo carcelario donde los presos se amotinan, como consecuencia del conflicto de intereses y posturas contrarias que mantienen con las autoridades. Entre los presos se descubre todo tipo de individuos, los hay como el coronel (Robert Osterloh) que, aguardando su puesta en libertad, no piensa en la violencia como medio de solución de los problemas (aunque acaba por aceptar la revuelta) y otros como Mike Carnie (Leo Gordon), que no actúan para denunciar la precariedad en la que viven dentro de los muros de la penitenciaria, sino por su afán de dar rienda suelta a la brutalidad que los domina y que se propaga mientras amenaza con echar por tierra las intenciones de aquellos que han planeado el motín como el único medio posible para obtener la mejora en sus condiciones diarias. Las exigencias contemplan la reducción de presos por módulo, la separación de los reclusos (allí se juntan en una ubicación común tanto delincuentes juveniles como asesinos, violadores, ladrones o presos con problemas psicológicos), el fin de los malos tratos, la implantación de programas educativos y otras cuestiones que han provocado el motín liderado por Dunn (Neville Brand). En el pabellón 11 los convictos retienen a cuatro guardias a quienes ponen como moneda de cambio en la negociación con la que pretenden las mejoras, las mismas que el alcaide (Emile Meyer) lleva tiempo pidiendo a una Administración que desoye sus propuestas. Así que, mediante el empleo de la amenaza y de la violencia, el grupo de amotinados intenta conseguir ese cambio que se ha hecho esperar hasta el extremo de situarlos al límite. Desde un punto de vista autoral, podría decirse que Motín en el pabellón 11 es una de las primera grandes películas de Siegel, en ella ya se observan las características de su cine posterior, como sería la violencia inherente a sus protagonistas, que la utilizan como la única vía para expresar su postura ante aquello que les rodea, al tiempo que la usan para lograr aquello que de otra manera no serían capaces, de ahí que las personalidades de personajes como los asesinos de Código del hampa (The Killers, 1964), la del ladrón de La gran estafa (Charley Varrick, 1973) o la del propio Harry el sucio (Dirty Harry, 1971) se encuentren condicionadas por esa fuerza bruta necesaria para su evolución dentro de un entorno que parece fomentarla.

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