miércoles, 23 de mayo de 2012

Los nibelungos (1924)

La mayoría de las culturas comparten un rasgo común: leyendas o mitos que ensalzan sus orígenes a través de las hazañas legendarias de héroes o seres mitológicos que servirían de inspiración para obras literarias como El Cantar del mio Cid, El Cantar de Roldán, las leyendas del ciclo artúrico o El Cantar de los Nibelungos. Este último poema épico sería una de las fuentes con las que contaría Fritz Lang para rodar el díptico Los nibelungos (Die Nibelungen)La muerte de Sigfrido (Sigfried) y La venganza de Krimilda (Kriemhilds rache), cada una compuesta de siete cantos. La muerte de Sigfrido (Siegfried) muestra al héroe al que se refiere el título como eje central de una fantasía que deriva en su muerte, pero antes de consumarse el trágico destino de Sigfrido (Paul Richter) se exponen sus logros y la traición de la que será víctima tras desposar a la princesa Krimilda (Margarete Schön), El carácter fantástico domina la narrativa de Sigfrido, quien en primera instancia se enfrenta a un dragón al que da muerte, y en cuya sangre se baña para conseguir que su cuerpo sea invulnerable, salvo donde se posa una hoja de tilo; hecho que le acerca a otro héroe con su mismo sino: el mirmidón Aquiles, sumergido por su madre, la diosa Tetis, en las aguas del Estigia para convertirle en inmortal, quedando un único punto débil en toda su anatomía: el talón. La victoria sobre el ser mitológico permite que Sigfrido sobreviva al ataque de un mago invisible, a quien también derrota, consiguiendo de ese modo dos objetos de gran valor: una espada y una malla mágica que le proporciona la invisibilidad y el don de transformarse en cualquier otro. La rendición del mago esconde una intención oscura que obliga al héroe a quitarle la vida en la caverna donde se apodera de un fastuoso tesoro. Las gestas de Sigfrido son cantadas en el castillo de Worm, donde Krimilda las escucha con emoción, soñando con el amor de ese aguerrido joven a quien ama a pesar de no haberle visto, inconveniente que se corrige cuando Sigfrido se presenta ante el rey Gunther (Theodor Loss). En el mismo instante en que Krimilda y Sigfrido cruzan sus miradas comprenden que se aman, pero la intervención de Hagen Troje (Hans Adalbert Schlettow) convence al rey para que no entregue la mano de su hermana, a no ser que Sigfrido logre que la reina de Islandia acepte a Gunther como esposo. La petición de Troje será el fruto de la tragedia que se gesta cuando el héroe y el rey llegan al mar de fuego que rodea el castillo de Brunilda (Hanna Ralph), donde sólo un valiente caballero conseguiría que se apagasen. Sigfrido es ese héroe, y la monarca islandesa lo sabe, por eso se niega a contraer matrimonio con el rey Gunther, a no ser que éste le venza en tres pruebas. Al igual que Ulises, Sigfrido utiliza el engaño para alcanzar sus fines, así pues se vuelve invisible y ayuda al rey en su falsa victoria sobre Brunilda. De regreso a Worm, el monarca cumple su palabra, pero la confesión que Sigfrido susurra a su amada sella el destino de ambos cuando, en un arrebato de furia, Krimilda comete la insensatez de desvelarla. El rey duda ante la exigencia de Brunilda (la muerte de Sigfrido), consciente de que cuanto ha conseguido se lo debe a su hermano de sangre, realidad que no basta para impedir que apoye la traición que Hagen Troje se encarga de consumar. La primera parte de Los Nibelungos (Die Nibelungen) finaliza con la promesa de venganza de la viuda, eje central de La venganza de Krimilda (Kriemhilds rache), que se aleja de la fantasía dominante en La muerte de Sigfrido (Siegfried). Años después del asesinato se presenta en el castillo de Worm un emisario del rey Atila (Rudolf Klein Rogge), personaje clave para el desarrollo de las intenciones de una viuda que no puede olvidar a su amado, como tampoco puede olvidar a su asesino. En la mente de Krimilda sólo existe la venganza que su hermano le ha negado, motivo suficiente para aceptar la propuesta del emisario de Atila, pero no sin antes sacarle la promesa de que le ayudará en su propósito. La segunda parte de Los Nibelungos (Die Nibelungen) resulta más oscura debido a los sentimientos que dominan a Krimilda, capaz de contraer matrimonio con un rey a quien nunca muestra afecto, pero que utiliza para alcanzar su único objetivo. Tiempo después de casados, Krimilda pide a su esposo que invite a sus hermanos a la corte, cuestión que Atila acepta, pero sin acceder a la siguiente petición de su amada reina: la muerte de Troje, impensable para el huno porque la ley de la hospitalidad es sagrada. La negativa de su esposo no detiene a la reina, quien promete cubrir de oro a un grupo de guerreros si matan al asesino de Sigfrido. Momentos antes de que se desate la lucha sangrienta, Troje asesina al hijo de Krimilda y Atila, crimen que hunde al bárbaro en una desesperación que le impulsa a apoyar la decisión de su reina, quien nada siente, pues su alma habría perecido con la de su amado.

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