jueves, 3 de noviembre de 2011

En el nombre del padre (1993)

Se puede aplicar la ley y cometer una injusticia, como se podría actuar con justicia incumpliendo una ley, una contradicción que reconoce que justicia y ley pueden seguir senderos distintos, por no decir opuestos, como sucede en la confesión que Gareth Pearce (Emma Thompson) escucha en una cinta casete grabada por su cliente Gerry Conlon (Daniel Day-Lewis). ¿Qué sabe de este individuo acusado de colocar las bombas en una taberna de Guildford el 5 de octubre de 1974? Lo primero que conoció de Gerry fue su actitud de rechazo hacia el sistema legal responsable del rápido deterioro en la ya precaria salud de su padre, un hombre íntegro, de elevados valores morales y siempre convencido de que la justicia prevalecería; sin embargo, el bueno de Giuseppe (Pete Postlethwaite) nunca conseguiría salir de la prisión en la cual la ley injustamente le había confinado. El cineasta irlandés Jim Sheridan expuso la historia de Gerry Conlon y familia desde el pasado al que accede mediante esa cinta magnetofónica que permite descubrir a Gerry corriendo por las calles de Belfast, perseguido por miembros del ejército británico, atrayendo, involuntariamente, la atención de éstos sobre los pisos francos del IRA, circunstancia que no gusta a los activistas y que pretenden remediar aplicando un castigo ejemplar. Este hecho obliga a Giuseppe a intervenir en favor de su hijo, un simple ladronzuelo de chatarra, al que enviará a Londres, para alejarle de la zona de guerra en la que se ha convertido su tierra; y a quien le da un sólo consejo: Ve y vive, máxima que un joven rebelde como Gerry piensa seguir al pie de la letra. Gerry y Paul Hill (John Lynch), con quien se encuentra en el ferry, llegan a la capital londinense con las ideas claras, buscar amor libre y drogas, dos cosas que no encontrarían en casa de la tía Annie (Britta Smith), pero sí en la comuna hippy a la que pertenecen Paddy Armstrong (Mark Sheppard), otro colega de Belfast, Carole Richardson (Beatie Burrows) o Jim (Jamie Harris), responsable indirecto de los hechos al ser un contacto de la policía, entre otros amantes de la paz y las flores. Sin embargo, la diversión no duró demasiado, Londres empezaba a recordarles a Irlanda; las bombas se dejaban escuchar por las calles, porque la lucha entre el gobierno británico y los activistas del IRA había recomenzado tras romper estos últimos el alto en fuego. Cuando la policía irrumpió en casa de Gerry, éste no había cometido otro delito que robar a una prostituta, por eso parecía un poco extraño que asaltaran de ese modo el hogar de sus padres y le condujesen a una sala donde permanecería aislado, mientras sufría torturas y presiones psicológicas inhumanas aprobadas y supervisadas por el inspector jefe Robert Dixon (Corin Redgrave). Gerry aún no sabía qué había ocurrido, como repetiría en todas las ocasiones, menos en la última, cuando sus fuerzas ya no resistieron un susurro que amenazaba con asesinar a su padre. La confesión, sacada a la fuerza, fue la base que presentó la acusación en un juicio cuyo veredicto ya se conocía de antemano; pues el pueblo reclamaba justicia para las víctimas del terrible atentado que terminó con la vida de cinco personas. Esas prisas y la aprobación, dos días antes de los arrestos, de la ley de prevención terrorista que permitía a la policía retener incomunicados a los posibles sospechosos durante siete días, fueron decisivas para condenar como autores del crimen de Guilford a: Gerry Conlon, Paul Hill, Paddy Armstrong y Carole Richardson, y a Giuseppe Conlon y a tía Annie Maguire y familia (marido e hijos) como colaboradores del mismo. Tras el juicio En el nombre del padre (In the name of the father) continúa en el pasado, pero se abre hacia una nueva etapa, en la que se muestra la vida de los Conlon en el interior de la prisión donde cumplen sus condenas, y donde inicialmente no podrían salir de sus celdas por el rechazo y amenazas de presos que les consideraban escoria. Pero el punto más interesante de su estancia en la cárcel es la evolución de padre e hijo, desde la que se muestran las diferencias existentes entre ellos; dos puntos de vista antagónicos que se separan definitivamente con el ingreso en prisión del verdadero autor del atentado. La aparición del activista del IRA descubre una nueva realidad que resulta desesperante y que para Gerry posee un significado claro: que nunca podrán salir de allí. John McAndrew (Don Baker) afirma que confesó a las autoridades su autoría del atentado de Guildford, declaración que se guardaría en secreto para que nunca saliese a la luz. Esta nueva desilusión y el enfrentamiento de McAndrew con los presos que les tenían amedrentados empujan a Gerry a seguir y a admirar a ese nuevo líder, que no es más que un hombre resentido y lleno de odio, como comprobará Conlon el día de la proyección de El Padrino. A partir de ese instante, Gerry acepta las palabras de su padre, al tiempo que reconoce su valor y el significado de la lucha pacífica que busca la liberación de ambos, en la que también participa esa abogada a la que rechaza en un primer momento, pero que se convierte en el presente del film en su enlace con el mundo exterior y en la fuente de esperanza para limpiar el nombre de su padre; un hombre que creía en la verdad y en las personas, un hombre a quien separaron de aquello que más quería sin un motivo justificable ni prueba alguna, sabiendo que era inocente como también lo eran su hijo, los amigos de éste y la experta en bombas (rellenas de crema) Annie Maguire y familia. La historia de Gerry Conlon y Giuseppe Conlon se basa en la historia real escrita por el primero, una historia dura, reflexiva y conmovedora que muestra las injusticias que se producen amparándose bajo la palabra ley, situaciones que la mayoría de las veces nunca salen a la luz pública y cuando lo hacen, a menudo, es fruto del azar o la casualidad, como le ocurrió a Garreth Pearce aquel día que el jefe de los archivos se encontraba de baja. Pero la historia de Gerry y Giuseppe Conlon también es la historia de un conflicto sucio y sangriento que continuaba cobrando su ración víctimas inocentes, como ese padre e hijo que dejaron sus vidas o parte de ellas encerrados en una cárcel o esos jóvenes que acudieron tranquilamente a tomar una pinta de cerveza.

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