lunes, 21 de mayo de 2012

Ben-Hur (1925)


Cuando se habla de Ben-Hur se tiende a pensar en la película dirigida por William Wyler en 1959, sin embargo, tres décadas antes, Fred Niblo adaptó la novela de Lew Wallace (también existe una versión anterior, de 1907). Niblo fue uno de los directores destacados del periodo silente hollywoodiense, prueba de ello se encuentra en esta superproducción que arranca con una estrella luminosa que se detiene sobre el pueblo de Belén, donde ha nacido un niño predestinado a cambiar el curso de la Historia. Por aquel entonces, Palestina se encontraba ocupada por el ejército romano, cuestión que afecta a un pueblo que aguarda la llegada de un mesías que lo libere. Años después del nacimiento de aquel niño, los romanos continúan dominando el hogar de Judah Ben-Hur (Ramon Novarro) y, entre un grupo de soldados invasores, Judah observa un rostro que le resulta familiar. Se trata de Messala (Francis X.Bushman), su amigo de la infancia, a quien no ve desde que este fue enviado a Roma para convertirse en oficial romano. En un primer instante Messala no le reconoce, hecho que desvela que Judah no significa demasiado en los pensamientos del romano, cuestión que se reafirma cuando el príncipe de Hur le expone su pensamiento respecto a la ocupación romana. Como consecuencia, la relación entre ambos se rompe, ya que la idea de que los romanos deben ser expulsados, disgusta a Messala y le advierte del hipotético peligro que podría significar la influencia y la riqueza de su amigo. Ben-Hur, visto por Fred Niblo, no se declara pacifista, sus palabras (que no se escuchan) lo convierten en un individuo que, llegado el momento, lucharía por la libertad a la que se refiere. Por ello, y tras un desafortunado accidente, el oficial romano no tarda en traicionar aquella vieja la amistad condenando a Ben-Hur a galeras, y a la madre y a la hermana a presidio. La marcha de Judah hacia su condena le permite encontrarse por primera vez con un hombre que no conoce, pero que llama su atención por la fuerza que radia y por el gesto altruista que tiene hacia él y que le ayuda a sobrevivir para convertirse en galeote en el barco donde viaja Arrio (Frank Currier), el jefe de la armada romana, quien se fija en el extraño comportamiento de un esclavo a quien no doblegan ni las cadenas ni la fuerza bruta. La escena de la batalla naval destaca por su espectacular puesta en escena, pocas veces vista hasta ese momento, pero sobre todo sirve para que Ben-Hur recupere su libertad tras salvar al patricio romano de una muerte segura, convirtiéndose de ese modo en una especie de hijo para Arrio. Judah no puede permanecer en Roma por más tiempo, su pensamiento le lleva a pensar constantemente en su madre y en su hermana; decidido a saber de ellas regresa a su tierra natal, y acude a la casa de Simonides (Nigel De Brulier), el antiguo siervo de Hur, donde se reencuentra con Esther (May McAvoy), momentos antes de que se produzca el duelo con el hombre que le arrebató todo cuanto quería. Si la batalla naval es el primero de los dos momentos más espectaculares del film, el segundo se presenta en la soberbia carrera de cuadrigas que se produce cuando Ben-Hur se enfrenta a Messala; teniendo en cuenta que se filmó en un periodo de mayor limitación técnica nada tiene que envidiar a la no menos excepcional carrera rodada por William Wyler; aunque también habría que recordar que Ben-Hur, superproducción de cinco millones de dólares, disfrutó de todos los medios de la época para contar una historia épica de venganza que se desarrolla paralela a la presencia de Jesús de Nazaret, a quien Judah pretende liberar al final del film, porque cree que puede ser el líder capaz de traer la libertad a su pueblo.

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