Hacia finales de 1937, Anthony Mann cambiaba el teatro por un trabajo en la productora de David O. Selznick, donde permaneció durante un breve periodo que aprovechó para familiarizarse con algunos de los entresijos del ámbito al que estaría ligado de por vida. Posteriormente a su experiencia en la Selznick International, Mann firmó un contrato con Paramount Pictures, estudio donde se inició como asistente de dirección de cineastas como Preston Sturges, de quien siempre guardó un grato recuerdo, incluso llegando a decir que el realizador de Los viajes de Sullivan (Sullivan’s Travels, 1941) había sido el responsable de su debut como director, el cual se produjo en Doctor Broadway (1942), película de intriga que adapta una novela de Borden Chase, con quien colaboraría años después en tres de sus mejores westerns. Durante la década de 1940 trabajó condicionado por los escasos recursos de los que disponía en los rodajes. Entre ellos, el dinero y el limitado tiempo de rodaje. Con todo, la serie B fue un “lugar” inmejorable para aprender y evolucionar, ya que las limitaciones en la producción exigían a los cineastas con aspiraciones el idear recursos técnicos y narrativos con los que salir airosos de proyectos donde el ingenio era el sustituto de la falta de medios. Algunos de los títulos más destacados de aquellos primeros años, que le sirvieron para adquirir la soltura y la experiencia para desarrollar su capacidad para transmitir las emociones de sus personajes a través de las imágenes, son El gran Flamarion (The Great Flamarion, 1945), película negra interpretada por Erich von Stroheim, con quien no llegó a conectar, Desperate (1947), considerada por él mismo como su primer largometraje personal, o La brigada suicida (T-Men, 1947), uno de los primeros films de cine negro semidocumental. Pero Mann, no encontró su lugar dentro de una productora determinada, de tal manera que inició su deambular por diferentes estudios, para los que realizó cinco musicales y varios policíacos, género en el que empezó a demostrar una valía que no le fue reconocida en su justa medida hasta que un grupo de críticos franceses redescubrieron sus westerns y al posterior estudio de su obra, compuesta por treinta y nueve títulos que desvelan un punto de vista personal en el que prevalece la imagen sobre el diálogo. De esta manera, Anthony Mann pasó de ser considerado un artesano competente a un autor indispensable en la renovación del género que le dio fama (y eso que sus películas eran las mismas que las exhibidas el día del estreno). A lo largo de su vagabundeo por los estudios cinematográficos incluso llegó a rodar dos superproducciones para el productor Samuel Broston, El Cid (1961) y La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1963) fueron los mayores presupuestos que manejó en toda su carrera, aunque ambas fueron rodadas en un tercer momento de su carrera, cuando se produjo su decadencia artística durante la década de los sesenta.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...


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