martes, 10 de julio de 2012

La invención de Hugo (2011)


El cine es magia, y como tal está formado por ilusionistas como Georges Méliès o Martin Scorsese, que tienen en común formar parte de la historia del celuloide, pero también su presencia en La invención de Hugo (Hugo), el primero como personaje homenajeado y el segundo como el realizador que rinde homenaje a aquel y a otros pioneros del séptimo arte, pero sobre todo a Méliès, cuya visión posibilitó un paso crucial hacia la confirmación del cine como medio para narrar historias, cuestión que le convierte en el primer cuentacuentos cinematográfico, ya que los hermanos Lumiere utilizaron su descubrimiento para mostrar la realidad del movimiento, pero no para narrar la fantasía que domina la obra de su compatriota. El paso del tiempo cambia los gustos, y después de La Gran Guerra el público ya no disfrutaba con las películas de Mélies, a quien, dolido, arruinado y caído en el olvido, se le da por muerto, aunque la realidad es otra distinta; el gran ilusionista, con el alma rota por los recuerdos dolorosos del pasado, sigue vivo, y trabaja en la misma estación en la que vive el pequeño Hugo Cabret (Asa Butterfield). Hugo, un muchacho solitario, no por su deseo, sino por la muerte de su padre (Jude Law), sólo posee un autómata que pretende arreglar, porque está convencido de que contiene un mensaje de su padre. Hugo deambula de aquí para allá, encargándose de los relojes de una estación que conoce a la perfección, no en vano, ese recinto es su hogar y su universo; por sus pasillos y salas caídas en el olvido camina, observa y se escapa de un inspector (Sacha Baron Cohen) que, en caso de capturarle, le enviaría al orfanato, aunque a veces el oficial se despista al observar a Lisette (Emily Mortimer), la florista de quien se ha enamorado. Hugo cree que todas las personas tienen una misión en la vida, la suya es la de arreglar máquinas estropeadas, por eso trabaja, incansable, en la reparación de ese humanoide de hojalata, que necesita las piezas que el niño roba en la juguetería de Papá Georges (Ben Kingsley), el anciano que le atrapa y que le confisca la libreta donde están escritas las instrucciones para arreglar la máquina. Hugo se niega a perder la libreta, ya que sin ella no podría descubrir aquello que su padre quiso transmitir a través del muñeco. Su miedo a quedarse sin nada le obliga a seguir al anciano hasta su hogar, donde conoce a Isabelle (Chloë Grace Moretz), la ahijada huérfana de papá Georges, que le brinda su amistad, su cariño y su compañía para vivir una aventura que les permite descubrir la verdadera identidad del anciano. Hugo sueña, pero no siempre con algo hermoso, porque las dudas le asaltan en una soledad que no comprende y que a nadie reprocha, sólo se aferra a la ilusión de ese mensaje que finalmente descifra y le permite conocer su misión, pues alguien cercano tiene el alma estropeada y debe ayudarle a recordar su grandeza y la grandeza de una obra fílmica que los pequeños descubren gracias al profesor Tabard (Michael Stuhlbarg). Pero, en realidad, Hugo no sólo arregla a papá Georges, sino que cambia la vida de aquellos que le rodean, incluido la suya propia, porque él posee la fantasía y la ilusión necesarias para devolver el funcionamiento vital a quienes tienen la suerte de conocerle.

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