martes, 20 de diciembre de 2011

En bandeja de plata (1966)

Los diálogos, los personajes o la trama de En bandeja de plata (The fortune cookie) muestran a las claras como son las comedias de Billy Wilder, historias perfectamente ensambladas, llenas de ironía y una acidez corrosiva que se encuentran en las situaciones que se crean en torno a personajes como el de Harry Hinkle (Jack Lemmon), pero sobre todo en las creadas por Willie Gingrich (Walter Matthau). Estos dos cuñados, aparentemente opuestos, pero con algo en común, viven vidas mediocres que no les satisfacen, hasta que un buen día Hinkle sufre un accidente laboral que podría cambiar su suerte, eso sí, siempre que el engaño propuesto por Gingrich, e inicialmente rechazado por Hinkle, llegue a buen puerto. Para que eso suceda deben engañar a todos, y hacerlo por mucho tiempo, pues los abogados de la compañía de seguros no pretenden poner las cosas fáciles, como demuestran al contratar al detective Purkey (Cliff Osmond), quien vigilará día y noche, en technicolor, a la supuesta víctima. Henry Hinkle no ha tenido opción, al menos no si quiere recuperar a Sandy (Judi West), la esposa que un año atrás le abandonó sin avisar, para irse a vivir con otro hombre, un tipo supuestamente más práctico que él, con más futuro y con menos escrúpulos. Así pues, Hinkle es un tipo cegado por un amor (no correspondido) que, por encima de cualquier otra cosa, desea recuperar; ese sería el talón de Aquiles de su conciencia y el punto que Gingrich aprovecha para poner en marcha un plan perfecto con el que pretende ganar (estafar) un cuarto de millón de dólares. Willie Gingrich es un abogado calculador, amoral, deshonesto y pendenciero, su única preocupación no es otra que demandar por daños y perjuicios a todo el que puede, ocupación que parece encantarle y que realiza con gran maestría, siendo a todas luces el personaje más ácido y brillante de éste timo. Gingrich maneja a su cuñado a su antojo, porque sabe de qué pie cojea éste, por ese motivo siempre que Henry se encuentra a punto de apartarse del plan trazado, el abogado aprieta la tecla necesaria para convencerlo. Hinkle no sólo se encuentra atrapado en la silla de ruedas en la que le han sentado para dar realismo a su falsa lesión, también se encuentra atrapado dentro del conflicto moral que se crea entre su deseo y su conciencia, o lo que es lo mismo entre la imagen de Sandy y la de Luther “Boom Boom” Jackson (Ron Rich), el jugador que le arrolló delante de más de cincuenta mil personas. Jackson es el único personaje inocente, el único a quien se engaña totalmente y quien sufre las consecuencias de la farsa con la que Gingrich pretende conseguir una buen tajada. Los enfrentamientos de Henry Hinkle consigo mismo se aplacan tras la llegada de Sandy, quien sólo ha regresado porque sabe que puede obtener algún beneficio, cuestión que Hinkle no quiere o no puede ver. Billy Wilder expuso un enredo en el que se enfrentan dos posturas tan antagónicas como las actuaciones de los dos personajes centrales, en el que uno maneja y el otro se deja manejar por la falsa promesa de felicidad; falsa porque existe ese jugador que sufre, y que se deja arrastrar por el alcohol con el que pretende calmar la culpabilidad que le domina, la misma que no puede ni disimular ni resistir. Esa realidad, fruto del engaño, reaviva en Henry Hinkle la sensación de no estar haciendo lo correcto, y él siempre ha sido un hombre correcto, lo que en palabras de Gingrich se traduciría en la siguiente afirmación: Henry Hinkle es un fracasado, un hombre que nunca triunfará porque es honesto. Sin embargo, Hinkle aún podría triunfar, aunque no fuese como desearían su mujer y su cuñado. En bandeja de plata (The fortune cookie) resulta un divertido enfrentamiento moral que Billy Wilder expuso magistralmente contando con la inestimable ayuda de dos actores geniales de quienes supo extraer la inocencia y la picaresca necesaria para crear a dos seres patéticos, pero inolvidables; el primero un ser maleable que se deja embaucar por aquellos que le rodean, cediendo a sus pretensiones y dejando a un lado sus valores morales; y el segundo un ser ajeno a cualquier valor que no fuese el del dinero que podría proporcionarle su talento natural para el fraude.

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