miércoles, 2 de noviembre de 2011

Network (un mundo implacable) (1976)

Existen muy buenas películas que exponen los entresijos que mueven el mundo televisivo, un mundo implacable donde lo único que importa son los números que marcan los índices de audiencia y los ingresos que de ellos se obtienen, sin detenerse a pensar ni en la calidad ni en la veracidad de los hechos que transmiten; una circunstancia que no es necesaria descubrir en una película como Network (Un mundo implacable), porque sólo bastaría abrir los ojos y observar la mediocridad que abunda en las cadenas de televisión. La constante invasión de los hogares con trivialidades sin importancia, noticias sesgadas o adulteradas que insensibilizan al espectador, la falta de objetividad a la hora de explicar los sucesos que nunca llegan a explicarse enteramente o programas en los que se muestran las miserias personales de individuos que sólo a ellos mismos atañen, serían algunas de las tónicas que finalizarían con sólo pulsar un botón o con restar el número de horas de visión televisiva en favor de la lectura, circunstancia que grita en directo ese profeta televisivo llamado Howard Beale (Peter Finch), un juguete en manos de ejecutivos sin escrúpulos que únicamente pretenden utilizarle para aumentar la audiencia. Al público parece gustarle ese tipo, cuyas palabras de protesta apocalíptica parecen aliviar sus tensiones y reconocer su realidad cercana, una realidad que no gusta y que se encuentra sumida en una fuerte crisis económica. Otra crisis, en este caso de índole personal, fue la que impulsó al famoso presentador de noticiarios Howard Beale a anunciar su suicidio en directo, información que apuró su despido, pero gracias a la intervención de su buen amigo Max Schumacher (William Holden) se le ha permitido una última aparición ante las cámaras. El aumento de la audiencia y el bombazo que significa la protesta realizada por Beale impulsa a ejecutivos como Frank Hackett (Robert Duvall) o Diana Christensen (Faye Dunaway) a crear un nuevo noticiario que, utilizando el punto de vista dramático y pesimista de Beale, les asegura elevados ingresos y una cota de audiencia nunca alcanzada por un informativo, que rápidamente se convierte en uno de los programas más vistos. Este nacimiento mediático no tarda en enfrentar las dos posturas representadas por el director de noticiarios Max Schumacher (William Holden) y la ambiciosa Diana Christensen, dos pensamientos que también muestran sus personalidades y el enfrentamiento que entre ellas se produce, a pesar de surgir entre ambos la inevitable atracción entre opuestos; por lo tanto, se exponen dos visiones totalmente distintas, que podrían representar el antes y el después de la irrupción de la televisión en los hogares de todo el mundo. Diana Christensen es una persona insensibilizada, carente de todo tipo de moralidad, a quien únicamente le interesa su trabajo y triunfar dentro de un mundo muy competitivo, en el que se inventa una demanda que el público acepta como suya, pero que no es más que el fruto de un medio manipulador que controla sus vidas, inventando o dictando qué se debe ver, hacer o pensar. Schumacher intenta frenar el programa porque no cuadra con su idea de un noticiario, en el que se aprovechan de su mejor amigo, un periodista que ha perdido el control sobre sus actos y sus pensamientos, y que, sin embargo, se convierte en una especie de ídolo mediático que proclama las verdades que el espectador no se ha atrevido a decir hasta ese momento. Con Network (un mundo implacable), Sidney Lumet apuntó directamente hacia el universo televisivo y los entresijos que lo mueven, presentando una visión poco halagüeña de un medio que se ha convertido en una parte más del ser humano, pero también señala hacia un aspecto global, consumado en la actualidad, que se aleja del universo televisivo y que Arthur Jensen (Ned Beatty), el magnate de la cadena, expone sin tapujos: el mundo es un lugar donde las grandes corporaciones dominan los mercados; las divisas, y no las personas ni los países, tienen el poder y el control de ese nuevo mundo en el que la única idea real sería el mercado económico. Esa realidad también se ha impuesto en la televisión, una verdad que no se para a pensar en lo correcto o incorrecto, pues únicamente existe la idea del dinero, una circunstancia que golpea a Schumacher, quien no puede creer hasta donde se ha llegado, pues él es un tipo de la vieja escuela, un hombre que observó en directo los orígenes del medio y que ahora comprueba el drástico cambio que se ha producido dentro del mismo.

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